"Yo jamás he visto amor patrio como el amor de los judíos españoles. Tantas injusticias no han sido parte a inspirarles desvío a esta madre España convertida para ellos en madrastra".
Emilio Castelar, Recuerdos de Italia (1872), El gueto (p. 327)
Sean estas líneas pasto de las emociones.
Nacen de un sentir no judío que, sin embargo, percibe la cercanía de la Neshamá (alma), esa estructura de luz y esperanza ligada a la conciencia hebrea.
Nos enfrentamos, en estos días, al simbolismo guemátrico del número inscrito en una fecha.
Hace cuarenta años que España e Israel decidieron mirarse a los ojos. Pareciera que afrontaran una realidad confundida, distante de dos pueblos zurcidos por los siglos y por las costuras de una historia común. No hallarán aquí la brusquedad política de un entorno hostil, pero tampoco la omisión de esa realidad.
No es posible comprender el alma judía sin pisar Jerusalén, sin atisbarla desde el monte de los Contempladores (Har HaTzofim), como la miraron los judíos alejados de Sefarad durante demasiado tiempo: el Kotel de piedra, el valle de Cedrón, el monte de los Olivos, la Ciudad Vieja… Dicen que, allá arriba, la presencia divina (Shejiná) se detuvo antes de abandonar la ciudad.
El monte de los Centinelas conserva aún las huellas de Buber, Einstein o Weizmann, en su afán por sembrar ciencia y conocimiento: la primera piedra de la Universidad Hebrea de Jerusalén en 1918. Así lo percibí, allí mismo, cien años después.
La gramática de Nebrija conforma el soporte del castellano y del ladino judío: una historia extraordinaria de tradición y cultura. El djudeoespañol es simbólico y natural, un puente secular y eterno de amor y memoria.
La historia de España no se entiende sin la presencia judía: dos milenios de convivencia y legado compartido. Enfrentamos, pues, la propia sustancia de la identidad de las tierras de España. La Castilla medieval, la Sefarad andalusí, el Reino de Valencia, entre otros, atesoraron en sus calles traductores, médicos, tesoreros y artesanos; en sus escuelas, filosofía, poesía y ciencia hebrea. El sustrato que permitió anticipar en nuestras catedrales la Jerusalén celestial del Apocalipsis (Ap 21, 2–3). El Escorial de Felipe II, arquetipo de la Jerusalén bíblica, se alzó entre los libros judíos prohibidos de Benito Arias Montano.
No hay mayor ligazón entre los hombres que su lengua. La gramática de Nebrija conforma el soporte del castellano y del ladino judío: una historia extraordinaria de tradición y cultura. El djudeoespañol es simbólico y natural, un puente secular y eterno de amor y memoria. Allí donde se asentó —en la Europa oriental, en la Haketía marroquí… también en Israel— fue la esencia íntima, una forma de pensar Sefarad.
En este caos de nuestros días, el ladino actúa como un espejo que devuelve a España su propio pasado a través de sus manuales aljamiados, la luz oculta —or nistar— de la tradición cabalística, incluso cuando la historia se tornó adversa.
"Lo extraordinario es observar hasta qué punto los descendientes de los judíos de España han permanecido fieles a la lengua y a la cultura del país en el que vivieron", afirmaba el presidente de Israel Haim Herzog en la sinagoga Beth Yaacov de Madrid (1992).
Somos, pues, una herencia viva que no puede comprenderse sin volver a la piedra de la que procedemos: "Fijaos en la roca de la que fuisteis tallados" (Is 51, 1). "Es la roca divina de Moriah, donde el ser humano se revela y donde en el monte del Señor será provisto" (Gn 22, 14)".
España late en Israel: en sus barrios, en sus cánticos —coplas, nanas, romances—, en el lamento fúnebre de la endecha, en el cántico litúrgico del piyyut, en los apellidos, en las recetas de cocina… en Jerusalén, Safed, Tiberíades, Hebrón. ¡En cada rincón hay un alma española!
España late en Israel, en sus barrios. En sus cánticos —coplas, nanas, romances—; en el lamento fúnebre de la endecha, "para que no se pierda la memoria"; en el cántico litúrgico del piyyut. En los apellidos, en las recetas de cocina. España palpita en Eretz Israel: en Jerusalén, Safed, Tiberíades, Hebrón… En cada rincón hay un alma española —ha néfesh— inscrita en las cuatro sinagogas sefardíes de Jerusalén.
