En el corazón del Distrito 9 de la capital guatemalteca se alza un edificio que resume, por sí solo, buena parte de la historia del judaísmo en ese país. Su silueta de hormigón blanco rompe con la arquitectura convencional y llama la atención por sus líneas modernas, pero el verdadero secreto permanece oculto a la mirada del visitante: la planta del edificio reproduce una gigantesca estrella de David, concebida por arquitectos mexicanos en 1968 y visible únicamente desde el aire.
Al cruzar las puertas del Centro, la sobriedad exterior deja paso a un espectáculo de luz y simbolismo. Los grandes vitrales dedicados a las tribus de Israel, la menorá y otros motivos bíblicos proyectan sobre la madera y el mármol un mosaico de colores que transforma la sala principal en un espacio de recogimiento y belleza. Frente a ellos se alza el Heijal o Arón HaKodesh, revestido en tonos dorados y que conserva los rollos de la Torá. La armonía entre arquitectura, arte y espiritualidad convierte esta sinagoga en una de las más singulares de América Central.

Pero el edificio es mucho más que un templo. Tras él se extiende un amplio complejo comunitario con salones, oficinas y espacios deportivos que reflejan una concepción del judaísmo donde la vida religiosa, educativa y social forman parte de una misma realidad. Allí transcurre el día a día de una comunidad de alrededor de un millar de miembros que ha conseguido preservar durante más de un siglo una identidad cohesionada y un profundo compromiso con Israel.
La visita de Enfoque Judío coincide con el final de la etapa del rabino Nir Koren, quien en las próximas semanas concluirá tres años de servicio al frente de la Comunidad Judía de Guatemala. Su balance ofrece una mirada privilegiada sobre una comunidad discreta, pero extraordinariamente activa.
Un siglo de historia: inmigración, integración y continuidad
-Pregunta.- Rabino Koren, ¿Cómo definiría hoy a la Comunidad Judía de Guatemala?
-Respuesta.- "No diría que sea una comunidad ashkenazí o sefardí. Aquí rezan todos juntos. Esta sinagoga nació como una sinagoga ashkenazí, pero hoy ya no existe esa definición. Es simplemente una comunidad judía. Es la única que hay y la integración es muy grande".
-Pregunta.- ¿Hay niños y jóvenes que garanticen el futuro de la comunidad?
-Respuesta.- "Estamos en una época hermosa donde hay muchos nacimientos. Ahora hay alrededor de cien niños y el número sigue creciendo. Existe un movimiento juvenil de la línea Macabi que desarrolla actividades en Shabat y eso nos alegra muchísimo".
Su espíritu integrador se percibe en cada rincón del recinto comunitario. La sinagoga constituye el corazón espiritual, pero la vida cotidiana continúa en los salones de actividades, las oficinas administrativas y los espacios deportivos, donde varias generaciones conviven con naturalidad.

La historia de la presencia judía organizada en Guatemala se remonta a finales del siglo XIX, cuando los primeros inmigrantes ashkenazíes procedentes de Prusia llegaron atraídos por las oportunidades económicas que ofrecía el país. Inicialmente se establecieron en Quetzaltenango, donde desarrollaron actividades comerciales ligadas al pujante negocio cafetero, antes de trasladarse progresivamente a Ciudad de Guatemala.
En 1913 constituyeron la Sociedad Israelita de Guatemala, cuyo objetivo iba mucho más allá del ámbito religioso: prestar ayuda a los recién llegados, atender a los necesitados, asistir a los enfermos y garantizar sepultura conforme a la tradición judía. Poco después comenzaron a llegar familias sefardíes procedentes del antiguo Imperio Otomano, que fundaron en 1923 la Sociedad Israelita Maguén David y levantaron la primera sinagoga del país, inaugurada en 1938.
Durante las décadas siguientes se incorporaron también judíos procedentes de Polonia, Rusia y los países bálticos, que en 1941 fundaron el Centro Hebreo. Con el paso del tiempo, aquellas diferencias de origen fueron perdiendo importancia hasta desembocar en una comunidad unificada.

