Firmas

27 de enero
y el gas grisú en el aire

La vida sigue, dicen. Pero, ¿cómo se camina con las espaldas abiertas? ¿Cómo se reconstruye un mañana cuando quienes amenazan tu existencia persisten en su empeño?

Nataniel Castaño

Ha regresado el último. Tras meses de una angustia que ha desgarrado el alma de un pueblo, Israel ha conseguido recuperar a todos los rehenes, vivos o asesinados, de aquella barbarie que fue la masacre del 7 de octubre de 2023. El cierre de este ciclo, sin embargo, no trae la paz del olvido, sino una pregunta punzante que nos quema la piel: ¿Y ahora qué?

La vida sigue, dicen. Pero ¿cómo se camina con las espaldas abiertas? ¿Cómo se reconstruye un mañana cuando quienes amenazan tu existencia persisten en su empeño? Lo más doloroso no es solo la herida propia, es la indiferencia de un mundo que, tras siglos de advertencias, parece no haber aprendido nada.

Antes de que el odio llegue a las manos, se cocina en las pantallas. Estamos asistiendo a un linchamiento constante en las redes sociales, donde el antisemitismo se ha disfrazado de "opinión" para normalizar la deshumanización. Es el caldo de cultivo donde se gesta la tragedia.



Ese odio digital salta inevitablemente a la realidad. Lo vimos en la emblemática playa de Bondi, cuando en plena festividad de Janucá (la fiesta de las luces y la libertad), la comunidad judía fue blanco de agresiones. Atacar a una familia mientras celebra el triunfo de la luz sobre la oscuridad es un símbolo de estos tiempos. Lo vemos también en la profanación de 20 tumbas en el cementerio de Les Corts en Barcelona. El mensaje es claro: no estáis seguros ni celebrando vuestra fe, ni descansando en la muerte.

Hoy, 27 de enero, conmemoramos a las víctimas del Holocausto, la culminación más atroz del antisemitismo del siglo XX. Creímos que el "Nunca Más" era una promesa grabada en piedra, pero la realidad nos golpea con un auge del odio judío que no veíamos desde la Segunda Guerra Mundial. La historia se repite y es el momento de recordar la metáfora de Cecilia Denot, que hoy es una urgencia médica: "Los judíos son los canarios en la mina de la humanidad".

Al igual que los mineros de antaño utilizaban a esos pájaros para detectar el gas grisú, ese gas invisible e inodoro que precedía a la explosión mortal, el ataque a la comunidad judía es el primer síntoma de un colapso moral inminente. Cuando el judío es atacado, el veneno ya está en el aire que respiramos todos. El mundo no debe engañarse, pues la historia enseña que cuando la judeofobia resurge, no solo son los judíos quienes están en peligro; el judío es solo el primero en caer, pero el resto de la humanidad sufrirá las consecuencias de la explosión social que le sigue. La historia no miente: el odio que empieza contra el judío nunca termina con el judío.

Lo más grave es que, tal como ocurrió en los años 30 del siglo pasado, el antisemitismo vuelve a ser proyectado y validado desde las instituciones del Estado.

A lo largo de los siglos, el judío solitario e indefenso fue la víctima elegida como chivo expiatorio perfecto por gobernantes incapaces para distraer al pueblo de sus propios fracasos. Hoy, esa narrativa oficial vuelve a señalar y aislar, buscando la complicidad de una sociedad que mira hacia otro lado mientras cree que el fuego no va con ella, tal y como lo reflejó en su poema el pastor Martin Niemöller ("Primero vinieron por …"). Sus versos nos recuerdan que, para que el silencio social sea posible, primero se debe deshumanizar al señalado mediante la calumnia.



Por eso, hoy asistimos a una metamorfosis del prejuicio que desafía toda lógica. Resulta una incongruencia insoportable ver cómo se ha pasado de la acusación medieval de deicidio a la acusación moderna de genocidio; dos etiquetas fabricadas para convertir a la víctima en verdugo. Una herramienta de distracción que vuelve a los despachos oficiales para señalar a un culpable ajeno, evitar responder por los errores propios y dejar al judío, de nuevo, a merced del odio.

La recuperación de los rehenes en Gaza es el fin de una pesadilla logística, pero el inicio de una lucha moral por la verdad. Si el mundo no despierta, si las instituciones siguen señalando al diferente para salvarse a sí mismas, si seguimos ignorando las señales del "gas grisú" que ya flota en el aire de nuestras ciudades, el despertar será trágico.

El "Nunca Más" no era un recuerdo, era una advertencia. Y aún estamos a tiempo de escucharla, pues no se trata solo de salvar a un pueblo, sino de salvar la conciencia que aún nos queda como humanidad ▪

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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