Firmas

El privilegio de pertenecer

Si algún día alguien me preguntara cuál es el mayor orgullo de mi identidad, no respondería hablando de nacionalidad, de religión ni de historia. Respondería hablando de las personas. De aquellas que, desde distintos caminos, me enseñaron exactamente la misma lección. Que ayudar dignifica. Que acompañar fortalece. Que compartir une.

David Cohen Rosental

Hay personas que tienen la fortuna de pertenecer a una comunidad. Otras tienen el privilegio de pertenecer a dos. Yo siento que la vida me regaló algo todavía mayor.

He tenido el inmenso privilegio de ser formado por tres comunidades extraordinarias: el noble pueblo venezolano, el pueblo judío y la comunidad judía de Venezuela. Tres identidades diferentes. Tres historias distintas. Tres maneras de entender el mundo. Pero un mismo valor las atraviesa a todas: la solidaridad.

En tiempos como los que vive hoy Venezuela, marcados por años de dificultades, por familias separadas, por incertidumbres y por acontecimientos que nos recuerdan lo frágiles que somos frente a la naturaleza, uno descubre con mayor claridad aquello que verdaderamente sostiene a una sociedad.

No es la riqueza. No es el poder. No son las diferencias que tantas veces ocupan los titulares. Es la capacidad de una persona para tender la mano a otra.

Y pocas cosas me producen más gratitud que haber crecido rodeado de personas que entienden esa verdad. Empezando por mis padres, mis hermanos (y cuñados), mi familia en general, mi comunidad y toda la gente de esta gran nación llamada Venezuela.

El alma solidaria del venezolano

He tenido la oportunidad de conocer personas de muy diversos rincones de Venezuela. Y hay algo que siempre me conmueve. El venezolano posee una capacidad casi natural para ayudar. No espera que alguien lo organice. No necesita instrucciones. Cuando ocurre una tragedia, aparecen vecinos que nunca antes se habían saludado.

Cuando una familia pierde todo, aparecen manos con alimentos, medicinas, ropa o simplemente un abrazo. Cuando alguien atraviesa un momento difícil, siempre surge otra persona dispuesta a acompañarlo.

Nuestro país ha sufrido mucho. Quizás demasiado. Sin embargo, el sufrimiento no logró arrebatarnos una de nuestras mayores riquezas: la humanidad. El venezolano comparte incluso cuando tiene poco.

Y esa generosidad, nacida muchas veces del sacrificio personal, representa una de las expresiones más hermosas de nuestra identidad. Por eso me siento profundamente agradecido de haber nacido en esta tierra.

Lo que el judaísmo me enseñó sobre la responsabilidad

Mi segunda gran escuela de vida ha sido el judaísmo. Una tradición milenaria que no solo transmite historia y fe, sino también una profunda responsabilidad hacia el prójimo.

Existen tres conceptos que resumen esa manera de entender la vida.

El primero es la tzedaká. Con frecuencia se traduce como "caridad", pero esa traducción resulta insuficiente. Tzedaká proviene de la palabra hebrea Tzedek, que significa "justicia". La diferencia es enorme.

No ayudamos porque deseamos ser generosos. Ayudamos porque es lo correcto. Porque existe una responsabilidad moral hacia quien necesita de nosotros.

El segundo concepto es tikún olam, que significa "reparar el mundo". Nadie puede resolver todos los problemas de la humanidad. Pero todos podemos dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.

Cada acto de bondad. Cada gesto de solidaridad. Cada oportunidad de aliviar el sufrimiento de otra persona constituye una pequeña reparación del mundo.

El tercer principio resume quizás el espíritu del pueblo judío mejor que cualquier otro: Kol Israel Arevim Ze Bazeh. Literalmente significa: "Todo Israel es responsable el uno del otro". A primera vista podría parecer una idea dirigida únicamente al pueblo judío. Sin embargo, su enseñanza trasciende ese ámbito. Nos recuerda que una comunidad auténtica no abandona a quienes la integran. Que pertenecer implica asumir responsabilidades, no solo recibir derechos. Que el bienestar de cada persona está ligado, de alguna manera, al bienestar de los demás.

Ese principio explica por qué, durante siglos, las comunidades judías han desarrollado una profunda cultura de apoyo mutuo, construyendo redes educativas, sociales, médicas y humanitarias allí donde se han establecido.

