El Eurobarómetro Especial 570, publicado por la Comisión Europea con motivo del Día Internacional del Holocausto -conmemorado esta semana en una veintena de instituciones nacionales, autonómicas y ayuntamientos-, ofrece una radiografía ciertamente incómoda. Pese a una mejora en los datos, España aparece, una vez más, por debajo de la media europea en conocimiento del judaísmo y en percepción del antisemitismo, y no precisamente por encima en indicadores de prevención o comprensión histórica.
No se trata solo de ignorancia pasiva: en contextos de polarización política y guerra informativa, la ignorancia se convierte en terreno fértil para el prejuicio, la manipulación y el odio. Los resultados están ahí en las calles, en las redes y en los medios.
Que solo un 14% de los españoles se considere bien informado sobre los judíos, el judaísmo y sus tradiciones no es una anécdota estadística. Es una señal de alarma. Y no solo para la comunidad judía, sino para una sociedad que, al mismo tiempo que se declara mayoritariamente contraria al antisemitismo, demuestra conocer muy poco aquello que dice rechazar. Es más, parece que ni siquiera lo ve.
No estamos ante un antisemitismo clásico, sino ante uno mutante, que se disfraza de activismo, de discurso moral o de crítica política unilateral y sistemática a Israel, con proyección directa en la comunidad judía local.
Porque el dato es aún más preocupante si se cruza con otro elemento central del informe: una parte significativa de la población española (60%) subestima la persistencia del antisemitismo, o lo percibe como un problema menor frente a otras formas de discriminación. Esta brecha entre percepción y realidad es especialmente grave en un país donde, en los últimos dos años y cuatro meses, el número de incidentes antisemitas se han multiplicado varias veces, normalizándose en el espacio público, en las redes sociales, en manifestaciones políticas y, en muchas ocasiones, incluso en instituciones públicas y hasta gubernamentales.
No estamos ante un antisemitismo clásico, sino ante uno mutante, que se disfraza de activismo, de discurso moral o de crítica política unilateral y sistemática a Israel, con proyección directa en la comunidad judía local. Pero el Eurobarómetro demuestra que la falta de conocimiento histórico y cultural sigue siendo su mejor aliado. Cuando no se sabe quiénes son los judíos –extraño en un país con un legado judío titánico-, es fácil aceptar caricaturas. Cuando no se comprende qué fue el Holocausto –al que España le dio la espalda hasta entrado el siglo XXI-, se banaliza. Cuando no se entiende qué es el antisemitismo, se niega. Cuando no se sabe historia antigua y contemporánea, no se entiende el derecho a la existencia de un país como Israel y su relación con los judíos de todo el mundo.
No basta con conmemorar el 27 de enero y rasgarse las vestiduras una jornada al año. Es imprescindible incorporar a los planes educativos, de forma sistemática, la historia judía, el antisemitismo contemporáneo, el Holocausto e incluso el sionismo como movimiento legítimo de autodeterminación de un pueblo.
España no es un caso aislado, pero sí presenta una combinación especialmente peligrosa: bajo nivel de información, alta politización del conflicto en Oriente Medio y ausencia de una estrategia educativa sostenida. El resultado es una sociedad que cree estar vacunada contra el antisemitismo mientras reproduce, casi sin resistencia, muchos de sus códigos.
Ante este escenario, el Plan de Lucha contra el Antisemitismo del Gobierno no puede quedarse en un gesto simbólico ni en un documento bienintencionado. Los datos del Eurobarómetro obligan a ir mucho más allá de las declaraciones institucionales. Si el problema es estructural, la respuesta también debe serlo.
En primer lugar, el Plan debería poner la educación en el centro, no como un añadido. No basta con conmemorar el 27 de enero y rasgarse las vestiduras una jornada al año. Es imprescindible incorporar de forma sistemática la historia judía, el antisemitismo contemporáneo, el Holocausto e incluso el sionismo como movimiento nacional de autodeterminación judía, en los currículos escolares, con formación específica para docentes. No enseñar más el judaísmo como una religión, sino como "un pueblo con una religión". Y no hacerlo como un capítulo marginal, sino como parte integral de la educación cívica y democrática. Varias cuadrillas itinerantes de profesores judíos al servicio del Ministerio de Educación no vendrían mal para terminar, de una vez por todas, con la tan recurrente clausula de: "Es la primera vez que conozco a un judío".
