Editoriales

El moralismo selectivo de Sánchez ante las tiranías de Irán y Hezbolá

La comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel dejó una paradoja central: el líder español rechaza la guerra mientras reconoce que Irán es una potencia militar preparada durante décadas para un conflicto regional de gran escala. Esa contradicción atraviesa todo su discurso y abre preguntas incómodas sobre la coherencia de la política exterior española.

Sánchez utiliza la guerra de Irak como marco moral para criticar la ofensiva actual, pero evita confrontar con claridad al régimen iraní y su papel desestabilizador en Oriente Medio, incluido su respaldo a Hezbolá. El resultado es un mensaje que denuncia la guerra pero deja intactas las contradicciones estratégicas de sus propios argumentos.

La comparecencia este miércoles del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel deja una idea clara: Sánchez dice "no a la guerra", pero lo hace desde un moralismo selectivo que evita confrontar -hasta la condescendencia- la naturaleza de un régimen teocrático que viola los derechos humanos de forma sistemática y, también, el derecho internacional. Más allá de su legítima postura, la comparecencia dejó ver una larga serie de inconsistencias en los argumentos que sostienen su posicionamiento, y la indulgencia implícita hacia un régimen que el propio presidente describe como una amenaza de primer orden.

"Irán es una potencia militar. Lleva, por cierto, 40 años preparándose para una guerra como esta (…). Es capaz de , de destruir aviones en pleno vuelo y lanzar misiles balísticos a 4000 kilómetros", afirmó entre otras muchas cosas Sánchez en el Congreso. La frase, lejos de reforzar su postura, abre una grieta difícil de cerrar: si el propio presidente reconoce que Irán es una potencia militar altamente desarrollada, preparada durante décadas para la guerra, ¿por qué su respuesta política se limita a la retórica? ¿Para qué acumula ese poder un régimen teocrático si no es para imponer su hegemonía regional y cumplir sus amenazas declaradas? Sánchez no ofrece respuesta.

La coartada de Irak y el relato incompleto

Sánchez dedicó buena parte de su intervención a la guerra de Irak como advertencia histórica. "Murieron más de 300.000 personas", recordó, sin utilizar en ningún momento términos como "genocidio". Sánchez evita ese concepto tanto para el pasado como para el presente donde le conviene, donde hacerlo no redunda en votos ¿Dónde queda entonces la contundencia moral que exhibe en otros contextos como el de Gaza (72.000 muertos según Hamás)?

Más problemático aún es el vínculo que establece entre aquella guerra y los atentados terroristas en Europa: "Hubo atentados en París, en Londres, en Bruselas…". Sánchez sugiere una relación causal que desplaza el foco desde los terroristas hacia el contexto geopolítico. La pregunta es inevitable: ¿No implica eso diluir la responsabilidad de quienes perpetraron esos ataques? Si de una violación se tratara… ¿No sería como culpar a la propia víctima de su violación?

El presidente utiliza el pasado como coartada discursiva. Sánchez construye un marco moral contra la intervención militar, pero evita entrar en el núcleo del problema actual: la naturaleza del régimen iraní y su papel desestabilizador en Oriente Medio, incluido su respaldo a actores como Hezbolá, Hamás o los hutíes.

Por ejemplo, el Gobierno defiende a capa y espada la integridad territorial del Líbano, pero elude en todo momento mencionar el papel desestabilizador y la responsabilidad de Hezbolá en el destino de ese país durante las últimas tres décadas y media, en particular tras la retirada israelí en 2000 bajo supervisión de la ONU. La resolución 1.701 del Consejo de Seguridad, alcanzada tras la Segunda Guerra del Líbano de 2006, exige no sólo el desarme de ese grupo terrorista, también la creación de una zona de amortiguamiento al sur del río Litani en manos del Ejército libanés y la FINUL. A Sánchez y su ministro de Exteriores se les olvida mencionar esas exigencias en sus continuas condenas de Israel.

Tampoco mencionan la postura de rechazo absoluto mostrado por el Gobierno libanés hacia a las acciones de Hezbolá contra Israel, ni que fue este grupo el que abrió fuego contra su vecino más al sur tan solo dos días después de comenzar la guerra en Irán. Moralismo y memoria selectivas las del Gobierno.

