La diputada de Más Madrid Tesh Sidi defendió esta semana en el Congreso una propuesta impulsada por Sumar para que España abandone la definición de antisemitismo de la IHRA y adopte en su lugar la Declaración de Jerusalén. Según explicó, la definición actualmente utilizada serviría para bloquear protestas contra Israel y limitar la libertad de expresión de quienes apoyan la causa palestina.
La acusación es grave. Pero antes de decidir si la IHRA debe ser sustituida, convendría responder a una pregunta previa: ¿Qué problema concreto pretende resolver realmente Sumar?
Porque si algo ha quedado demostrado en España desde el 7 de octubre de 2023 es precisamente la ausencia de una censura sistemática de las posiciones críticas con Israel. Bastante al contrario: Durante más de dos años y medio hemos asistido a manifestaciones multitudinarias, campañas de boicot, concentraciones universitarias, declaraciones institucionales, iniciativas parlamentarias, sanciones gubernamentales y una cobertura mediática extraordinariamente dura hacia el Estado judío. Pocos países europeos han vivido un nivel semejante de movilización política y social, con la única excepción quizá de Irlanda.
Si la definición de la IHRA realmente estuviera siendo utilizada para silenciar la "solidaridad con los palestinos", deberían existir ejemplos claros y recurrentes de esa supuesta "represión". En España, al menos, no existe evidencia de una censura sistemática o generalizada derivada de su aplicación. No se han prohibido manifestaciones ni expulsado del debate público a quienes critican a Israel. Sí ha ocurrido precisamente al contrario.
Que determinadas autoridades hayan criticado algunas formas de protesta —como el sabotaje de la última Vuelta ciclista a España— no significa que se haya restringido la libertad de expresión. Lo cuestionado en esos casos no fue el mensaje político, sino la alteración del orden público. Confundir ambas cuestiones contribuye poco a un debate que debería abordarse con rigor.
Una solución para un problema real
La definición de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), adoptada por el gobierno de Pedro Sánchez en 2020, no prohíbe la crítica a Israel. Tampoco impide cuestionar las decisiones de sus gobiernos ni expresar solidaridad con los palestinos. La propia definición establece que el antisemitismo es "una determinada percepción de los judíos que puede expresarse como odio hacia los judíos" y acompaña esa formulación con ejemplos orientativos destinados a identificar manifestaciones contemporáneas de ese fenómeno. Entre esos ejemplos se incluye algunos relacionados con Israel, particularmente en cuanto al doble rasero y a las comparaciones injustificables con el régimen nazi y el Holocausto.
Y ese es precisamente el aspecto que parece incomodar a sus detractores.
La Declaración de Jerusalén, elaborada como alternativa de izquierdas (algunos dirán "progresista") a la IHRA y hoy defendida por Sumar, establece una separación mucho más estricta entre antisemitismo y antisionismo. Sus promotores sostienen que esa distinción protege mejor la libertad de expresión. Es una posición legítima, pero también implica reducir el alcance de determinadas herramientas utilizadas para detectar formas contemporáneas de hostilidad hacia los judíos.
Y uno de los elementos que desaparecen es el concepto de doble rasero y la atención que la IHRA presta a la singularización del único Estado judío del mundo: un Estado reconocido por la inmensa mayoría de los países pero que, sin embargo, acumula la peor ola de críticas de la historia y el mayor número de condenas en organismos internacionales. Y de lejos. si se lo compara con otros conflictos mucho más crueles y con cifras de víctimas muchísimo más altas.
La IHRA advierte de que puede existir antisemitismo cuando se niega únicamente al pueblo judío un derecho reconocido al resto de los pueblos: el derecho a la autodeterminación. También cuando se aplican a Israel estándares que no se exigen a ningún otro Estado, democrático o no.
Puede discutirse esa formulación. Lo que resulta más difícil es ignorar que buena parte del debate público contemporáneo gira precisamente alrededor de la legitimidad de un solo Estado en el mundo: el judío. O que Israel acumule en algunos foros internacionales un volumen de condenas exageradamente desproporcionado en comparación con otros conflictos. Si eso no enciende en Sidi ninguna alerta, habrá que preguntarse el por qué, y no cambiar de definición.
Lo que realmente está en juego
Desde el 7 de octubre se ha acusado repetidamente a Israel de ser una entidad intrínsecamente ilegítima. Se han popularizado consignas que cuestionan su continuidad como Estado. Se ha normalizado un lenguaje político que rara vez se emplea respecto a otros conflictos internacionales.
Mientras tanto, apenas se escucha a quienes proponen la desaparición de otros Estados implicados en guerras o disputas territoriales. La pregunta es inevitable: ¿Por qué Israel constituye una excepción? ¿Qué se esconde detrás de esa obsesión?
Ese interrogante es precisamente el que la definición de la IHRA intenta abordar. No para impedir la crítica política, sino para examinar cuándo esa crítica deja de dirigirse a un gobierno concreto y pasa a cuestionar derechos que se reconocen universalmente a cualquier otra nación.
