El calendario judío no marca el tiempo solo con festividades. También hay momentos para detenerse y llorar. Uno de esos períodos es el que va del 17 de Tamuz al 9 de Av, conocido como Bein HaMetzarim, "entre las estrecheces" (Eijá 1:3). Tres semanas de duelo progresivo que nos invitan a reflexionar sobre la fragilidad de nuestras estructuras cuando perdemos el rumbo.
El 17 de Tamuz recuerda la ruptura de las murallas de Jerusalén por los romanos y otros eventos trágicos: la quema de la Torá, la colocación de un ídolo en el Templo, la suspensión del sacrificio diario y la destrucción de las tablas por Moshé tras el becerro de oro. No fue un solo error, sino una suma de quiebras acumuladas.
El 9 de Av, Tishá beAv, es el clímax: se destruyeron ambos Templos, cayó Betar, comenzó el exilio, y ese mismo día se repetirían expulsiones, persecuciones y tragedias a lo largo de la historia judía. Pero los sabios del Talmud no enfocaron la causa en el enemigo externo, sino en las fallas internas. Enseñaron que el Segundo Templo cayó por sinat jinam, el odio gratuito e injustificable.
Ese odio, alimentado por la desconfianza, la división y la pérdida del eje espiritual, no es solo un recuerdo antiguo. Es una advertencia actual. Hoy también vemos muros que caen: vínculos rotos, sociedades polarizadas, diálogo cancelado, vacío de propósito. En muchas comunidades, se limitan actividades festivas durante estas semanas. Pero el objetivo no es solo abstenerse, sino refinar la conciencia.
Bein HaMetzarim nos invita a pausar y preguntarnos: ¿Qué estamos descuidando? ¿Qué valores estamos dejando erosionar? Vivimos hiperconectados pero muchas veces desorientados. El ruido nos impide escuchar lo esencial.
Tras el duelo, comienza la reconstrucción. Primero, Shabat Najamú, el "Shabat del consuelo", abre siete semanas de mensajes proféticos esperanzadores. Luego llega Elul, un mes de introspección y retorno, con las Selijot, plegarias penitenciales. El proceso culmina en los Iamim Noraim —Rosh Hashaná y Yom Kipur— días de juicio, perdón y renovación.
Cada etapa es una respuesta activa al quebranto, y una oportunidad de volver a empezar con mayor lucidez.
Porque en la tradición judía, incluso las ruinas pueden convertirse en cimientos. Si elegimos aprender, el dolor no es final, sino impulso hacia algo más profundo y verdadero ▪
