Editoriales

Cuando la vida judía se abre paso en medio de la adversidad

Desde aquel trágico 7 de octubre de 2023 la vida judía en España, en todo el mundo, no atraviesa un buen momento, pero esta semana hemos presenciado que tampoco está en retirada. En un contexto de antisemitismo normalizado, la comunidad ha demostrado que no responde con repliegue, sino con organización, creación y afirmación identitaria.

Esa respuesta se expresa en nuevas iniciativas educativas, sociales y cívicas, como Maccabi Barcelona, la plataforma JBIZ en Madrid y el Premio a la Excelencia del colegio Ibn Gabirol… No son hechos aislados, sino síntomas de la "autenticidad" más profunda: fortalecer comunidad, garantizar continuidad y disputar el espacio público desde la presencia y la excelencia.

Lo que se perfila es una constante histórica. Frente a cada embate, la vida judía vuelve a abrirse paso, no por inercia ni optimismo, sino por convicción, memoria y responsabilidad colectiva.

Hay semanas que no se explican por la acumulación de noticias, sino por lo que revelan en su conjunto. Lo ocurrido esta última semana en la vida judía española -con el lanzamiento de tres nuevas organizaciones o plataformas- no ha sido simplemente una concatenación de inauguraciones, premios o actos institucionales, sino la manifestación de algo más profundo: la capacidad de una comunidad sometida a una presión sostenida para reordenarse, redefinirse y proyectarse hacia adelante.

Desde el 7 de octubre de 2023, el espacio público se ha vuelto crecientemente incómodo en España para lo judío—cuando no directamente amenazante—. El antisemitismo, legitimado bajo nuevas formas discursivas, se ha normalizado hasta extremos que parecían impensables hace apenas tres años. No se trata solo de incidentes aislados, sino de un clima cultural institucionalizado que erosiona la seguridad, la visibilidad y la confianza de los judíos españoles. En ese contexto, la pregunta de fondo no es qué ha pasado esta semana, sino qué significa que haya pasado.

La creación de Maccabi Barcelona y de JBIZ apunta a una misma dirección: la lectura realista de los cambios demográficos, generacionales y culturales que atraviesan hoy a las comunidades judías en España. No son proyectos defensivos ni reactivos, sino estructuras pensadas para fortalecer identidad, pertenencia y continuidad desde ámbitos distintos —el deporte, la vida social, el emprendimiento y la inserción profesional— pero complementarios. Ambas iniciativas parten de una premisa implícita: la respuesta al aislamiento no es el repliegue, sino la reorganización.

El regreso el pasado domingo del movimiento macabeo a Barcelona, una ciudad donde el antisemitismo se ha expresado con especial virulencia en los últimos dos años, no es neutro. Es un gesto que reivindica presencia, normalidad y comunidad en un espacio donde estas han sido cuestionadas. Cuando Mauricio Cohn, presidente de Maccabi España, afirmaba que "nuestra identidad judía y nuestra comunidad están más vivas, unidas y activas que nunca", no estaba describiendo un estado de ánimo coyuntural, sino señalando una voluntad política comunitaria: la de no permitir que el odio marque nuestra agenda.

Algo similar ocurre con JBIZ en Madrid, lanzado públicamente el martes en un acto con 140 personas, la mayoría universitarios y jóvenes profesionales. El énfasis en la juventud, el empleo y la mentoría no responde únicamente a una lógica económica, sino a una comprensión profunda de que la vulnerabilidad social de los jóvenes judíos aumenta cuando se rompen los lazos comunitarios. En un contexto de antisemitismo creciente, acompañar la inserción profesional se convierte también en una forma de protección, de arraigo y de futuro compartido. No es casual que otro Cohen, en este caso Mario, el presidente de Olami, la organización que sirve de base a JBIZ, insistiera durante la inauguración en tender puentes entre generaciones: la comunidad que no transmite capital humano, relacional y ético es una comunidad que se empobrece.

También distinción internacional otorgada el miércoles al Colegio Ibn Gabirol de Madrid se inscribe en esta misma lógica de largo plazo. La Fundación Yael no premia únicamente resultados académicos momentáneos, sino una concepción exigente de la educación como cimiento del futuro judío. "La excelencia educativa es el arquitecto más influyente del futuro judío", sostiene la fundación, y no es una consigna retórica. En tiempos de presión externa, la educación deja de ser solo transmisión de conocimiento para convertirse en garantía de continuidad.

Advertía, en ese sentido, Hannah Arendt que "La educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y, de la misma manera, salvarlo de esa ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de lo nuevo y lo joven, sería inevitable". En el contexto actual, podría decirse que la educación judía es también el punto en el que una comunidad decide si se ama lo suficiente a sí misma como para no resignarse. Que un colegio judío español sea reconocido como referente internacional por su excelencia, en este momento, es una afirmación firme de esa responsabilidad. Cuánto más si otro colegio judío de España, el Hatikva de Barcelona, también acarició -en este caso como finalista- otro de los premios de la Fundación Yael.

Nada de lo anterior ignora la amenaza. La presentación el lunes de la Fundación Emet-Verdad en Barcelona nos recordaba que la construcción y la defensa no son caminos excluyentes. El antisemitismo contemporáneo no se combate solo con memoria y actos por el Holocausto, sino con análisis, pedagogía y presencia cívica. Cuando Manuel Valls afirmaba en el acto que "el antisionismo es el permiso para ser democráticamente antisemita", estaba señalando una mutación del odio que exige respuestas nuevas, articuladas, creativas y -sobre todo- sostenidas en el tiempo. La fundación nace, precisamente, para dar esa batalla en el terreno de las ideas, sin delegarla ni diluirla.

En ese marco, el reciente cambio de tono de la Federación de Comunidades Judías de España tampoco es un detalle menor. La claridad expresada por su presidente, David Obadía, tanto en el Senado durante el acto de recuerdo a las víctimas del Holocausto, como en un medio de referencia como El País, introduce un elemento imprescindible en cualquier comunidad bajo presión: liderazgo visible y discurso sin ambigüedades. No resuelve el problema, pero restaura un eje.

Incluso el plano diplomático, profundamente deteriorado, dejó esta semana una imagen de esperanza. La conmemoración discreta del 40º aniversario de las relaciones entre España e Israel, con la presencia de Felipe González, muestra hasta qué punto se ha estrechado el margen político, pero también que la historia y los vínculos personales resisten incluso cuando la política falla. Cierto, no es una normalización; es, sencillamente, un recordatorio de que no todo está roto.

Quizá, la clave de lectura de todos estos episodios concatenados de la semana esté en aquella máxima de Sartre de que "Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es". No como un paréntesis optimista, ni como una excepción afortunada, sino como la confirmación de una constante histórica, innata en nuestro pueblo: la de que frente a cada embate, la comunidad judía vuelve a organizarse, a educar, a crear y a proyectarse. No porque ignore la amenaza, sino porque entiende que su respuesta no puede quedar dictada por ella. Y el pueblo judío, unido, es realmente "auténtico" ▪