Firmas

¿Dónde están los nuestros?

No basta con indignarse en las redes. El compromiso tiene que ir más allá. Significa mostrarse, no esconderse. Llevar la bandera sin miedo. Responder con palabras y con gestos visibles. Acompañar, asistir, participar. Levantar la voz en los colegios, en los periódicos, en las universidades. Denunciar cada ataque verbal, cada pintada. Significa no ceder el espacio público a quienes quieren expulsarnos de él. Significa unirse, organizarse.

Mónica Sánchez Rubio

En 1999, Tony Blair hablaba como un predicador con licencia para bombardear. Milosevic masacraba en Kosovo, la diplomacia se había agotado y la OTAN entraba con fuego. Blair levantó el estandarte de la "intervención moral": mirar hacia otro lado era complicidad. Y Occidente le creyó.

Era joven, convincente, la cara limpia de la cruzada humanitaria. Todo se reducía a un esquema binario: nosotros salvábamos, ellos mataban.

Veinticinco años después, Gaza. Los nombres cambian, también las calles y los muertos, pero el terrorismo es el mismo.

Si Blair hablara hoy, repetiría su estribillo: "No es contra un pueblo, es contra el terror. La indiferencia es complicidad." La diferencia es que ahora nadie aplaude.

La frase que en 1999 parecía ética hoy suena hueca. Israel aparece como verdugo; Hamás, camuflado en la narrativa del pueblo sitiado. Lo que ayer se celebraba como justicia, hoy se denuncia como crimen.

Las imágenes marcan el relato: un ejército de alta tecnología frente a un territorio empobrecido y devastado.

Tras Irak y Afganistán, el discurso de la "guerra justa" huele a mentira vieja. Israel, además, carga con un precio distinto: nunca se le mide con la misma vara.

La verdad incómoda es que el antisemitismo sigue ahí, disfrazado de solidaridad, envuelto en pancartas y hashtags, pero repitiendo la misma lógica de siempre: si es judío, sospechoso; si es judío, culpable.

La doble moral asfixia. La OTAN sobre Belgrado fue aplaudida como defensa de la humanidad. Israel sobre Gaza es señalado como criminal. ¿Qué cambió? ¿El contexto? ¿O es que Europa y buena parte del mundo nunca lograron desprenderse del reflejo de señalar al judío como villano eterno?

La Vuelta y la pregunta

Lo sentí con crudeza en la Vuelta Ciclista a España. Éramos dos pequeños grupos. Uno, apenas diez personas, en la carretera, con banderas de España e Israel escondidas, mientras los coches nos rozaban a un lado y a otro.

Costaba desplegar la bandera de Israel. Sentimos miedo.

Tuvo que llegar la Guardia Civil, nos ayudó a acordonar, y de pronto estábamos allí, casi tocando a los ciclistas. Podríamos decir que todo salió bien: incluso algunos coches que pasaban celebraban nuestra presencia.

El otro grupo, en el centro de Madrid, no tuvo tanta "suerte" fue relegado lejos de los violentos.

De todo aquello surgió la pregunta inevitable: ¿dónde están los nuestros? Al menos, los nuestros. Una joven lo dijo en voz alta: "¿Cómo es posible que en Israel los soldados se estén dejando la vida —no solo por Israel, también por quienes vivimos en la diáspora— y aquí nuestra respuesta sea tan mínima, tan invisible?" ¿Cómo puede ser que un gesto tan sencillo como acompañar a un equipo ciclista o colgar unas lonas resulte tan complicado?

Más tarde, cuando nos escoltaban y la gente nos miraba como a bichos raros, esa misma joven escribió: "Sentí una milésima parte de lo que pudieron haber sentido los judíos camino de los campos de exterminio. Fue realmente triste."

Y tenía razón. Ese pensamiento me heló la sangre. Fue profundamente triste.

¿Dónde están nuestros amigos? ¿Dónde los que en voz baja dicen "yo estoy con los judíos"? ¿Dónde las pintadas que respondan a las pintadas de Hamás? ¿Dónde están nuestros vecinos? ¿Dónde nuestro Tony Blair? España no es un país antisemita. No lo es. El éxito de los violentos radica en el miedo que provocan.

¿Quiénes son "los nuestros"?

Son los judíos de la diáspora que sienten que vuelven a estar bajo sospecha.
Son los israelíes que combaten y las familias que esperan noticias.
Son los amigos de Israel que en voz baja dicen "estoy con vosotros", pero aún no se atreven a dar un paso al frente.
Son los que creen en la libertad, en la democracia, en los valores judeocristianos y en el derecho de Israel a defenderse.

A ellos dirijo mi mensaje:

No podemos seguir aceptando la normalización del odio: las pintadas en las calles, los insultos en los campus, el adoctrinamiento en los colegios, los silencios cómplices en las instituciones.

No basta con indignarse en las redes. El compromiso tiene que ir más allá.

Significa mostrarse, no esconderse. Llevar la bandera sin miedo. Responder con palabras y con gestos visibles.

Acompañar, asistir, participar. Levantar la voz en los colegios, en los periódicos, en las universidades. Denunciar cada ataque verbal, cada pintada.

Significa no ceder el espacio público a quienes quieren expulsarnos de él. Significa unirse, organizarse.

Hace apenas veinticinco años Blair hablaba de justicia en Kosovo; hoy, Israel es juzgado como criminal en Gaza. Entre un discurso y otro, lo único constante es el reflejo de señalarnos.

Si seguimos callando, si dejamos que el miedo hable por nosotros, es que no hemos aprendido nada.

Y NO: ellos no son más fuertes. Lo único que los sostiene es nuestro silencio

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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