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El "acuerdo" de Trump con Irán es malo para Israel, pero aún peor para los iraníes

Aunque los términos del memorando entre EEUU e Irán y el reciente discurso del presidente Trump resulten preocupantes, Jerusalén debería aprovechar este momento como el comienzo del final del ciclo de guerras iniciado tras el 7 de octubre. Es una oportunidad para reforzar su posición internacional y regional mediante la diplomacia.

Simon Waldman

(Este artículo, en su versión inglesa, ha sido publicado originalmente por el autor en: https://simonwaldman.substack.com/p/president-trumps-iran-deal-is-bad )

En Israel, el acuerdo marco firmado entre Estados Unidos e Irán el miércoles ha sido calificado de "desastre" e incluso de "catástrofe". Tras leer el texto del acuerdo, coincido en que no es bueno para Israel, pero considero que es considerablemente peor para el pueblo iraní.

Es importante señalar que esto no es un "acuerdo de paz", y denominarlo así, como hicieron inicialmente algunos medios de comunicación y analistas, es completamente erróneo. Se trata, en realidad, de un acuerdo marco, un memorando de entendimiento destinado a abrir nuevas negociaciones.

Las disposiciones detalladas en el memorando, especialmente las relativas al programa nuclear, simplemente establecen los temas que serán objeto de futuras negociaciones. Lo que sí entra en vigor de forma inmediata es la reapertura del estrecho de Ormuz y el fin del bloqueo naval estadounidense. Al mismo tiempo, cesarán los combates en todos los frentes y, de forma controvertida, esto incluye al Líbano. Al parecer, Estados Unidos también liberará parte de los activos iraníes congelados en el extranjero. Ambas partes acordaron además no interferir en los asuntos internos de la otra. Esta es, sin duda, la peor parte del acuerdo. La República Islámica probablemente aprovechará para intensificar la ola de ejecuciones mientras Washington guarda silencio, algo que, francamente, resulta indignante.

Hay otros elementos relevantes en el acuerdo. Entre ellos figura el compromiso de Estados Unidos y de sus aliados regionales de contribuir a la reconstrucción de Irán con una financiación de cientos de miles de millones de dólares. Sin embargo, ese apoyo solo se materializaría una vez que se alcance un acuerdo nuclear definitivo en un plazo de sesenta días, aunque con la posibilidad de prorrogar ese periodo si ambas partes lo aceptan. Me atrevería a afirmar que esa prórroga es prácticamente inevitable. En cualquier caso, esto supone un incentivo económico de cientos de miles de millones de dólares para Irán, recursos que con toda probabilidad se utilizarán para reforzar su red de grupos aliados en la región —un aspecto que el memorando ni siquiera menciona— y para fortalecer sus mecanismos de represión interna, especialmente teniendo en cuenta el dominio que ejerce el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica sobre el Estado y buena parte de la economía. En otras palabras, la Administración Trump ofrece un intercambio: Irán renuncia a las armas nucleares a cambio de garantizar la supervivencia y la consolidación del régimen.

No es un acuerdo, sino un marco para negociar

Como ya se ha señalado, esto no es un "acuerdo de paz". Para que lo fuera sería necesario normalizar las relaciones entre ambos países, algo que, al menos por ahora, resulta inconcebible. Existen demasiadas cuestiones pendientes. Esto no es más que un acuerdo marco para seguir negociando.

Precisamente por tratarse de un acuerdo preliminar, no debería compararse con el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) negociado en 2015 durante la presidencia de Barack Obama. Sin embargo, el presidente Trump ha proporcionado a la República Islámica un salvavidas mucho antes de lo que ocurrió durante aquellas negociaciones. Entonces, la Administración Obama lideró un amplio paquete de sanciones internacionales respaldado no solo por Estados Unidos y la Unión Europea, sino también por China y Rusia. Eso hizo que Irán sintiera realmente la presión económica mientras negociaba el JCPOA. Trump y su equipo, por el contrario, se han complicado la tarea si realmente aspiran a negociar un acuerdo mejor que el de 2015, ya que están aflojando la presión económica antes de tiempo.

