Hay momentos en que una comunidad debe levantar la voz, no para gritar, sino para exigir claridad, y hacerlo con contundencia pero sin apresurarse a sacar conclusiones. El caso del grupo juvenil francés desalojado del avión de Vueling, el miércoles pasado en el aeropuerto de Valencia, no es solo un incidente más de la aviación comercial. Es un episodio cuanto menos extraño, cargado de simbolismo, indignación e incertidumbre, ocurrido en momentos muy particulares de antisemitismo, y que por tanto requiere ser investigado con rigor, imparcialidad y sin dilación.
Desde Enfoque Judío hemos dado seguimiento puntual a los hechos sin poder llegar a ninguna conclusión, como el resto de nuestros lectores. Todos tenemos un agujero de unos 20 minutos con versiones contradictorias. A bordo de ese avión iban 47 menores judíos franceses y sus monitores, procedentes de un campamento organizado por el Club Kinneret. Según Vueling y el piloto del avión, los adolescentes mostraron una conducta inadecuada, ignoraron las advertencias de la tripulación, manipularon equipos de emergencia –concretamente, chalecos salvavidas, mascarillas de oxígeno y las botellas de oxígeno en la parte trasera del avión– y causaron una situación de inseguridad a bordo. La Policía, por su parte, informó que fue llamada por el comandante debido al comportamiento "inapropiado" del grupo y procedió al desalojo.
Pero otras voces han contado una historia muy distinta. Una historia que, si es cierta, debería encender todas las alarmas sobre posibles prejuicios, abuso de autoridad y silencios cómplices.
Varios de los menores afectados han comenzado a dar su versión. Según su testimonio, no hubo alteración alguna más allá de un amago de canto en hebreo iniciado por uno de los chicos, que o bien no comenzó realmente o cesó de inmediato al ser advertido por la tripulación. No se desobedecieron instrucciones. No se tocó equipo alguno. No hubo desorden. Ningún protocolo de seguridad fue puesto en riesgo. Así al menos lo aseguran ellos.
Este relato lo respalda también el testimonio de un pasajero ajeno al grupo, Damián, en declaraciones a medios: "No ocurrió nada como para que los bajaran. Los chicos eran educados, tranquilos. Estaban emocionados, sí, pero no hacían nada malo. No entiendo lo que pasó".
¿A quién creer? Esa es la pregunta que hoy deberíamos estar intentando responder todos, incluidos quienes tienen responsabilidades institucionales, tanto en España como en Francia. Pero lo que encontramos, en cambio, es una preocupante prisa por cerrar el caso con declaraciones superficiales o, peor aún, con comentarios improcedentes que rozan lo indignante.
Porque no se trata solo de lo que pasó a bordo. Se trata también de lo que ocurrió después. Una de las monitores del grupo, una joven de 21 años, fue esposada y reducida al suelo por la Guardia Civil, supuestamente por oponerse a que los niños entregaran sus teléfonos móviles a la tripulación. Otra información no confirmada. De confirmarse que se intentó requisar o borrar imágenes que podrían dar cuenta de lo ocurrido, estaríamos ante un hecho gravísimo: la destrucción de pruebas por parte de la misma compañía que asegura haber actuado con total corrección.
Para colmo de males, la reacción del ministro de Transportes, Óscar Puente, ha sido especialmente desafortunada. No solo no pidió una investigación. No solo no ofreció garantías institucionales a los menores afectados. Fue más allá y, con ligereza e ignorancia, se refirió a ellos como "niñatos israelíes", pese a que todos son ciudadanos franceses. ¿Qué clase de ministro se permite semejante error diplomático y ético, y aun así permanece callado ante las consecuencias de sus palabras?
¿Dónde están las organizaciones judías francesas? ¿Dónde están las instituciones que debieron amparar a sus propios jóvenes? Probablemente estaban ocupadas con el anuncio del presidente Macron de reconocer al Estado palestino. El caso Vueling se vio desplazado de la agenda judía francesa.
En España, fue la Federación de Comunidades Judías (FCJE) la que tomó un liderazgo responsable para exigir explicaciones a la compañía. Lo hizo con contundencia, pero también con la prudencia que requiere el caso. No acusar antes de conocer la verdad. Su presidente, David Obadía, dijo el viernes que hasta ese momento no habían llegado tales pruebas.
Hasta ahora, solo el Movimiento contra la Intolerancia (MCI) en España y el propio Club Kinneret han presentado denuncias formales. El primero por distintos presuntos delitos de odio, trato improcedente con menores y antisemitismo. En el segundo caso es de suponer que las ramificaciones son más de carácter económico y daño de imagen.
En esta coyuntura, dada la gravedad del caso, es imprescindible que la investigación no decaiga. La FCJE y otros grupos judíos deben pasar de una posición reactiva a una proactiva: iniciar la recopilación sistemática de testimonios de los menores, monitores y testigos presenciales, y, con base en ese material, exigir públicamente la apertura de una investigación independiente que despeje todas las dudas sobre este caso.
Sí, es difícil que esa investigación venga del Ministerio de Transporte, cuyo titular ha mostrado tan poco interés en los hechos como un gran desprecio hacia los menores afectados. Pero, si fuera necesario, hay otras vías. Una denuncia bien fundamentada ante la Defensora del Pueblo, una querella por trato discriminatorio o incluso una denuncia ante la Agencia Española de Protección de Datos si se confirma la requisición forzada de dispositivos móviles sin orden judicial.
En este momento no hay certezas absolutas. Hay versiones dispares, demasiadas. Y hay también demasiadas preguntas que siguen sin respuesta, y cada día que pasa sin esclarecerse los hechos aumenta la sospecha y la indignación.
¿Cuántos otros grupos de menores han sido desalojados de un vuelo comercial por comportamiento inapropiado? Si el comportamiento fue tan grave, ¿por qué no hay más pasajeros indignados que lo respalden? ¿Por qué el único testimonio independiente recogido por la prensa contradice la versión oficial (el de "Damian")? ¿Por qué fue necesario esposar a una monitora de 21 años? ¿Qué se pretendía ocultar al exigir la entrega de teléfonos celulares, si es que realmente se exigió esa acción presuntamente ilegal? ¿Se profirieron comentarios como "Israel es un Estado terrorista" durante la intervención? ¿Por qué la tripulación, supuestamente formada para manejar incidentes, actuó de forma tan extrema? ¿Por qué Vueling no difunde imágenes o voces del alboroto? Y una no menos curiosa: En un mundo donde todo se filma y todos tienen un teléfono inteligente… ¿Nadie en todo el avión grabó imágenes del supuesto alboroto? Extraño.
La comunidad judía no pide privilegios. Pide garantías. Pide lo mismo que exigiría cualquier otra comunidad: saber si sus hijos pueden viajar en avión sin temor a ser señalados, reprimidos o bajados por cantar en voz alta, por hablar en hebreo, o simplemente por parecer parte de un grupo homogéneo.
En momentos como este, mantener la calma no significa rendirse. Significa actuar con inteligencia, con prudencia, pero también con determinación. Mientras se esclarece la verdad, debemos cuidar de esos jóvenes, escucharlos, documentar sus vivencias, y ofrecerles contención comunitaria. No como víctimas, sino como testigos de un episodio que, bien gestionado, se podría haber evitado.
Este caso no debe resolverse con comunicados de prensa ni con tuits irreflexivos. Requiere un compromiso institucional serio ▪