En pleno San Jordi, entre el bullicio habitual de la jornada y un contexto político especialmente sensible, el escritor israelí Itamar Orlev (Jerusalén, 1975) firmó ejemplares de su novela Bandido durante dos horas en el stand de la Comunidad Judía de Barcelona. La escena, lejos de cualquier tensión, transcurrió con una normalidad casi inesperada. "No pasó nada. La gente se acercaba, miraba los libros, fue muy agradable", recuerda. La presencia policial marcaba el perímetro, pero no llegó a alterar la atmósfera del encuentro.
Esa misma sensación de calma atraviesa su paso por la ciudad. Orlev participó el día anterior en un encuentro literario organizado por Mozaika, junto a su traductora Eulàlia Sariola y con presentación de Ana Bejarano. "No hay muchos autores israelíes traducidos al catalán, por eso me invitaron", explica en entrevista con Enfoque Judío. Publicada originalmente en hebreo en 2015 y galardonada con el Premio Sapir en Israel, Bandido continúa encontrando lectores en distintos idiomas y contextos culturales.

Escribir desde fuera
Orlev llegó a Barcelona desde Berlín, ciudad en la que reside desde hace una década. Una migración que afecta su mirada sobre la cultura israelí y su lugar en el mundo, y que se construye, en parte, desde la distancia. "Vivimos bien en Berlín. Trabajamos desde casa, no importa demasiado dónde estemos", explica, describiendo una vida profesional sostenida en lo digital junto a su esposa.
Esa experiencia europea ha ampliado su perspectiva sobre las tensiones entre memoria, historia e identidad. Alemania, señala, mantiene una relación particularmente compleja con Israel y con su propio pasado. "Oficialmente son muy proisraelíes. Incluso a veces demasiado: criticar lo más mínimo a Israel puede ser visto como antisemitismo", apunta. Al mismo tiempo, observa que otras memorias del pasado europeo no siempre reciben la misma atención o sensibilidad.
—¿Cómo fue la recepción en Barcelona, en un contexto político sensible para cualquier autor israelí?
—"La verdad es que estuvo bien, no pasó nada. Había un gran cartel en el stand judío y dos patrullas de policía cerca, pero en las dos horas que estuve allí no hubo ningún problema. Mucha gente se acercó, miró libros, fue muy agradable".

Una historia heredada
Bandido no nació como una invención aislada, sino como una herencia narrativa. La historia llega a Orlev a través de su padre, el conocido escritor, poeta y traductor Uri Orlev (Varsovia, 1931 – Jerusalén, 2022), quien había recopilado testimonios de Ami Drozd, un hombre vinculado al mundo del cine israelí, sobre su infancia en Polonia y la figura de su padre, Stefan: un hombre violento, alcohólico y marcado por la guerra.
El proceso de escritura fue largo y atravesado por dudas sobre el propio género del libro. Orlev comenzó con un enfoque cercano al testimonio, pero pronto entendió que no era suficiente: "Mi mujer me dijo: ‘Está bien, pero parece una biografía, no una novela’", recuerda. Esa observación marcó un punto de inflexión decisivo.
—¿Cómo se construyó finalmente Bandido?
—"Mi padre quiso escribir ese libro, pero no pudo. Años después me preguntó si yo quería hacerlo. Tenía muchas historias, pero me faltaba un eje central. Entonces entendí que quería escribir sobre la relación entre padres e hijos".
El nacimiento de su propio hijo influyó en la estructura final del relato. A partir de ese momento, la historia se reorganiza en torno a la relación paterno-filial, integrando material real con recursos de ficción. El protagonista, Tadek —nombre original de Ami en su infancia—, viaja a la Polonia de 1989 para reencontrarse con su padre, al que su madre judía había dejado atrás años antes al emigrar a Israel.
El personaje de Stefan, ambiguo, violento y carismático, se impone como una figura central difícil de encerrar en una sola lectura. La novela explora, sobre todo, la tensión emocional entre padre e hijo como espacio de reconstrucción de la memoria.

Memoria y escritura
La obra de Orlev está atravesada por la memoria, no como tema aislado, sino como estructura narrativa. Hijo de un superviviente del Holocausto, este período de la historia no es un material externo en su vida, sino parte constitutiva de su biografía y de su escritura.
"Todo lo que escribo desde Bandido ocurre en el pasado. Tengo una especie de obsesión con la Segunda Guerra Mundial", admite. Esa insistencia no responde a una moda literaria, sino a una necesidad generacional: la de procesar una herencia histórica que sigue activa.
—¿Hasta qué punto la memoria define su escritura?
—"El Holocausto fue completamente parte de mi vida. Mi padre perdió a toda su familia. Tenemos demasiadas historias que contar sobre el siglo XX".
Pero esa abundancia también plantea una pregunta incómoda: cómo equilibrar la necesidad de recordar con la posibilidad de mirar hacia adelante. En la narrativa israelí contemporánea, esa tensión sigue latente.
Para Orlev, amante de la historia, volverá en su segunda novela, que está escribiendo en estos momentos y escarba entre las víctimas alemanas del nazismo –"que también las hubo", dice- una temática que le ha cerrado la puerta a cierta financiación de fondos culturales en Alemania.

Traducción, mercado y lectura
El recorrido internacional de Bandido, traducida al español, francés, chino, italiano y catalán, abre otra dimensión de su trabajo. Orlev confía en los traductores como intérpretes creativos, capaces de trasladar no solo el significado literal, sino el tono y el espíritu del texto. Herencia de su padre.
"No estoy enamorado de mis palabras", asegura sus exigencias literarias. Para él, la traducción no es un proceso secundario, sino una forma de recreación literaria.
—¿Se pierde algo esencial en la traducción?
—"La traducción es un arte en sí mismo. Los buenos traductores no traducen palabra por palabra, traducen el espíritu del libro".
Más allá del lenguaje, sugiere que el problema actual de la literatura está mucho más en su circulación. Los autores israelíes, afirma, enfrentan mayores dificultades en el mercado internacional. "Sé que venden mucho menos que antes", advierte, y no solo por razones políticas, sino también por la transformación de los hábitos culturales. "La literatura compite con nuevas formas de consumo".
A ello se suma una crisis más amplia de la lectura. "Hay gente que ya no puede leer una novela completa", señala. En Israel, añade, el mercado es reducido y está monopolizado por dos grandes editoriales: "Si un libro vende 500 ejemplares, ya es un éxito".

Escribir en un mundo polarizado
Residente en Berlín desde hace años, Orlev observa también el clima político global con cierta distancia crítica. Preguntado por el posicionamiento de los círculos intelectuales frente a los problemas que aquejan al país (la guerra, la brecha social, la relación religión-estado, el alistamiento de ortodoxos, la reforma judicial…), recuerda que, en Israel, el debate público está marcado por la polarización y la cautela.
—¿Qué papel tiene hoy el escritor en una sociedad en conflicto permanente?
—"Algunos intentan ser una brújula moral, pero hoy muchos escritores se involucran menos. Creo que hay miedo a expresarse".
Aun así, rechaza la idea de una función única para la literatura. En su caso, la elección es clara: mirar hacia atrás no como evasión, sino como forma de comprensión.
—"Yo no escribo sobre el presente. Siempre vuelvo al pasado", sentencia.
En Barcelona, entre lectores, libros y conversaciones, esa mirada encontró un espacio propio: una forma de intervenir desde la memoria sin simplificarla ni cerrarla ▪