El levantamiento del bloqueo naval sobre Irán iba a producirse tarde o temprano, por lo que no supone una sorpresa. Sin embargo, permitirá al régimen iraní recibir los recursos económicos que tanto necesita para mantenerse a flote. Del mismo modo, la liberación de activos congelados y, posiblemente, ciertas flexibilizaciones de las sanciones, darán un importante respiro a las autoridades iraníes. Todo ello reducirá la presión sobre los dirigentes de Teherán. A partir de ahora, la República Islámica podrá negociar sobre su programa nuclear sin preocuparse por un posible colapso económico mientras continúa reprimiendo a manifestantes y disidentes.

Por eso, aunque Israel pueda sentirse decepcionado por este acuerdo, quienes tienen verdaderos motivos para sentirse traicionados y devastados son los ciudadanos iraníes.

La República Islámica no ganó la guerra

La República Islámica logró sobrevivir al conflicto y mantener su posición como una de las principales amenazas regionales, al tiempo que conservó su influencia sobre Hezbolá en el Líbano. También consiguió hacer sentir su capacidad de ataque tanto en Israel como en los Estados del Golfo mediante el lanzamiento de drones y misiles, además de aprovechar el incomprensible fracaso de Estados Unidos al no centrar desde el primer momento su estrategia en el estrecho de Ormuz. A la vista del memorando firmado, podría sostenerse que la República Islámica ha logrado salir fortalecida.

Sin embargo, conviene recordar que Irán ha quedado considerablemente debilitado desde el punto de vista militar. Muchos de sus dirigentes fueron eliminados, gran parte de su arsenal quedó agotado y buena parte de su infraestructura militar fue destruida. En consecuencia, quienes sostienen que Irán puede proclamarse vencedor se equivocan. Más aún si se tiene en cuenta que Israel fue capaz de atacar objetivos iraníes con total libertad, controlar el espacio aéreo y demostrar una clara superioridad en los ámbitos cibernético, de inteligencia y tecnológico. Precisamente ese es uno de los problemas de este acuerdo: transmite la impresión de que Estados Unidos e Irán negocian en condiciones de igualdad, cuando en realidad la República Islámica fue la parte claramente derrotada.

En el plano interno, la legitimidad del régimen está completamente erosionada y parece solo cuestión de tiempo que estalle una nueva revuelta popular. Esa es otra razón por la que este acuerdo marco resulta tan reprobable. Ofrece a la República Islámica un salvavidas, una vía para recuperarse bajo el control del propio régimen y los recursos financieros necesarios para aplastar un nuevo levantamiento. Como ya he señalado, el acuerdo es malo para Israel, pero aún peor para el pueblo iraní.

Degradar al régimen, no cambiar el régimen

Siempre he sostenido que, desde la perspectiva de Washington y del presidente Trump, tanto esta guerra como la llamada Guerra de los Doce Días del año pasado nunca tuvieron como objetivo provocar un cambio de régimen en Irán. Sin duda, la caída de la República Islámica habría sido un resultado bienvenido, pero nunca constituyó el propósito principal, más allá de la eliminación de determinados dirigentes.

A comienzos de este año, Trump intentó aprovechar las protestas y la inestabilidad interna en Irán como herramienta de presión para obtener un acuerdo nuclear. Cuando comenzó la guerra, a finales de febrero, los principales objetivos de los ataques estadounidenses fueron el programa de misiles balísticos iraní y su infraestructura militar. Así pues, aunque el reciente acuerdo establece que ninguna de las partes interferirá en los asuntos internos de la otra, esa concesión resultó muy sencilla para Trump: sacrificar las aspiraciones del pueblo iraní a cambio de limitar el programa nuclear.

Todavía está por verse hasta qué punto el proyecto nuclear iraní será realmente restringido. Sin embargo, la cuestión nuclear ha sido una constante en el discurso del presidente Trump. Mi impresión es que, de ahora en adelante, dará prioridad a dos aspectos: el material nuclear y el programa de misiles balísticos iraní —aunque resulta preocupante que ya haya aceptado que Irán conserve parte de esa capacidad—. En ese sentido, un futuro acuerdo probablemente será más estricto que el JCPOA. Pero Trump dejará abandonados tanto al pueblo iraní como al libanés, porque parece importarle poco el destino del dinero iraní, incluso si se utiliza para financiar a grupos aliados como Hezbolá, que mantiene sometida a buena parte de la población del Líbano.