Pero también nos deja una enseñanza universal: toda sociedad se fortalece cuando sus integrantes comprenden que nadie prospera verdaderamente si permanece indiferente al sufrimiento del otro.

Mi comunidad judía de Venezuela

Pero si existe un lugar donde vi esos principios hacerse realidad fue dentro de mi propia casa y mi propia comunidad.

Nunca necesité que alguien me explicara qué significaba la solidaridad. La vi. La viví. La aprendí observando. La vi en nuestras instituciones. En nuestros colegios. En nuestras sinagogas. En nuestras organizaciones comunitarias.

La vi en personas que dedicaban incontables horas al servicio de otros sin esperar reconocimiento alguno. La vi en quienes donaban discretamente. En quienes visitaban enfermos. En quienes acompañaban a familias en momentos difíciles. En quienes entendían que ayudar no era un acto extraordinario, sino simplemente la forma correcta de vivir.

Nuestra comunidad no es grande por su número. Es grande por su compromiso. Y ese compromiso no se limita a sus propios miembros.

A lo largo de los años también ha tendido la mano a la sociedad venezolana, participando en iniciativas sociales, educativas y humanitarias con la misma convicción que inspira su vida comunitaria. Muchas veces en silencio. Porque la solidaridad auténtica rara vez necesita publicidad. Cuando se publica es únicamente para que otros la emulen.

Dos identidades en perfecta armonía

En ocasiones encuentro personas que creen que ser profundamente venezolano y profundamente judío representa una contradicción. Yo nunca lo he sentido así. Soy venezolano.

Esta es la tierra donde nací. Donde crecí. Donde estudié. Donde construí mi vida. Donde están mis recuerdos, mis amigos, mi profesión y gran parte de mis sueños.

Y también soy judío. Pertenezco a un pueblo con miles de años de historia, de resiliencia y de esperanza.

Para los judíos, Israel representa mucho más que un Estado. Es el hogar histórico del pueblo judío. El lugar donde nació una parte esencial de nuestra historia. El destino hacia el cual, durante siglos, dirigimos nuestras plegarias. El símbolo vivo de una continuidad que sobrevivió a exilios, persecuciones y tragedias.

Amar a Israel no disminuye en absoluto mi amor por Venezuela. Así como amar profundamente a Venezuela no disminuye mi vínculo con Israel.

No son lealtades enfrentadas. Son dimensiones distintas de una misma identidad. Una nace de la tierra donde crecí. La otra nace de la historia del pueblo al que pertenezco. Ambas conviven con absoluta naturalidad. Y ambas me han enseñado a valorar la vida, la libertad y la responsabilidad hacia los demás.

La herencia más valiosa

Hay quienes heredan un patrimonio. Hay quienes heredan un apellido. Yo siento que heredé algo mucho más valioso. Una manera de mirar al prójimo. Una forma de entender que nadie construye una sociedad solo.

La convicción de que la verdadera fortaleza de un pueblo no reside únicamente en su economía, en sus instituciones o en sus logros, sino en la capacidad de sus ciudadanos para cuidarse mutuamente.

Hoy doy gracias por haber nacido venezolano. Doy gracias por pertenecer al pueblo judío. Y doy gracias por formar parte de una comunidad judía venezolana que, silenciosamente y sin buscar reconocimiento, ha hecho de la solidaridad una forma de vivir.

Si algún día alguien me preguntara cuál es el mayor orgullo de mi identidad, no respondería hablando de nacionalidad, de religión ni de historia. Respondería hablando de las personas. De aquellas que, desde distintos caminos, me enseñaron exactamente la misma lección. Que ayudar dignifica. Que acompañar fortalece. Que compartir une.

Y que la grandeza de un pueblo jamás se mide por lo que posee, sino por la forma en que cuida de quienes más lo necesitan.

Ese es, para mí, el verdadero significado de pertenecer

David Cohen Rosental es arquitecto venezolano con una destacada trayectoria en el diseño, la construcción y el desarrollo inmobiliario en Caracas. Desde su adolescencia, ha mantenido un activo y sostenido compromiso comunitario en Venezuela, ejerciendo diversos roles y cargos institucionales.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

Otras firmas
Más leídas
Puede interesar...