La pregunta no antojadiza. ¿Es apropiado analizar la producción del diario El País como periodística? O, puesto de otra manera, ¿corresponde seguir exigiéndole a este medio un comportamiento profesional dentro de unos estándares que es evidente no aplica hace tiempo? Y, aún de otra forma, ¿seguir abordando sus "artículos" como informativos, no legitima su propósito real? Es decir, ¿no valida el disfraz reporteril para la propaganda ideológica con que comercia?
Que El País ya no es un medio tradicional no puede escapársele a nadie. O a quien no esté impregnado de doctrina "progresista". En breve, a casi nadie escapa que sus páginas son una herramienta para la difusión de una cosmovisión muy particular: que contemporiza con ciertos totalitarismos y ataca a ciertas democracias; que comulga con unos prejuicios particulares mientras se erige en representante de "moral" del "sentido común". Siendo este sentido el que dicta el diario. Ergo, el que le dictan unos puntuales intereses.
El País no es, ni mucho menos, el único medio que ha transitado del periodismo a la propaganda – convirtiéndose en una suerte de agencia o como guste llamársele. Mas, dicha metamorfosis no ha sido completa: percibiéndose convenientemente como medio de comunicación de cara a la galería, utiliza los ropajes propios de la profesión informativa para envolver engañosamente su producto inconfundiblemente panfletario.
El hecho de una ciudadanía cansada de la inversión de Teherán en grupos proxis, la opresión – especialmente contra las mujeres – y la imposición de las leyes religiosas, queda ya no difuminado, sino anuladas de la realidad de las audiencias que creen estar informándose en esos medios.
No es una cuestión baladí, máxime cuando los palmarios silencios que practican dichos medios siempre parecen subvencionar la reserva necesaria que facilita la subsistencia de las ideas antidemocráticas. De tal guisa, ese difícil encontrar alguna mención a la represión china contra los uigures. Las actividades intrusivas de los regímenes de Catar o Teherán; o los del gobierno turco. Hay casi un apreciable patrón de beneficiarios de esa herramienta en que han devenido ciertos medios: para acallar críticas antes de que tengan la posibilidad de nacer – no se habla de lo que ni siquiera se sabe – y para dirigir sus dardos contra los blancos designados.
Por ejemplo, esa censura actúa para, o bien invisibilizar las protestas actuales contra el régimen de los ayatolás – y su represión -, o para presentarlas como un desacuerdo meramente económico entre un sector de la población y el gobierno. Como sea, el hecho de una ciudadanía cansada de la inversión de Teherán en grupos proxis, la opresión – especialmente contra las mujeres – y la imposición de las leyes religiosas, queda ya no difuminado, sino anuladas de la realidad de las audiencias que creen estar informándose en esos medios.
Así, Israel es un objetivo coincidente y reiterado, por aquello de fácilmente aglutinar consensos por la vía de un prejuicio que se ha probado efectivo en numerosas instancias, así como refractario a los escrúpulos, la vergüenza y la razón.
Entonces, ¿no es hora ya de empezar a tratar el producto de El País y otros medios, que han resignado la labor periodística, como una herramienta propagandística? ¿No es hora de abordar esa mercancía de acuerdo a los intereses para los que está diseñada?
¿O se les va a seguir otorgando el beneficio de usurpar una práctica que no ejercen (investigar, recopilar, verificar) para continuar engañando a las audiencias?
Es preciso referirse a aquellas empresas que han mutado de actividad de acuerdo con el rubro al que han virado su dedicación. De otra manera, cualquier análisis estará viciado y será incapaz de arribar a conclusión válida o útil alguna, y devendrá en un mecanismo que permita seguir disfrazando el adoctrinamiento de desinteresado afán informativo.
No es posible mejorar o solucionar un estado de cosas si no se define correctamente el problema, si no se nombran adecuadamente sus elementos: en resumen, si no se identifica la esencia del asunto y sus relaciones. De ahí, precisamente, la inflación y usurpación lingüística que realiza la propaganda, que no pretende solucionar, sino crear una "realidad" paralela, donde sus "soluciones" sean aplicables.
Es, pues, preciso referirse a aquellas empresas que han mutado de actividad de acuerdo con el rubro al que han virado su dedicación. De otra manera, cualquier análisis no sólo está viciado, y será incapaz de arribar a conclusión válida o útil alguna, sino que devendrá, como ya fue dicho, en un mecanismo que permita seguir disfrazando el adoctrinamiento de desinteresado afán informativo.
Y, cuando lo que se difunde detrás de esa pantalla de sinceridad, de auténtica búsqueda de la verdad – en la medida en que esto es posible -, es el interés de estados o grupos totalitarios, la democracia está sin duda amenazada. El valor de los hechos pierde campo ante el avance de las emociones, de las arbitrariedades.
Decía el escritor Michael Crichton en una charla en 2002, que los medios de comunicación gozan de una credibilidad totalmente inmerecida. "Todos ustedes han experimentado esto, en lo que yo llamo el efecto Murray Gell-Mann Amnesia", que funciona, proseguía, de la siguiente manera:
"Abres el periódico y encuentras un artículo sobre un tema que conoces bien. … Lees el artículo y ves que el periodista no entiende en absoluto ni los hechos ni los problemas. A menudo, el artículo es tan erróneo que, en realidad, presenta la historia al revés, invirtiendo la causa y el efecto. Yo las llamo las historias de "las calles mojadas causan lluvia".
Lees… los múltiples errores de una noticia y luego pasas la página a los asuntos nacionales o internacionales, y lees con renovado interés como si el resto del periódico fuera de alguna manera más preciso sobre la lejana Palestina que sobre la noticia que acabas de leer. Pasas la página y olvidas lo que sabes [esto es, que buena parte del tiempo quienes escriben no saben nada o no quieren que el lector sepa nada de aquello que escriben]".
Es hora de tomar lo que afirmen los medios con pinzas y barbijo, y de definir correctamente las actividades de una buena parte de ellos: Es propaganda, no es información. Y es propaganda antidemocrática y antioccidental.
Crichton consideraba un desconocimiento, no una motivación ideológica o pecuniaria. El escritor no había padecido entonces las redacciones reconvertidas en territorio de mediocres activistas y de calculadores ejecutores de un mensaje.
En lo que parece un pasado lejano, el autor de Parque Jurásico, proseguía:
"En la vida cotidiana, si alguien te miente o exagera constantemente, pronto dejas de creer nada de lo que dice.
Pero cuando se trata de los medios de comunicación, creemos, a pesar de las pruebas, que probablemente vale la pena leer otras partes del periódico. Cuando, en realidad, es casi seguro que no lo vale. La única explicación posible para nuestro comportamiento es la amnesia".
No sólo es hora de tomar lo que afirmen los medios con pinzas y barbijo, sino, como se ha dicho, pero es menester repetir, definir correctamente las actividades de una buena parte de ellos: Es propaganda, no es información. Y es propaganda antidemocrática y antioccidental ▪
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Marcelo Wio es miembro del Departamento en español de la organización Camera, con sede en Boston y que se dedica al seguimiento y análisis de medios de comunicación.