Una comunidad pequeña que vive intensamente su judaísmo
Aunque la comunidad ronda actualmente el millar de personas, su actividad dista mucho de la imagen de una colectividad reducida.
"Es una comunidad activa", explica el rabino Koren. "Durante la semana hacemos un gran esfuerzo para mantener los rezos diarios y en Shabat mantener una vida comunitaria muy activa. En las Altas Fiestas vienen muchas más personas".
Sin embargo, el principal desafío no es religioso, sino educativo. Hace tres décadas dejó de funcionar el colegio judío que existía en la ciudad. Para Koren, esa ausencia condiciona directamente el crecimiento de cualquier comunidad, y constituye quizá uno de los obstáculo al crecimiento demográfico de origen migratorio.
-Pregunta.- ¿Por qué una comunidad que vive con tranquilidad y en un país con oportunidades económicas no crece más?
-Respuesta.- "Creo que el factor principal es la educación judía. Puedes tener una sinagoga, alimentos kosher y una comunidad funcional, pero si no tienes asegurada la educación de los hijos es mucho más difícil que una familia decida emigrar aquí".

El rabino considera que esa circunstancia explica por qué muchas familias judías que abandonaron Venezuela entre 2010 y 2020, u otros países latinoamericanos, eligieron destinos donde sí existían centros educativos comunitarios. España entre ellos.
"Ese es el elemento que más nos falta. Si existiera una escuela, muchas familias que hoy dudan en venir probablemente darían el paso", asevera sobre el potencial de su aún comunidad.
Un judaísmo abierto a la sociedad guatemalteca
Mucho antes de que los inmigrantes judíos procedentes de Alemania, Europa oriental o el antiguo Imperio Otomano fundaran las instituciones que hoy articulan la vida comunitaria, la historia judía de Guatemala ya había comenzado a escribirse en silencio.
Diversos estudios históricos sitúan los primeros vestigios de presencia judía en Guatemala durante la época colonial. Se trataba de judeoconversos o criptojudíos —descendientes de los judíos expulsados de España y Portugal o convertidos forzosamente al cristianismo— que llegaron a la Capitanía General de Guatemala y cuya existencia quedó reflejada en distintos procesos inquisitoriales por presuntas prácticas judaizantes. Aquella presencia fue clandestina y dispersa, sin continuidad institucional con la comunidad organizada que nacería siglos después.
En cualquier caso, sí constituye el primer rastro de judaísmo en tierras guatemaltecas.

Y, hoy, uno de los aspectos que más llama la atención es la naturalidad con la que los judíos guatemaltecos describen su relación con el resto de la sociedad.
"Es de mucho cariño, respeto y amor. Tenemos un brazo humanitario, Cadena, que ayuda constantemente a la población, y existe mucho trabajo conjunto con la Embajada de Israel. Hay antisemitismo, porque esa ola ha llegado también aquí desde el comienzo de la guerra (en Israel tras el 7-O), pero no es algo que sintamos en el día a día. Yo camino con kipá por la calle y, más que rechazo, recibo muestras de cariño", asegura el rabino.
Esa percepción coincide con la propia historia de la comunidad. Desde sus primeros años, los judíos participaron activamente en instituciones benéficas, empresariales, universitarias y culturales del país, ocupando incluso puestos de responsabilidad en organizaciones civiles y manteniendo relaciones fluidas con otras confesiones religiosas.
Porque, en cierta medida, la historia de la comunidad no puede entenderse, o separarse, de la relación privilegiada entre Guatemala e Israel.
Una amistad con raíces históricas
Cuando en 1947 las Naciones Unidas debatían el Plan de Partición de Palestina, el diplomático guatemalteco Jorge García Granados, miembro de la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP), desempeñó un papel decisivo en la defensa de la creación de un Estado judío. Su labor y el voto favorable de Guatemala situaron al país entre los principales aliados internacionales del naciente Estado de Israel.