El dilema estratégico de Israel

Israel ha demostrado ser una fuerza militar extraordinariamente eficaz, capaz de atacar objetivos situados en lo más profundo del territorio iraní. Sin embargo, sus preocupaciones estratégicas siguen siendo las mismas: el programa nuclear iraní y el apoyo de Teherán a grupos aliados que alimentan la inestabilidad regional. Para reducir esas amenazas, Jerusalén deberá actuar con cautela. No puede permitirse enemistarse con el presidente Trump ni con la opinión pública estadounidense. Israel debe recordar quién es la superpotencia, pero al mismo tiempo seguir actuando para impedir que las amenazas resurjan y garantizar que Hezbolá continúe debilitado.

Cabe destacar que el acuerdo entre Estados Unidos e Irán incluye expresamente al Líbano, lo que supone, de facto, aceptar que Teherán habla en nombre de Hezbolá. Israel considera esta situación absolutamente inaceptable. ¿Cómo puede Irán atribuirse la representación de un Estado soberano e independiente cuya estabilidad y soberanía ha socavado precisamente a través de Hezbolá? Jerusalén también teme que este acuerdo obligue a Trump a impedir que Israel responda a futuras agresiones o provocaciones de Hezbolá. Además, el primer ministro Biniamín Netanyahu ni siquiera fue consultado durante la negociación del memorando, pese a que contiene disposiciones que afectan directamente a las acciones israelíes y pasa por alto que Irán ha liderado una guerra multifrontal contra Israel.

Sin embargo, al incluir al Líbano en el acuerdo, desaparece cualquier pretensión de que Hezbolá actúe como un actor independiente, algo que, en realidad, ya era evidente desde hace tiempo. Si Hezbolá vuelve a atacar, Israel podrá —y deberá— considerarlo una provocación iraní. Además, aunque el Líbano figure en el memorando, Israel mantiene por ahora su presencia militar en territorio libanés y Estados Unidos no le ha presionado para retirarse. En otras palabras, lo máximo que Irán consiguió fue un alto el fuego, pero no expulsar a Israel del territorio libanés.

Las autoridades libanesas parecen dispuestas a actuar contra Hezbolá mediante planes para desarmar a la organización, al tiempo que mantienen conversaciones con Israel bajo mediación estadounidense. Jerusalén debería aprovechar esa circunstancia, ya que el memorando no menciona específicamente a Hezbolá, lo que deja al Estado libanés libertad para actuar contra el grupo con el respaldo de Estados Unidos, Israel, Europa y los países vecinos.

Israel no puede permanecer en guerra indefinidamente. Aunque los términos de este memorando y el reciente discurso del presidente Trump resulten preocupantes, Jerusalén debería aprovechar este momento como el comienzo del final del ciclo de guerras iniciado tras el 7 de octubre. Es una oportunidad para reforzar su posición internacional y regional mediante la diplomacia, mientras prepara sus fuerzas armadas ante la posibilidad, nada descartable, de un nuevo conflicto.

Israel afronta desafíos muy complejos, pero al menos conserva capacidad de decisión. El pueblo iraní, en cambio, ha sido abandonado por este acuerdo y deberá enfrentarse solo a uno de los regímenes más represivos que ha conocido el mundo ▪

Simon Waldman es profesor del Departamento de Estudios de Defensa en el King’s College de Londres. Obtuvo su doctorado en Estudios de Oriente Medio en el King’s College tras formarse en Política y Sociología en Brunel University. Su campo de investigación se centra en la diplomacia internacional en Oriente Medio, la construcción del Estado y el liderazgo en la región, así como en la historia y política de Turquía y el conflicto árabe-israelí desde una perspectiva histórica. Es autor de Anglo–American Diplomacy and the Palestinian Refugee Problem y coautor de The New Turkey and its Discontents (2017).

X – @simonwaldman1 Instagram: simon_waldman Substack: simonwaldman.substack.com

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
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