En la Plaza Sant Jaume se celebró este jueves la fiesta de Janucá con un acto convocado porJabad Barcelona. La misma ciudad donde, en los dos últimos años, el espacio público ha sido escenario de flotillas, de protestas reiteradas y de decisiones políticas que han ido marcando una distancia creciente con Israel.
Fue un momento de alegría, de comunidad y de esperanza, pero también de recuerdo. Un recuerdo para todas las víctimas de este último año: del terrorismo, del antisemitismo y, de manera especial, para las víctimas recientes del atentado terrorista de Sídney. De este modo, la celebración se convirtió también en un ejercicio de memoria colectiva.
Y es que incluso en la fiesta, la alegría convive con el precio del sufrimiento, de la amenaza constante y de la memoria trágica. Esa carga acompaña al pueblo judío incluso cuando enciende la luz, y se hace presente, de forma silenciosa, en cada celebración pública.

Desde fuera, esa tensión se percibía con claridad. La sensación era la de dos mundos paralelos. De un lado, el escenario, los niños y adultos bailando, la música, la vida celebrándose. Del otro, a pocos metros, manifestantes que gritaban e insultaban, culpando a las víctimas y mostrando una actitud profundamente provocadora, incívica e incompatible con una sociedad democrática.
En medio de ese contraste, resultaba imposible no advertir el impresionante despliegue de seguridad. Policías, Mossos y equipos de Bitajón (seguridad) de la propia comunidad que velaban de forma constante y discreta por el desarrollo del acto. Mientras la luz se celebraba, alguien la protegía. Como en el encendido de las velas de Janucá : se encienden y luego se observan en silencio, intentando impregnarnos de su luz y, al mismo tiempo, mantenerla encendida dentro de nosotros. Sin grandes palabras, eran los guardianes de esa luz.
Sin embargo, no todos pudieron estar presentes. Éramos muchos, pero no estábamos todos. Muchas personas judías e israelíes que viven en Barcelona decidieron no acudir por miedo. Tal vez ese sea uno de los datos más duros: que celebrar también implique calcular riesgos.
Más tarde, ya lejos del ruido y de la multitud, durante un recorrido por la zona judía de la ciudad, una compañera, Sol, una persona amable y radiante, con esa luz tranquila que hace honor a su nombre, me compartió una reflexión que me dejó sin respuestas. Me dijo que muchas veces se había preguntado por qué, como judía y como pueblo, la desgracia y el odio siempre parecen acompañarles, hasta el punto de dejar de creer en algunos momentos.
Ante eso, no supe qué responder. Quizá porque tenía razón. Solo pude pensar que no se trata de un castigo, sino de una carga que, aunque pese, se lleva con compromiso y con resiliencia: la de seguir trabajando por la reparación del mundo, por bajar luz a la medicina, a la ciencia, a la ética, a la vida común. La oscuridad prefiere el caos. Pero la luz, incluso vigilada, siempre encuentra la manera de permanecer encendida ▪
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Rafaela Almeida, nacida en Brasil y nacionalizada española, es empresaria, escritora, educadora y presentadora de televisión. Es autora del libro Comunicación Internacional y Relaciones Públicas (Editorial Base, 2023), obra recomendada por la Escuela Diplomática española. Ha alzado la voz contra el antisemitismo en charlas TEDx y en medios nacionales e internacionales. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en la UOC.
