Quienes me conocen, muchas veces me habrán oído hablar de los "analfabetos funcionales autocomplacientes". Es un término que utilizo a menudo, quizás con una mezcla de hartazgo y preocupación. Sin embargo, el otro día alguien me lanzó una pregunta que me obligó a pausar: "Pero, en realidad, ¿qué es exactamente un analfabeto funcional autocomplaciente?".
La respuesta es tan simple como aterradora. Este perfil no es el de alguien que no sepa leer; al contrario, es alguien que, sabiendo hacerlo, ha renunciado voluntariamente a la capacidad de comprender, analizar y cuestionar. Es aquel que consume párrafos, pero es incapaz de digerir ideas. Es el individuo que navega por un océano de información en una balsa de prejuicios, sintiéndose un capitán experto cuando solo es un náufrago de la realidad. Su característica principal no es la ignorancia, que puede ser involuntaria, sino la autocomplacencia: esa satisfacción arrogante de creer que lo sabe todo porque ha leído tres titulares.
Si el analfabetismo funcional es el motor, las redes sociales son el combustible de alto octanaje. Plataformas como X, Instagram y TikTok se han convertido en la "biblioteca sagrada" de estos individuos; un lugar donde no hay que estudiar, sino devorar eslóganes.
Para este espécimen digital, un video de 15 segundos con música dramática y tres frases lapidarias tiene más peso que décadas de estudio historiográfico. Han sustituido el análisis por el impacto visual. En su mente, si algo está bien editado y tiene miles de reproducciones, "debe ser verdad".
Para este espécimen digital, un video de 15 segundos con música dramática y tres frases lapidarias tiene más peso que décadas de estudio historiográfico. Han sustituido el análisis por el impacto visual. En su mente, si algo está bien editado y tiene miles de reproducciones, "debe ser verdad". Es la democratización de la mentira, la opinión de un ignorante con carisma vale lo mismo que la de un académico, y para el autocomplaciente, la primera siempre es más cómoda de digerir.
En X , este fenómeno alcanza su punto más tóxico. La plataforma premia la reacción inmediata y el castigo público. El analfabeto funcional no entra ahí a debatir, entra a buscar a quién señalar. El antisemitismo aquí se disfraza de "urgencia informativa", compartiendo mapas falsos y citas fuera de contexto que este sujeto consume sin pestañear. No necesita verificar la fuente; solo necesita que ese contenido alimente su rabia.
Lo más perverso ocurre en Instagram y TikTok, donde el antisemitismo se vuelve "estético". Se presentan consignas de odio entre filtros de colores y tipografías modernas; el antisionismo se convierte en una moda, en un accesorio de identidad. Estos militantes de la ignorancia se sienten moralmente superiores al compartir infografías simplistas que reducen un conflicto milenario a una narrativa de opresores y oprimidos de manual escolar. No saben situar Gaza o Tel Aviv en un mapa mudo, pero publicarlo les da estatus en su burbuja digital. Es el culto al sentimiento sobre el dato, si me hace parecer "buena persona", es mi verdad absoluta.
A este personaje le encanta exhibir su supuesto conocimiento. Es habitual verlo en bares y cafeterías, teléfono en mano, rodeado de otros iguales, compartiendo con orgullo el último feed o el tuit incendiario del momento como si fuera una verdad revelada. En esos círculos de validación mutua, el analfabeto funcional autocomplaciente oficia de experto, pontificando sobre geopolítica entre sorbo y sorbo, mientras busca la aprobación de su propia tribu.
El "Homo contentus" no busca la verdad, sino la confirmación de sus sesgos, convirtiéndose en el vehículo perfecto para el odio más persistente de la historia: el antisemitismo.
No hay debate, solo hay un intercambio de eslóganes. Es la socialización de la ignorancia, se alimentan entre ellos, reforzando sus prejuicios y sintiéndose parte de una vanguardia intelectual que, en realidad, no es más que un eco vacío amplificado por el ruido de la cafetería. ¡Ha nacido el Homo contentus!
Carece, por definición, de ideas propias; lo que exhibe es un simple mimetismo de rebaño. No busca la verdad, sino la confirmación de sus sesgos, convirtiéndose en el vehículo perfecto para el odio más persistente de la historia: el antisemitismo. Si te atreves a pedirle que profundice o que explique la raíz histórica de lo que afirma, se desmoronará en tiempo real. Se limitará a relatarte, de forma robótica, el último tuit o el video que le apareció en el feed esa mañana.
Sin embargo, lo más revelador ocurre cuando intentas razonar con él, al mostrarle realidades que no caben en sus 280 caracteres, su respuesta es la ira. Se enfadará violentamente, no porque estás rebatiendo una idea, sino porque estás desmontando el frágil andamiaje de su identidad. Si insistes en enseñarle evidencias, sacará su última carta: el insulto fácil. Te llamará "sionista" o "facha", términos que hoy se escupen para intentar cancelar a cualquiera que no flote en la misma corriente de ignorancia colectiva. Tildarte de eso es su forma de cerrar herméticamente una mente que prefiere la mentira cómoda al esfuerzo de estudiar.
Para el analfabeto funcional, el mundo debe ser una película de dibujos animados, de trazo grueso, con buenos y malos absolutos. La complejidad histórica y los derechos milenarios del pueblo judío les resultan "demasiado pesados". Por eso, abrazan el antisionismo con una pasión sospechosa.
El antisionismo contemporáneo no es más que el antisemitismo de siempre con un lavado de cara políticamente correcto. Es el mismo odio que muta para sobrevivir..
Debemos llamarlo por su nombre, en la inmensa mayoría de los casos, el antisionismo contemporáneo no es más que el antisemitismo de siempre con un lavado de cara políticamente correcto. Es el mismo odio que muta para sobrevivir. Si antes el pretexto era la religión o la raza, hoy el pretexto es el Estado de Israel. El ignorante satisfecho se deja llevar por la corriente, repitiendo consignas que no entiende simplemente porque "es lo que toca" para sentirse parte de la tribu moralmente superior.
Estos individuos son expertos en la descontextualización. Ignoran la historia y manipulan el presente para sentir que su cuestionamiento a la existencia del único Estado judío del mundo no es discriminación, sino "activismo". Se sienten héroes de salón mientras reciclan libelos de sangre medievales. Lo que los define es la aplicación de un estándar doble que jamás aplicarían a ninguna otra nación.
El analfabetismo funcional autocomplaciente no es una carencia de estudios, es una quiebra moral. Es la renuncia deliberada a la verdad a cambio de la pertenencia a una tribu. Cuando estas personas se refugian en el antisionismo de cartón piedra, están exhibiendo su esclavitud al algoritmo y a la consigna masticada.
El peligro real es que este perfil no es una excepción, sino una masa crítica con poder para difundir odio a golpe de clic. La historia nos ha enseñado que cuando la ceguera voluntaria se mezcla con el odio grupal, las consecuencias son trágicas. Nuestra responsabilidad es seguir desmontando el decorado de cartón piedra y exigir el dato frente al eslogan. No podemos permitir que la autocomplacencia dicte la narrativa de nuestra civilización. Porque la verdad no se mide en likes, y la historia no cabe en un tuit; y nada es más peligroso para la libertad que el vacío intelectual de quien elige ser, por voluntad propia, un analfabeto funcional autocomplaciente ▪