Es imprescindible condenar los ataques antisemitas desde los rangos más alto de la jerarquía política nacional y autonómica. La profanación de un cementerio judío debe ser condenada, con claridad, por el presidente del Gobierno.
En segundo lugar, el Gobierno debe asumir que el antisemitismo actual no siempre se presenta como odio explícito. Por eso, el Plan debe incluir herramientas claras para identificar y combatir sus formas indirectas: la demonización colectiva, los dobles raseros, la negación del derecho de los judíos a definirse como pueblo o la trivialización del exterminio. Sin claridad conceptual, no hay política pública eficaz.
Para ello, es también necesaria visibilidad política. Sí, es imprescindible condenar los ataques antisemitas desde los rangos más alto de la jerarquía política nacional y autonómica. La profanación de un cementerio judío debe ser condenada, con claridad, por el presidente del Gobierno. Hacer un mapa de negocios judíos también. Igual que las odas a causas que piden la destrucción del único Estado judío del mundo (de hecho, de cualquier Estado), por muy criticable que puedan ser. La condena de estos hechos en nada coarta la legítima capacidad de crítica.
Tercero: hacen falta datos, seguimiento y consecuencias. El Eurobarómetro es una foto ilustrativa; España necesita un sistema propio, transparente y actualizado de monitorización del antisemitismo, que no dependa solo de informes en la UE ni de la presión y falta de presupuestos de las comunidades afectadas. Y cuando hay antisemitismo —en la calle, en la universidad o en la política— debe haber una respuesta institucional clara, no ambigüedad calculada. Porque al igual que se han ejecutado muy necesarios planes de trabajo -exhaustivos y costosos- para combatir la violencia contra la mujer o la discriminación, se requiere también de un proceso de concienciación nacional contra el antisemitismo.
No saber es una forma de vulnerabilidad democrática. A mayor conocimiento, menos prejuicios. España aún está a tiempo de leer estos datos como una advertencia y no como una estadística más.
El Eurobarómetro Especial 570 también interpela a las comunidades judías en España. Muestra un claro distanciamiento entre la sociedad española y el judaísmo nacional. Reducir esa distancia no es solo tarea del Estado. Es sobre todo de las comunidades. Hace falta, de parte de estas, una estrategia mucho más abierta, pedagógica, de contacto y de sostenida presencia en el espacio público: explicar, dialogar, salir del marco exclusivamente reactivo y darse a conocer. No para justificarse, sino para existir con voz propia. También abrir instalaciones comunitarias y sinagogas a visitas, mostrarnos y tal y como somos, explicar nuestra historia, exponer nuestros problemas. Asumir la narrativa judía en nuestras propias manos. La comúnmente denominada "burbuja" debe disiparse. Medidas de seguridad sí, aislamiento no.
El ejemplo de Melilla es un buen punto de partida. Un Museo de las Culturas Amazigh y Sefardí permite a los visitantes conocer las diferentes costumbres y creencias en la ciudad. Una asociación cultural judía, Mem Guímel, promueve –con respaldo público- constantes actos conmemorativos, dando voz y visibilidad a la comunidad. La interlocución, pese a las tensiones, es continua y también el esfuerzo de las autoridades para superar las diferencias. En otras ciudades existen iniciativas similares, pero su alcance no es suficiente.
El Eurobarómetro confirma con números que la ignorancia no es neutral. En un contexto de antisemitismo creciente, no saber es una forma de vulnerabilidad democrática. A mayor conocimiento, menos prejuicios. España aún está a tiempo de leer estos datos como una advertencia y no como una estadística más. Pero para ello hace falta voluntad política, rigor educativo y mediático, y una comprensión clara de que combatir el antisemitismo no es una concesión a una minoría, sino una defensa de la sociedad democrática en su conjunto ▪