Israel late en España: tradición, ciencia, cultura y comunidad; estudios y viajes; israelíes y judíos que descubren o regresan a esta tierra nuestra. Un trayecto que roza el norte de África o la América hispana: un retorno silencioso, la rama y el tronco sostenidos por una misma savia.
Ben Gurión creía en la necesidad moral de dejar atrás las fechas de nuestras desgracias para mirar al futuro que nos aguarda necesariamente unidos.
Aun así, es preciso reconocer los lentos avances del reencuentro: la reina María Cristina (1834), la admiración judaica de Castelar (1872), la mano tendida de Amador de los Ríos (1876); el impulso de Ángel Pulido; la sinagoga Midrás Abarbanel (1917). Recuperar lo perdido: el empeño de Primo de Rivera (1924), los episodios de la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial.
Sabemos que la historia vuelve, pero la sangre permanece. Que siempre se encuentra el camino del retorno a casa tras la luz de la esperanza —or HaGeulá—, la luz de la redención.
"Sefarad no es ya una nostalgia, sino un hogar en el que no debe decirse que los judíos se sientan como en su propia casa, porque los hispanojudíos están en su propia casa" (Rey Juan Carlos I).
Hoy lo expresan también nuestras normas de reparación, la lenta corrección de los errores antiguos (Ley 12/2015, de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España). Su preámbulo lo proclama: "Existe la determinación de construir juntos, frente a la intolerancia de tiempos pasados, un nuevo espacio de convivencia y concordia que reabra para siempre a las comunidades expulsadas de España las puertas de su antiguo país".
Ahora, en España, los judíos encarnan la antífrasis de lo escrito por Ángel Pulido (1905): ya no son "españoles sin patria", sino, sencillamente, españoles con patria.
Lo tuvo presente la memoria real aquel 30 de marzo de 1992, tras quinientos años innecesarios: "Sefarad no es ya una nostalgia, sino un hogar en el que no debe decirse que los judíos se sientan como en su propia casa, porque los hispanojudíos están en su propia casa" (Rey Juan Carlos I).
España no es un mito, decía Gustavo Bueno. Sefarad e Israel tampoco. No somos la Atlántida de Platón, la historia de Solón, condenados a la pérdida de la virtud y a nuestra destrucción.
Somos una realidad a pesar de la indolencia de quienes se obstinan en torcer los renglones de nuestra propia escritura. "Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol" (Ecl 1, 9).
Por eso es tan necesaria la cautela de nuestros vigilantes.
Construiremos el futuro con el barro de nuestras acciones. Porque queremos compartir el horizonte. Porque somos dos naciones con un solo corazón.
Aún mantenemos abiertas las heridas atroces del 7 de octubre de 2023, de un antisemitismo expectante, presto a aprovechar los instantes favorables de la historia animada por la dejadez. España no es ajena. Los desencuentros políticos patrios son legítimos; el antisemitismo, no. Confundir aquellos con un retorno del odio al judío es un asunto que exige ser cercenado sin contemplaciones.
Hoy afrontamos un recordatorio de ese mirarnos. Las relaciones entre España e Israel no son un artificio diplomático: son el resultado natural de una historia de hermanos que tomó forma política el 17 de enero de 1986. Aquel fue un año de apertura, de luz que vence la oscuridad de un pasado infausto. Hoy lo cerramos para abrir otro nuevo, con su propia madurez.
Lo pidió el rey Juan Carlos I en 1992: "Que nunca más el odio o la intolerancia provoquen la desolación o el exilio; que seamos capaces de construir una España próspera y en paz consigo misma sobre la base de la concordia y del mutuo respeto. Ese es ahora mi más ferviente deseo: paz para todos. Shalom".
Construiremos el futuro con el barro de nuestras acciones. Porque queremos compartir el horizonte. Porque somos dos naciones con un solo corazón. Por ello afrontamos, con decisión, la tarea de edificar un futuro insuperable ▪
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José Antonio Álvarez-Riesgo es presidente de la Asociación Asturiana de Amigos de Israel
