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El general Dreyfus y la lección pendiente contra el antisemitismo

Más de un siglo después de que Alfred Dreyfus (1859-1935) fuera acusado y humillado por un Ejército impregnado de antisemitismo, Francia ha decidido reparar, aunque simbólicamente, la injusticia histórica: ha decretado el 12 de julio como “un día de celebración y conmemoración” del capitán judío, ahora también ascendido póstumamente al rango de general de brigada.
La medida, firmada por Emmanuel Macron y respaldada por la Asamblea Nacional, no reabre el caso ni borra el sufrimiento sufrido, pero envía un mensaje que trasciende las fronteras del tiempo: Recordar a Dreyfus no es sólo reparar un error histórico; es reafirmar que la vigilancia contra la intolerancia debe ser permanente.

Más de un siglo después de que Alfred Dreyfus (1859-1935) fuera acusado y humillado por un Ejército impregnado de antisemitismo, Francia ha decidido reparar, aunque simbólicamente, la injusticia histórica: ha decretado el 12 de julio como "un día de celebración y conmemoración" del capitán judío, ahora también ascendido póstumamente al rango de general de brigada.

La medida, firmada por Emmanuel Macron y respaldada por la Asamblea Nacional, no reabre el caso ni borra el sufrimiento sufrido, pero envía un mensaje que trasciende las fronteras del tiempo: las democracias tienen la obligación de confrontar sus errores y recordar, con firmeza, que la discriminación institucional es intolerable. Un recordatorio muy relevante para los tiempos que corren en muchos países occidentales, incluida España, donde la folclorización y popularización del antisemitismo ha echado raíces en algunas bancas de su Gobierno.

El "Caso Dreyfus" no fue un mero error judicial. Fue un escándalo moral que fracturó la sociedad francesa, exponiendo cómo los prejuicios raciales y religiosos pueden contaminar la justicia y el Estado. Que un oficial fuera condenado únicamente por ser judío nos recuerda que el antisemitismo no es un fenómeno histórico encerrado en libros antiguos, sino una amenaza persistente. La insistencia de la bisnieta de Dreyfus, Yael Perl Ruiz, en señalar que "los antidreyfusianos sólo creían en su culpabilidad porque era judío", sintetiza la esencia de esta advertencia: la identidad no puede ser jamás la base de la acusación.

Hoy, en un mundo donde los actos antisemitas continúan en aumento —desde agresiones físicas hasta masivas campañas de desinformación en redes sociales—, la reparación francesa adquiere un valor simbólico adicional. Reconocer el error del pasado es un gesto ético, pero también un recordatorio de que la lucha contra el antisemitismo exige vigilancia constante, educación y legislación efectiva. Instituir el 12 de julio como jornada nacional de conmemoración no es sólo un homenaje a Dreyfus; es un acto de memoria activa, un recordatorio de que las democracias pueden y deben defender los principios de igualdad y justicia antes de que los prejuicios arraiguen de nuevo en sus instituciones.

El ascenso póstumo de Dreyfus también nos interpela a nivel contemporáneo: no basta con condenar el antisemitismo cuando es evidente y flagrante; es necesario identificar sus manifestaciones sutiles, estructurales y sociales, aquellas que, como en 1894, se infiltran en cuerpos de poder y normalizan la exclusión. La historia de Dreyfus nos enseña que la indiferencia frente al odio institucional no es neutral; es cómplice.

Francia ha dado un paso importante al reivindicar la memoria del capitán y subrayar que la justicia puede, tarde o temprano, prevalecer. Pero el verdadero aprendizaje va más allá de las fronteras nacionales y del simbolismo político: es un llamado a todas las democracias a no permitir que el antisemitismo, en ninguna de sus formas, socave los cimientos de la igualdad y el respeto por la diversidad. Recordar a Dreyfus no es sólo reparar un error histórico; es reafirmar que la vigilancia contra la intolerancia debe ser permanente, y que la memoria histórica no es un lujo sino una defensa esencial de la democracia ▪

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