Por eso resulta difícil aceptar la idea de que el debate actual trate exclusivamente sobre libertad de expresión. Lo que está en discusión es algo mucho más profundo: qué formas de hostilidad hacia Israel pueden seguir siendo consideradas relevantes para comprender el antisemitismo contemporáneo, y si el antisionismo debe ser o no parte de su definición. Las consecuencias de la masacre del 7 de octubre dejó claro que sí debería.
Un debate que ya no encaja con la realidad
Hay además una paradoja que los defensores de la sustitución de la IHRA rara vez abordan. La discusión entre la definición de la IHRA y la Declaración de Jerusalén nació fundamentalmente para delimitar el espacio entre antisemitismo y crítica a Israel. Ambas fueron concebidas antes del terremoto político y social que supuso la masacre de Hamás en 2023.
Cuando la IHRA fue aprobada en 2016, muchos críticos sostenían que sus referencias a Israel eran excesivas o innecesarias. Sin embargo, los acontecimientos posteriores al 7 de octubre han convertido en observable algo que durante años parecía una discusión teórica: la facilidad con la que determinadas formas de hostilidad hacia Israel pueden transformarse en hostilidad hacia los judíos como colectivo étnico y religioso.
La ola de incidentes antisemitas registrada en Europa, EEUU, Canadá, Australia y tantos otros países durante los últimos dos años y medio no se ha dirigido principalmente contra objetivos israelíes. Los blancos de atentados, agresiones, amenazas y ataques vandálicos han sido sinagogas, escuelas judías, centros comunitarios, comercios kosher y ciudadanos judíos sin relación alguna con las decisiones del Gobierno israelí.
Ha ocurrido en numerosas ciudades occidentales. Y esa realidad plantea un problema evidente para el argumento de Sidi. La Declaración de Jerusalén no la salvaría de la crítica.
Porque el antisemitismo, también en su versión antisionista, empieza con frecuencia por las palabras —la demonización, los estereotipos, los dobles raseros o la atribución colectiva de culpas— y termina demasiado a menudo en la violencia física.
Estos ataques son un hecho difícil de ignorar. Si el problema fuera únicamente la crítica a Israel, los objetivos deberían ser instituciones israelíes. Sin embargo, los objetivos han sido judíos.
Más allá de si es lícito o no aplicar a Israel ese doble rasero que tanto vemos, la realidad demuestra que el antisemitismo contemporáneo sigue teniendo como objeto a los judíos, incluso cuando adopta el lenguaje político del activismo antiisraelí.
La diferencia es que la IHRA intenta examinar, al menos, la relación entre determinadas formas de hostilidad hacia Israel y el antisemitismo contemporáneo. La Declaración de Jerusalén, en cambio, fue diseñada precisamente para restringir ese vínculo y establecer una separación más tajante entre ambos fenómenos.
Por eso resulta difícil entender cómo la propuesta de Sumar ayudaría a explicar mejor la realidad que estamos observando. Y lo que es peor… a combatir el antisemitismo.
¿Por qué ahora?
Porque la iniciativa de Sumar llega además en un momento especialmente significativo.
No se produce en una etapa de retroceso de los discursos antijudíos. Llega después del mayor asesinato de judíos desde el Holocausto. Llega después de un aumento de incidentes antisemitas en numerosos países occidentales. Llega cuando escuelas, sinagogas y centros comunitarios judíos continúan funcionando bajo medidas extraordinarias de seguridad.
En ese contexto, resulta legítimo preguntarse por qué la prioridad política pasa a ser desmontar uno de los principales marcos internacionales utilizados para identificar el antisemitismo contemporáneo.
La propia trayectoria pública de algunos defensores de esta iniciativa ayuda además a comprender el trasfondo del debate. El mismo 7 de octubre, mientras Hamás perpetraba la masacre que desencadenó la guerra, Tesh Sidi publicó en redes sociales un mensaje inequívoco: "Hoy y siempre con Palestina". Israel todavía no había iniciado su ofensiva en Gaza. La cuestión no era entonces la proporcionalidad militar ni la situación humanitaria. La cuestión era una matanza de civiles israelíes (Sidi condenó posteriormente los atentados por presión pública).
Se trata de comprender desde qué marco político e ideológico se interpreta hoy la discusión sobre el antisemitismo.
Porque, al final, el verdadero debate no consiste en decidir qué definición académica resulta más elegante. Consiste en determinar qué formas de antisemitismo estamos dispuestos a reconocer en 2026. Porque para aplicar medicamentos, hay que reconocer antes que se tiene el virus.
La iniciativa de Sumar parte de la premisa de que el principal problema es una supuesta censura de la solidaridad con los palestinos. Sin embargo, después de más de dos años y medio de movilización constante contra Israel, la evidencia de esa censura sigue sin aparecer. Lo que sí existe es un esfuerzo por desvincular determinadas formas de hostilidad hacia el Estado judío de cualquier examen crítico.
Y quizá por eso la pregunta relevante no sea qué tiene de malo la definición de la IHRA. La pregunta seria qué es exactamente lo que algunos quieren dejar de ver cuando hablan de antisemitismo. El caso de dos judías norteamericanas en unos baños termales en Cataluña es un ejemplo del antisemitismo que Sumar no quiere que se vea: "El problema no es la estrella, es si eres sionista", les dijeron las recepcionistas a las dos turistas ▪