Reconocer el peligro… para no actuar

Volviendo a la guerra de Irán, el propio Sánchez elevó el tono al afirmar que el escenario actual es peor que el de Irak: "Estamos en algo mucho peor, con un potencial de impacto mucho más amplio y profundo". La afirmación es grave. Pero lo es aún más la falta de consecuencias políticas que Sánchez extrae de ella.

¿Cuál es la respuesta de Sánchez ante ese "algo mucho peor"? El presidente no presenta propuestas concretas más allá de apelaciones al multilateralismo y la diplomacia "de fogueo", porque sabe que en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier intento de acción contra Irán quedará bloqueado por los vetos de China y Rusia. O sea que Sánchez opta por una estrategia sin efectos reales.

Más aún, el presidente reconoce que en Irán podría consolidarse un liderazgo "aún más sanguinario" y favorable al desarrollo nuclear. Sánchez describe el riesgo, pero evita actuar en consecuencia. ¿Por qué España mantiene relaciones diplomáticas normales con ese régimen? ¿Por qué Sánchez no impulsa medidas de presión política? ¿Dónde quedan los derechos humanos que su Gobierno invoca en otros escenarios?

La contradicción es evidente: Sánchez describe a Irán como un peligro estructural y, al mismo tiempo, evita cualquier confrontación política con ese peligro. "Liderazgo internacional", que se llama.

Entre informes, cifras y relatos

Sánchez también cuestionó la legitimidad de la ofensiva de Benjamin Netanyahu y Donald Trump, apoyándose en informaciones mediáticas: "según medios internacionales y nacionales acreditados". Mal está España si el presidente del Gobierno debe recurrir a medios de comunicación para fundamentar su posición.

Al describir los efectos de los severos bombardeos ("Las bombas han alcanzado ya más de 3.000 objetivos estratégicos"), el presidente aportó una cifra de alrededor de 2.000 muertos frente a miles de objetivos alcanzados. Sin embargo, Sánchez no extrae de ese dato ninguna conclusión técnica. La desproporción entre intensidad militar y número de víctimas sugiere precisión, pero Sánchez omite ese análisis.

En paralelo, el presidente introduce variables económicas —la caída del IBEX, el aumento del precio del gas— como elementos centrales de su discurso. Está claro que, al lanzar esta guerra, Netanyahu no pensaba en el bolsillo de los españoles, sino en la amenaza que Irán representa para Israel. Son más de 30 años sufriendo las consecuencias de los proxis iraníes, comenzando quizá por los dos atentados en Buenos Aires en 1992 y 1994. Poco ha hecho el mundo para controlar esa amenaza y evitar una guerra que llevaba en espera desde al menos 2011.

La coherencia como asignatura pendiente

El presidente insiste en la necesidad de coherencia en la defensa del derecho internacional. Pero su propio discurso la pone en entredicho. Sánchez condena con firmeza a unos actores mientras evita incomodar a otros, incluso cuando él mismo los describe como potencias militares agresivas y potencialmente nucleares.

En ese contexto, resulta casi grotesco —si no fuera revelador— que la imagen de Sánchez haya sido utilizada para engalanar "pacíficos" cohetes lanzados contra Israel, según agencias iraníes bajo control del régimen. La escena roza la sátira política y refleja, con crudeza, cómo la ambigüedad del Gobierno español puede interpretarse como debilidad o incluso como legitimación.

Porque el problema no es decir "no a la guerra". El problema es formular ese rechazo sin distinguir entre regímenes autoritarios, actores terroristas y democracias. Es ahí donde el moralismo se convierte en selectivo y la política exterior pierde coherencia.

España tiene derecho a no participar en conflictos armados. Pero el Gobierno de Sánchez también tiene la responsabilidad de no mirar hacia otro lado cuando identifica claramente a quienes los alimentan. Y en esa tensión entre principios y realidades, el discurso del presidente deja más preguntas que respuestas y cruza la línea de la hipocresía diplomática ▪