El momento del Sinaí es uno de esos instantes que parecen detener el tiempo. Fuego, truenos, relámpagos, el sonido del shofar atravesando el aire y una montaña entera temblando. Los Diez Mandamientos son entregados, y el mundo ya no vuelve a ser el mismo. Un pueblo de esclavos recibe una voz, una dirección, un destino.
Y, sin embargo, justo en el punto más alto de la revelación ocurre algo profundamente humano: el pueblo retrocede. No por falta de fe, sino por exceso de intensidad. La luz es demasiado fuerte, la verdad demasiado cercana. El corazón no siempre puede sostener lo absoluto sin resguardarse un poco.
Por eso dicen a Moshe: "Habla tú con nosotros y escucharemos". No es una huida de Dios, sino una súplica por un puente. Una manera posible de estar cerca sin romperse.
La Torá nos regala entonces una imagen que lo dice todo:
"El pueblo permaneció a lo lejos,
y Moshe se acercó a la niebla donde estaba Dios".
Moshe no entra en una luz clara y serena. Entra en la niebla. En lo incierto, en lo confuso, en ese lugar donde no se ve bien el camino y donde muchos prefieren no pisar. Moshe es quien puede entrar en el barro, en lo complejo, en los espacios que otros temen. Y aun allí, encuentra sentido, palabra, dirección.
Ese es el significado profundo del vínculo con Moshe. No es una conexión con una figura lejana o idealizada, sino con alguien capaz de descender, de cargar, de traducir lo infinito a lo humano. Moshe toma el fuego divino y lo convierte en vida cotidiana, en ley, en camino. Se mantiene entre el cielo y la tierra, sosteniendo ambos mundos sin romperlos.
No todos podemos ser Moshe. Y no se nos pide que lo seamos. Pero sí se nos pide estar conectados a él.
Porque cuando llega la niebla —cuando no entendemos, cuando duele, cuando el camino se vuelve borroso— ese vínculo nos sostiene. No estamos solos frente al fuego. Estamos unidos, como por cadenas de hierro, al Árbol de la Vida.
Ese lazo nos da estabilidad. Nos permite seguir perteneciendo incluso cuando permanecemos a cierta distancia. Incluso cuando no tenemos fuerzas para avanzar.
Tal vez ese sea el mensaje más silencioso y profundo del Sinaí: No todos deben entrar en la niebla, pero todos debemos permanecer unidos a quien sí se atreve a hacerlo.
Shabat shalom ◾
