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Cuando la ideología pretende sustituir la realidad/identidad

Al antisemita no le importa si rezas en una sinagoga o no, si apoyas a Netanyahu o a Gantz, si eres comunista o anarquista. Le importas tú, con tu sangre, con tu historia. Y esa lección, los judíos la hemos aprendido a base de cadáveres. Sería un bonito gesto que el resto del mundo también la aprendiera. Antes de que sea demasiado tarde.

Recuerdo una conversación con un amigo hace unos años, en una cena. Él es de esos que se definen ante todo por sus ideas: Progresista, antisionista convencido, con un discurso impecable sobre la opresión de los pueblos.

En cierto momento, me soltó:

"No entiendo por qué los judíos se aferran tanto al nacionalismo. Para mí, lo importante es la lucha de clases, la justicia global… Eso está por encima de cualquier identidad particular".

Le respondí con algo que llevaba tiempo dándole vueltas:

"¿Y tú crees que al antisemita le importa si un judío es de izquierdas o de derechas?".

Se quedó callado. No supo qué decir.

Esa pequeña escena resume, creo yo, una de las mayores ilusiones políticas de los tiempos modernos. Creer que la ideología puede estar por encima de la identidad. Que si uno milita en la causa correcta, si condena a Israel, si se suma a las marchas contra el "apartheid", entonces estará a salvo. O peor aún, que la pertenencia al pueblo judío es algo secundario, casi una anécdota frente a la gran narrativa de la revolución o el progresismo. Pero la historia, tozuda como ella sola, nos ha enseñado una lección muy diferente.

Vayamos por partes. Hablemos claro.

El antisemitismo nunca ha sido quisquilloso. No le ha importado si un judío era religioso o secular, conservador o progresista, rico o pobre, sionista o antisionista. ¿De verdad alguien cree que los pogromos en la Rusia zarista preguntaban el carné del partido antes de destrozar una casa? ¿O que los nazis se detuvieron a mirar si la víctima había votado al centro o a la socialdemocracia? Por supuesto que no.

Cuando los judíos han sido perseguidos -y esto duele decirlo, pero hay que repetirlo- lo han sido por el simple hecho de ser judíos. Ni más ni menos. Por llevar esa marca invisible que algunos, en cada generación, deciden convertir en diana.

¿Y qué pasa cuando esa verdad incómoda choca con la izquierda, esa izquierda rancia que se autoproclama "defensora de los derechos humanos"? Pues que se produce un cortocircuito. Porque resulta que el comunismo, el socialismo de cierta tradición y sus aliados "progresistas" tienen una larguísima historia de persecución, estigmatización y violación sistemática de los derechos del pueblo judío. No es una anécdota. Es un patrón.

Pongamos algunos ejemplos, sin perder el hilo.

En la Unión Soviética, el régimen comunista "abolió" oficialmente el antisemitismo… sobre el papel. Pero en la práctica, desmanteló toda cultura judía, prohibió el hebreo, cerró sinagogas y acusó a los judíos de "cosmopolitas sin raíces" -un eufemismo tan burdo como venenoso-. El mismísimo Stalin, ya en sus últimos años, fraguó el complot de los médicos. Un supuesto plan de doctores judíos para asesinar a la cúpula soviética. ¿El resultado? Una ola de arrestos, ejecuciones sumarias y un terror que olía a viejo antisemitismo ruso, pero con jerga revolucionaria. ¿De qué izquierda hablamos cuando esa izquierda te fusila por ser judío, aunque hayas luchado junto a ella?

Luego está el caso del "socialismo progresista" en Europa del Este. Países como Polonia, después de la Segunda Guerra Mundial, sufrieron purgas antisemitas orquestadas por el Partido Obrero Unificado Polaco. En 1968, el gobierno comunista lanzó una campaña oficial contra los "sionistas" -que en la práctica significaba contra cualquier judío que quedara-, forzándolos a abandonar el país, perder sus empleos, sus casas. Y ojo, muchos de esos judíos eran militantes comunistas de toda la vida. Habían creído en el sueño. Pero el sueño, como tantas veces, se convirtió en pesadilla para ellos.

¿Y qué decir del antisionismo "progresista" actual? Aquí me pongo nervioso, lo admito.

Porque en muchas universidades, en muchos movimientos sociales, se ha instalado una idea perversa. Que criticar a Israel es legítimo -y lo es, como a cualquier país-, pero que negar el derecho a la existencia de un Estado judío es simplemente "anticolonial". Y de ahí a justificar el terrorismo contra civiles israelíes, a llamar "resistencia" a la masacre de judíos, hay un paso que cada vez se cruza con más ligereza.

Me pregunto: ¿Cuándo fue la última vez que esos mismos progresistas exigieron la disolución de cualquier otro Estado del mundo? ¿Por qué solo el judío no tiene derecho a la autodeterminación? Esa pregunta, lo siento, apesta a doble rasero. Y el doble rasero, como bien saben los judíos desde hace siglos, es el pasaporte del antisemita.

No nos engañemos. La izquierda tradicional tiene un problema muy gordo con el pueblo judío. No es que lo ignore, es que a menudo lo señala. Lo convierte en chivo expiatorio de sus propias contradicciones. Necesitan un opresor universal, y resulta que ese opresor, en su relato, lleva apellido judío. Ya sea el banquero Rothschild, ya sea el "lobby sionista", ya sea el soldado que defiende a Israel de los ataques de sus enemigos… la estructura es la mism: Simplificar el mundo en buenos y malos, y colocar siempre al judío en el bando del mal. Eso no es progresismo. Eso es antisemitismo con disfraz de "justicia social".

Y conste que no estoy diciendo que toda crítica a Israel sea antisemita. Faltaría más. He criticado yo mismo ciertas políticas de sus gobiernos. Pero hay una línea clara: Cuando se niega el derecho de los judíos a existir como pueblo con un Estado propio (su tierra ancestral) -igual que tienen los franceses, los italianos o los egipcios-, eso ya no es política. Es racismo. Porque la autodeterminación judía, ese viejo sueño de los sionistas (desde los religiosos a los laicos, desde los socialistas a los liberales), es precisamente la respuesta de más de mil quinientos años de persecuciones. ¿Y quiénes persiguieron? Los pogromos zaristas, los nazis… y también los comunistas que prometían un mundo sin identidades.

Me dirán algunos: "Pero es que el sionismo es colonialismo". Pues mire, esa teoría -tan de moda en ciertas facultades- ignora deliberadamente que los judíos son originarios de esa tierra. Que han vivido allí continuamente durante milenios. Y que la mayoría de los judíos que huyeron a Israel en los años 50 y 60 no eran "colonos europeos", sino refugiados expulsados de países árabes, donde habían vivido durante siglos. Pero claro, eso estropea el relato. Y el relato, a veces, es más importante que los hechos.

Mientras sigamos creyendo que la ideología nos protegerá, mientras pensemos que ser de izquierdas o de derechas nos blinda contra el odio, seguiremos tropezando con la misma piedra. Porque al antisemita no le importa si rezas en una sinagoga o no, si apoyas a Netanyahu o a Gantz, si eres comunista o anarquista. Le importas tú, con tu sangre, con tu historia. Y esa lección, los judíos la hemos aprendido a base de cadáveres. Sería un bonito gesto que el resto del mundo también la aprendiera. Antes de que sea demasiado tarde.

Porque al final, como le dije a mi amigo en aquella cena, cuando los tipos con botas llaman a tu puerta, no te piden el carné de militante. Solo miran tu nombre. Y a veces, con eso les basta ▪

Elías David Cohen Cohen es activista y defensor de Derechos Humanos.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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