Se dice que uno de los rasgos más distintivos de las personalidades narcisistas es la proyección: en lugar de reconocer sus defectos, los atribuyen a otros, acusándoles de padecer las debilidades que ellos mismos encarnan. En el recuerdo colectivo judío, este fenómeno guarda paralelismos con los instintos humanos que desencadenaron tragedias como la Shoah, donde la búsqueda de un chivo servía para proteger el ego colectivo proyectando en otros los males propios.
En el caso de Radiotelevisión Española (RTVE), este comportamiento alcanza estos días unas cotas sin precedentes. Y quizás no sea casualidad que esto ocurre justo en el momento en el que se ha puesto más que nunca en entredicho la imparcialidad de la emisora. Solo hay que leer el artículo de la columnista del ABC, Rebeca Argudo, con el que relata su experiencia de pasar un día entero viendo la Televisión Española, para entender hasta qué punto la emisora se ha convertido en un instrumento servil al servicio del Gobierno de España.
Pero TVE no quiere saber nada de esto. Incapaz de negar su subordinación a sus comisarios políticos, ha optado por desviar la atención hacia un nuevo blanco: Israel. En una decisión reciente, el Consejo de Administración de RTVE anunció que España, como miembro de los Big Five —los cinco países que más contribuyen financieramente al Festival de Eurovisión—, boicoteará el certamen de 2026 si se permite la participación de Israel. Este país, cabe destacar, logró un destacado segundo puesto en la edición de 2025, solo por detrás de Austria, mientras que España quedó en una discreta antepenúltima posición.
Para comprender el trasfondo de esta decisión, es necesario analizar qué es Eurovisión y cómo ha llegado hasta aquí, El festival, que en 2026 celebrará su 70.º aniversario, está organizado por la Unión Europea de Radiodifusión (UER), una alianza de radiodifusoras públicas que opera de manera independiente, sin financiación directa de gobiernos ni de la Unión Europea, y que se declara apolítica.
A menudo se pregunta por qué países no europeos, como Israel o Australia, participan en el festival. En el caso del estado judío, su radiodifusora pública, que hoy se denomina la Corporación de Radiodifusión Israelí (IPBC/KAN), es miembro de la UER desde la decimoctava edición en 1973. Además, se da el caso de que Israel ha cosechado cuatro victorias (1978, 1979, 1998 y 2018), duplicando las de España (1968 y 1969). En los últimos años, Israel ha gozado también de un notable apoyo en la votación popular española, alcanzando los 12 puntos en la votación pública en las últimas dos ediciones.
La Corporación de Radiodifusión Israelí (IPBC/KAN), que actualmente financia y gestiona la participación de Israel en el festival, sería el equivalente israelí de RTVE, pero ahí terminan las similitudes. KAN, a pesar de su titularidad pública, tiene una reputación por mantener una reputación de independencia frente a los gobiernos israelíes, incluso bajo administraciones conservadoras. Un ejemplo icónico es la victoria de Dana International en 1998, la primera artista transexual en ganar Eurovisión, un hito que desafió a los sectores más religiosos de Israel durante el mandato de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, en los últimos años, la KAN ha enfrentado presiones crecientes del gobierno de Netanyahu, que ha amenazado con privatizar la cadena para limitar su autonomía.
La participación de Israel en Eurovisión refleja, pues, una de las facetas más abiertas y seculares de la sociedad. Los eurofans israelíes representan la parte más laica de la sociedad, un segmento de la población que es un pilar de esperanza para quienes desean que Israel mantenga su carácter plural y democrático. En contraste, la decisión de RTVE de boicotear el festival si Israel participa parece un intento de desviar la atención de sus propios problemas de independencia, proyectando sus carencias en un país cuya radiodifusora ha demostrado mayor resiliencia frente a las injerencias políticas.
Es especialmente irónico que esta postura provenga de un gobierno del PSOE, un partido que, desde la era de José Luis Rodríguez Zapatero, ha defendido la laicidad del Estado y los derechos de las minorías. Un boicot a Eurovisión no solo privaría a los eurofans españoles de celebrar un evento que promueve la música, la diversidad y la libertad, sino que también contradice los valores que el propio gobierno dice defender.
RTVE debería mirar a la KAN como un ejemplo de cómo una radiodifusora pública puede mantener su independencia y servir como plataforma para la diversidad y la apertura, incluso en contextos políticos complejos. En lugar de ello, la decisión de boicotear Eurovisión parece un intento de ocultar su propia falta de autonomía tras un gesto político que poco tiene que ver con los principios del festival. Eurovisión es, ante todo, un espacio para unir a las personas a través de la música, y un boicot liderado por España solo lograría alejar a los fans de un evento que trasciende la política ▪
