Hace unos días que se publicó la noticia de que Pilar Rahola estaba siendo investigada por parte de la Fiscalía de Barcelona por un posible delito de incitación al odio y de complicidad con el delito de genocidio a partir de una denuncia interpuesta por la Organización Juvenil Socialista (OJS). Dicha denuncia se basa en las diferentes manifestaciones públicas que Rahola ha realizado afirmando que en Gaza no se estaba produciendo ningún genocidio, en su apoyo al Estado de Israel y a las comunidades judías y en su lucha constante contra el antisemitismo.
Pero también hay un hecho objetivo que ha provocado la denuncia de la OJS ante Fiscalía. Rahola había denunciado previamente a la OJS por haberle lanzado pintura roja en un acto público celebrado en La Garriga en 2024. Por lo tanto, esta denuncia ante la Fiscalía puede entenderse como una estrategia de defensa perfectamente legítima por parte de la OJS, por aquel dicho popular de que la mejor defensa es un buen ataque.
Al margen de que pueda tratarse de una estrategia jurídica —y que no valoraré porque en caso de serlo debe encuadrarse dentro del legítimo derecho de defensa de la OJS— sí que quiero trasladar algunas reflexiones sobre el ejercicio de la libertad de expresión y de sus límites cuando nos encontramos ante la difusión de un discurso que niega el genocidio en Gaza.
En primer lugar, afirmar o negar que en Gaza se haya producido un genocidio es algo que debe situarse en el ámbito de la libertad de expresión puesto que no existe ninguna resolución judicial que sostenga como verdad jurídica que en Gaza hubo un genocidio. De momento, el Tribunal Internacional de Justicia —la única jurisdicción competente para declarar la existencia de un genocidio según la Convención de 1948— no ha dictado sentencia y solo ha hecho pública una resolución con medidas cautelares privilegiando la protección de los derechos de los palestinos. Pero nada más.
Así que, por ahora, afirmar o negar el genocidio en Gaza es una cuestión de relevancia pública objeto del debate y de la discusión de las ideas. Y opinar en un sentido u otro forma parte del ecosistema de la democracia que toda sociedad debe ser capaz de tolerar.
En segundo lugar, hay que ser un poco mas ecuánime. Los que ya tenemos una edad y hemos estado en muchas "luchas compartidas" de la izquierda, cuando vemos la diferencia de trato que se da entre los hechos ocurridos en Gaza desde octubre de 2023 y los hechos ocurridos en Afganistán después del 11-S, no podemos, sino que sonrojarnos. Porque cuando George W. Bush, presidente de los Estados Unidos, dio la orden de invadir Afganistán a la búsqueda de Bin Laden; cuando declaró que en Afganistán solo había talibanes, los consideró terroristas de Al Qaeda y los mandó ante un pelotón de ejecución o al limbo legal de Guantánamo, la izquierda, esa misma izquierda que ahora se desgarra las vestiduras, nunca afirmó que Estados Unidos estaba cometiendo un genocidio en Afganistán.
A lo mucho que llegó fue a considerar a Bush un criminal de guerra. Pero no puso en el mismo saco a los Estados Unidos ni, por supuesto, a nos estadounidenses. Lo mismo cuando la guerra de Irak. Los carteles, las pancartas, las campañas políticas hablaban del "Trío de las Azores" (Bush, Blair y Aznar) y los llamaba criminales de guerra. Nada contra el pueblo estadounidense, nada contra el pueblo británico, nada contra el pueblo español. Pero claro. Ya sabemos que Israel es distinto y que los israelíes, los judíos y los amigos de los judíos somos un caso aparte que no merecemos ni el beneficio de la igualdad de trato.
Pero en otro orden de cosas, negar el genocidio en Gaza ni te convierte en cómplice de unos hechos que no están acreditados jurídicamente, al menos hasta que el Tribunal Internacional de Justicia no se pronuncie, ni excede de los límites de la libertad de expresión. Se pongan como se pongan los denunciantes, ni incita a la violencia, ni es discriminatorio ni es denigrante.
Denigrante sí fue lanzar pintura roja a Pilar Rahola en un acto público. Estas expresiones simbólicas, como es lanzar pintura sobre una persona, también están sujetas a los mismos límites que las opiniones publicadas. No se puede quebrar la dignidad de una persona mojándola públicamente con pintura roja al grito de genocida. No se puede dañar de una forma tan soez y premeditada la esencia misma de la persona.
Con esta denuncia ante Fiscalía no solo está en juego la libertad de expresión. También lo está la democracia. Si opinar públicamente sobre un tema de relevancia política sin traspasar los límites constitucionales te lleva a un juzgado porque tus ideas no son del agrado de alguien, es que no estamos funcionando realmente como sociedad abierta y plural. Y eso sí que nos lleva al totalitarismo, de derechas y de izquierdas ▪
