Libros

Rabih Alameddine, Ota Pavel y la Shoá

La Historia no se cuenta de «forma oblicua». Pese a los papanatas que se elevan moralmente en lo «innecesario del detalle», saber es conocer los hechos. No está solo Alameddine en este intento universal de acercarse «tangencialmente» al pecado supremo de la Humanidad, la Shoá.
Rabih Alameddine, Ota Pavel y la Shoá
Actualizado el 27/5/2026, 17:42 hs.
Ariel Eljarrat

Uno vaga por la metaliteratura casi como un voyeur que quiere disfrutar del gozo ajeno por las grandes obras. Me gustaría apreciar algunas obras con ese olfato de Enrique Vila-Matas y, si no es posible, al menos que el candidato a premio Nobel me ofrezca un catálogo de libros sobre los que el tiempo de lectura no sea en vano. Enrique Vila-Matas es un explorador: arranca la maleza y te presenta el libro que deberías leer.

Rabih Alameddine, nacido en el seno de una familia libanesa drusa, adopta en su novela, "La mujer de papel", el rol de una traductora de libros en Beirut donde más que explorar la literatura, se explora en ella. Transforma los libros en un instrumento de fruición y, aunque el CHATGPT no me de la razón del todo, sí que podría decirse que se acerca a la frontera del kitch. Pero este artículo no quiere versar sobre mi aversión a la "literatura de fruición".

Lo que sorprende en Alameddine es el catálogo de autores, mayoritariamente judíos,  que propone en su metaliteratura: Franz Kaffa, Bruno Schulz, Marcel Proust, Paul Celan, Walter Benjamin, Primo Levi, Joseph Brodsky, … En la página 211, el escritor nacido en Jordania nos lanza a bocajarro: "Seguramente ya os habéis fijado en que no me gusta Israel, ese ridículo estado pigmeo rebosante de autoestima, y sin embargo muchos de los gigantes a los que respeto son judíos. No es una contradicción". Y posteriormente, concluye con que "los israelíes son judíos que no saben dónde han puesto su sentido del humor".

Libro La mujer de papel Rabih Alameddine

En estas escuetas líneas, Alameddine nos está ofreciendo una versión muy extendida de un antisemitismo muy particular: aquel que admira en los supervivientes su capacidad para sobrevivir, especialmente si, después de un pogromo, por qué no, de un Holocausto, se lo "toman con humor". Esta admiración es real, nada hipócrita. Pero se retuerce si le cambian el relato: un judío que proteste explícitamente sobre los crímenes de esa misma sociedad que luego admira su resistencia está fuera de lugar; mucho menos, un judío que pretenda proteger su destino, por no decir su vida, en un "estado pigmeo".  Así, cita a otro escritor judío, David Grossman: "Escribir es saber que no estás en casa", cita que reserva, por supuesto, al judío al que solo concibe como apátrida.

La Shoá se convierte para estos "antisemitas diluidos" en un instrumento para la fruición intelectual de la compasión. El Holocausto sin Paul Celan habría pasado sin pena ni gloria. No es necesario incidir en los "detalles" del crimen. Resulta difícil que Celan nos llegue intelectualmente si el propio Celan nos apunta con un dedo demasiado explícito. Tenemos que usurpar los versos de su sufrimiento, empatizar con su desesperación aunque hayamos sido nosotros mismos quienes se los hayamos puesto en bandeja. Nuestra intervención en la Shoá, mayor o menor, debe aparecer como diluida para poder comprender literariamente su dolor. Pega y compadece, esa es la secuencia.

En este "antisemitismo que llora los crímenes antisemitas", Alameddine, metido en disquisiciones sobre el Holocausto, menciona a otro escritor judío, Ota Pavel, autor checo que desconocía. "Es difícil abordar el dolor directamente", dice Rabih, "hay que acometerlo de forma oblicua". Solo de esta forma deberíamos acercarnos al desgarro de la Shoá.

En fin, aproveché el catálogo que toda metaliteratura ofrece y descargué en mi móvil "Cómo llegué a conocer a los peces", obra que recomiendo porque en mi vida he encontrado una creación en la que el vacío pese más que la materia. Gracias, Alameddine, sinceramente, por la recomendación. Aunque yo diría que primero habría que leer a Primo Levi, a su literatura explícita y detallada, y luego complementar "Si esto es un hombre" con el libro de Ota Pavel.

Las dos obras son autobiográficas. Primo Levi narra las condiciones infrahumanas de Auschwitz. Ota Pavel habla de estanques, ríos, carpas y anguilas doradas. El silencio del escritor checo es el silencio de tantos supervivientes que han callado lo inexpresable. Ota estira su obra en lo superfluo de la pesca hasta que, ya en el epílogo de su libro, narra, como un episodio más de su vida, que ha "perdido la cabeza en los juegos Olímpicos de invierno de Innsbruck". Allí se cruzó con "un hombre que era para él el diablo con todos sus atributos". Después, se fue a las montañas que hay sobre Innsbruck y le prendió fuego a una granja.

Enviado por la policía austríaca a unos médicos de Praga, encontrará su consuelo en rememorar sus días de pesca porque la pesca es, sobre todo, libertad. Toda esa belleza de torrentes, cielos estrellados, carpas y anguilas doradas, … toda esa materia no es más que el bálsamo para sobrevivir al gran vacío, al gran silencio.

¿Quién era ese "diablo con todos sus atributos" con el que Ota Pavel se cruzó en Innsbruck? El escritor checo ni siquiera lo menciona. Es su silencio más poderoso. Fuera del libro, descubriremos que, haciendo de reportero en 1964, Ota topó en la ciudad austríaca con el nazi Martin Borman y que ese encuentro lo enloqueció hasta llevarlo a incendiar una granja. El diablo no merece un nombre en una obra literaria pero sí en la Historia.

La Historia no se cuenta de "forma oblicua". Pese a los papanatas que se elevan moralmente en lo "innecesario del detalle", saber es conocer los hechos. No está solo Alameddine en este intento universal de acercarse "tangencialmente" al pecado supremo de la Humanidad. No suele ser tan tangencial cuando describe las miserias de la guerra civil libanesa. Mirando de soslayo el crimen, rebota también de soslayo la culpabilidad, los siglos de calumnias que han llevado a los judíos a Auschwitz. Mirando tangencialmente, hasta las soluciones tangenciales se nos presentan inasumibles como ese "estado pigmeo", en el que los judíos pueden disfrutar de una "alta autoestima".

No, no está solo Alameddine en ese recurso de la tangencialidad. Ayer mismo, una profesora de Filosofía del Instituto en el que ejerzo se quejaba del trabajo de investigación "morboso" que un profesor proponía a un alumno de 2º Bachillerato.

¿Aporta algo saber cómo experimentaban con los niños en Auschwitz? – se preguntaba en alto, en el más genuino estilo de Rabih Alameddine ▪