Nasó

El hombre que se fue al Tíbet

La Torá no propone huir del mundo para “ser puro”, sino aprender a dominar el deseo sin miedo ni máscaras. La madurez espiritual se prueba con el vino en la mesa y decisión en las manos.
Actualizado el 31/5/2026, 00:02 hs.
Rabi David Libersohn

El Rebe de Kotzk escuchó a un hombre jactarse de su abstinencia.

—Me abstengo del vino, de los placeres del mundo. Soy como un nazir.

El Rebe lo miró y preguntó:

—¿Y Dios te lo agradeció? ¿El mundo te lo agradeció?

—No —respondió el hombre.

—Entonces dejaste vacía la copa que te pusieron delante y no le diste alegría a nadie. Ni al de arriba ni a los de abajo.

Hubo silencio.

Hay gente que necesita irse al Tíbet para encontrarse consigo misma.
Lo cual dice mucho sobre lo que encontró.

El nazir de la Torah es, en el fondo, ese hombre. No un santo. Un asustado.
Alguien que mira el vino, mira al deseo, mira el mundo — y concluye: no puedo con esto. Entonces se construye una jaula de oro y la llama espiritualidad.

Los sabios lo vieron con claridad quirúrgica. Por un lado, lo llaman kadosh — sagrado. Por el otro, le exigen un korban jatat al terminar. Una ofrenda de expiación. ¿Por qué? Porque se privó del vino que D.os creó. Porque huyó de la vida en lugar de aprender a vivir en ella.

Rabi Eleazar HaKapar en el Talmud lo dice sin anestesia: "El que se aflige negándose el vino — es llamado pecador."

La realidad gráfica es que el que corre de la oscuridad no se transforma en luz. Simplemente tiene miedo.

Y el miedo disfrazado de santidad es quizás la forma más sofisticada de cobardía espiritual.

La Torah no propone fuga. Propone encuentro.

El Adam, hombre íntegro no es el que escapa de aquello que le da miedo. Es el que se sienta frente a ello y aprende a dominarlo. No huye del deseo, del fracaso, del mundo o de sí mismo. Los enfrenta. Porque la madurez espiritual no consiste en eliminar la oscuridad, sino en atravesarla sin perderse.

La idea no es abandonar el mundo para mantenerse puro. La misión es entrar en él, tocarlo, lidiar con él, y aun así elevarlo.

La pregunta no es: ¿cómo me alejo de lo que me tienta?
La pregunta es: ¿quién soy cuando estoy frente a ello?

Eso no se aprende en la montaña.
Se aprende aquí — con el vino en la mesa y la decisión en tus manos.

¡¡Shabat shalom!!