Décadas más tarde, Guatemala volvió a marcar un hito al convertirse en uno de los primeros países en trasladar su embajada a Jerusalén, reforzando una relación bilateral basada en décadas de cooperación política, tecnológica y agrícola.
Para Nir Koren, esa cercanía trasciende la diplomacia.
-Pregunta.- ¿Cómo vive la comunidad esa relación con Israel?
-Respuesta.- "Es una relación de amor sin condición. Si hay un pilar que sostiene esta comunidad es el sionismo y la identidad judía vinculada a Israel. Se ve en el apoyo, en la cantidad de personas que viajan, en los jóvenes que estudian allí y en la manera en que compartimos las alegrías y los momentos difíciles. Es un modelo de comunidad".
En ese contexto es difícil decidir qué estrato condicionó al otro, o si sencillamente se trata de dos procesos paralelos que confluyeron a un mismo tiempo.

Sólo un pequeño y desagradable paréntesis enturbió en los últimos años la presencia del judaísmo en Guatemala -que no de su Comunidad oficial-, el de la secta ultraortodoxa Lev Tahor, objeto de investigaciones y actuaciones judiciales por denuncias relacionadas con abusos y maltrato de menores. Su presencia desde 2013 a 2024, aunque mediáticamente muy visible, proyectó durante años una imagen distorsionada del judaísmo que nada tenía que ver con la realidad de una comunidad plenamente integrada en la sociedad, comprometida con el diálogo interreligioso y abierta al conjunto del país.
Desde un comienzo, los dirigentes comunitarios insistieron en marcar una diferencia absoluta entre aquella organización y la Comunidad Judía de Guatemala, y en 2024 extendieron su completo apoyo a las autoridades del país cuando estas intervinieron para poner fin a la secta.
El legado de una comunidad construida para el futuro
A pocos metros de la sinagoga, la cancha de fútbol sala parece romper el silencio solemne del recinto. A su lado un edificio de oficinas y salones para actividades de todo tipo que resumen quizá mejor que cualquier estadística el verdadero significado de esta comunidad: un lugar donde la vida judía se transmite de generación en generación con absoluta naturalidad.

No es casual que el edificio fuera concebido pensando en el futuro. Detrás de la monumentalidad de la sinagoga existe una filosofía comunitaria que entiende que el judaísmo no termina cuando concluye el servicio religioso. La educación, las actividades culturales, el deporte, la acción social y el encuentro entre familias forman parte de una misma identidad compartida. Cada espacio del complejo parece responder a una idea sencilla pero poderosa: hacer comunidad.
Ese espíritu es el que Nir Koren ha encontrado durante sus tres años de rabinato y el que ahora deja como legado a quien tome el relevo.
-Pregunta.- Después de tres años al frente de la comunidad, ¿con qué sensación se marcha de Guatemala?
-Respuesta.- "Me voy con un profundo sentimiento de gratitud. Encontré una comunidad cálida, comprometida y orgullosa de su identidad judía. Hay desafíos, como ocurre en todas las comunidades del mundo, pero también una enorme voluntad de seguir creciendo, de fortalecer el vínculo con Israel y de transmitir el judaísmo a las nuevas generaciones. Ha sido un privilegio formar parte de esta familia".

Al abandonar el recinto resulta inevitable volver la vista hacia la sinagoga. Desde la calle, el visitante sigue sin adivinar que bajo aquella estructura de hormigón se esconde una inmensa estrella de David. Solo quien la contempla desde el cielo descubre la genialidad de su diseño. Sin embargo, existe otra estrella mucho menos visible, pero infinitamente más importante: la que forman los hombres, mujeres y niños que mantienen viva la vida judía en Guatemala.
Porque el verdadero patrimonio de esta comunidad no reside únicamente en la belleza de sus vitrales, en la majestuosidad del Heijal o en la singularidad de un edificio convertido en icono arquitectónico de Centroamérica.
Su mayor riqueza está en una historia construida durante más de un siglo por varias generaciones de judíos que encontraron en Guatemala un refugio y un hogar donde preservar su identidad, vivir su fe con libertad y transmitirla a sus hijos.
En tiempos de incertidumbre para muchas comunidades de la diáspora, la Comunidad Judía de Guatemala demuestra que la fortaleza de una comunidad no se mide por el número de sus miembros, sino por la capacidad de permanecer unida, mirar al futuro sin olvidar sus raíces y seguir haciendo del judaísmo una forma de vida compartida ▪
