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El judaísmo de Jesús: la Torá como punto de partida

Con honestidad, cabe decir que Jesús no trajo la era mesiánica; basta observar el mundo actual para comprenderlo. Sin embargo, su figura sigue siendo la de un gran maestro cuya enseñanza ética alcanzó también a los gentiles.

Rafaela Almeida

Una reflexión personal inspirada en la obra de Mario Sabán

Si Jesús de Nazaret volviera a resucitar, se quedaría pasmado al comprobar cómo muchas de sus interpretaciones de la Torá fueron manipuladas y, en algunos casos, utilizadas para justificar la persecución y el exterminio del pueblo que la recibió: su propio pueblo, el pueblo judío.

Esta intuición encuentra un sólido respaldo en la obra El judaísmo de Jesús, de Mario Sabán. Tras años de investigación, Sabán demuestra que las enseñanzas éticas atribuidas a Jesús están profundamente enraizadas en la Torá y en la tradición del pueblo de Israel. Jesús aparece así no como fundador de una nueva religión, sino más con la imagen de un rabino judío del siglo I, fiel a su tradición y a su pueblo.

Durante casi dos mil años hemos conocido principalmente al Jesús presentado por la Iglesia: un Jesús progresivamente cristianizado, separado de sus raíces. Según Sabán, esta lectura ocultó su verdadero rostro y dio lugar a una ruptura teológica que no se consolidó hasta el siglo II. Esa ruptura no nació de Jesús, sino de interpretaciones posteriores.

Leídas desde este marco, las palabras del Evangelio adquieren un nuevo sentido. Jesús nunca quiso abolir las Escrituras ni sustituirlas por una nueva religión. Él mismo lo afirma en Mateo: "No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento" (Mt 5:17), y recuerda que no desaparecerá "ni una iota ni un ápice de la Ley" (Mt 5:18). No hay aquí ruptura, sino continuidad.

Mario Saban

Esta continuidad se percibe con fuerza en la práctica viva. Entrar en una sinagoga y comprobar el respeto absoluto por no cambiar ni una sola yud en la lectura de la Torá es una experiencia profundamente reveladora. Ese mismo respeto es el que Sabán identifica en las enseñanzas éticas de Jesús, paralelas a las fuentes más nobles de la tradición judía.

Desde aquí, la reflexión histórica se convierte también en experiencia personal. Fui educada en el cristianismo y en la Iglesia católica, algo que agradezco al maestro Jesús, ya que sus enseñanzas despertaron en mí la curiosidad y el deseo de buscar la verdad. Ese impulso me llevó a estudiar la génesis histórica de su mensaje y, más adelante, a adentrarme en la mística de la cábala y en el judaísmo. Volver al origen se convirtió en una necesidad interior.

En este camino personal, reencontrarme con mi querido maestro de cábala y amigo Mario Sabán, a través de su obra El judaísmo de Jesús, ha sido una guía intelectual y espiritual.

Con honestidad, cabe decir que Jesús no trajo la era mesiánica; basta observar el mundo actual para comprenderlo. Sin embargo, su figura sigue siendo la de un gran maestro cuya enseñanza ética alcanzó también a los gentiles.

La relación con D-os es directa. El camino principal es el trabajo interior y la práctica consciente. Al mismo tiempo, la historia nos muestra figuras que, por su entrega y coherencia, se convirtieron en referentes espirituales. No sustituyen esa relación directa, pero la inspiran y la elevan. En ese sentido, Jesús puede entenderse como uno de esos puentes hacia lo trascendente.

La tradición oral del judaísmo utiliza una imagen muy poderosa para explicar la intensidad de la revelación. Según el Midrash y el Talmud, cuando el pueblo de Israel recibió la Torá en el Sinaí, la luz y la presencia divina eran tan intensas que, con cada palabra, las almas salían del cuerpo y volvían a la vida. No se trata de una muerte literal, sino de la expresión de una experiencia espiritual imposible de sostener sin contención. La Torá, en este sentido, no solo revela, sino que también protege, contiene y dosifica la luz para que pueda ser habitada sin destruirnos.

El mundo se rige por leyes inamovibles, físicas y espirituales. Los marcos y las tradiciones nos orientan, del mismo modo que las leyes de la naturaleza sostienen el equilibrio del mundo. Sin embargo, como recordaba Rumi, una vez alcanzado el destino, solo queda entregarse a la Presencia; entonces los dogmas y las etiquetas pierden importancia.

Esta comprensión se hace tangible en la experiencia compartida. En las últimas semanas he compartido mesa con personas de tradiciones religiosas distintas: evangélica, musulmana y judía. Y ocurre algo revelador cuando comprendemos que D-os es infinito y que infinitos son también los caminos para llegar a Él. Desde culturas diferentes, al reconocernos humanos, se produce una comunión real.

Quiero compartir cuatro prácticas que han transformado mi manera de vivir la espiritualidad este año:

  1. El encendido de las velas de Shabbat.
  2. La observancia completa del Shabbat, todavía en proceso, como meta para 2026.
  3. Hacer jalá (pan) con sus bendiciones, y descubrir cómo cambia la percepción de la abundancia y del sustento que proviene de Hashem
  4. El ayuno total de comida, agua y palabra durante Yom Kippur.

Para cerrar, quiero recordar las palabras de mi amiga evangélica Luciana: "Para 2026, elige bien las mesas en las que quieres sentarte y las personas con quienes deseas compartir el pan".

Feliz Janucá y feliz Navidad a todos ▪

Rafaela Almeida, nacida en Brasil y nacionalizada española, es empresaria, escritora, educadora y presentadora de televisión. Es autora del libro Comunicación Internacional y Relaciones Públicas (Editorial Base, 2023), obra recomendada por la Escuela Diplomática española. Ha alzado la voz contra el antisemitismo en charlas TEDx y en medios nacionales e internacionales. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en la UOC.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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