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La trampa semántica: redefinir y patologizar el terrorismo

Si permitimos que los judíos vuelvan a caminar con miedo por las calles de Europa, si permitimos que quemen sinagogas sin que caiga todo el peso de la ley, entonces estaremos cavando la tumba de nuestra propia civilización.

Elías Cohen

Hay veces que lees una noticia y sientes cómo la bilis te sube por la garganta, un nudo de rabia e impotencia que te deja sin aire. A mi me pasó al enterarme del último ataque antisemita y terrorista en Londres, el mes pasado. No es la primera vez, y me temo que tampoco será la última si seguimos así. Está ocurriendo en muchas ciudades occidentales.

Pero Londres es un caso muy particular. En el último año, los ataques contra la comunidad judía londinense, especialmente en Golders Green, se han multiplicado. Dos judíos fueron apuñalados en plena calle. En marzo, cuatro ambulancias de una organización benéfica judía ardieron en llamas. Y después, una sinagoga fue pasto de las llamas. ¿Alguien puede llamar a esto "problemas mentales"? Por favor, no me insulten. No es un caso aislado. Es apenas la punta de un iceberg podrido que lleva demasiado tiempo flotando.

El cinismo de llamar "enfermo" al terrorista

Lo más repugnante, con perdón, es ver cómo cada vez que ocurre una atrocidad así, algunos políticos y medios de comunicación sacan el cómodo comodín del "trastorno mental". ¡Qué fácil! Así desvían la atención, desmovilizan nuestra indignación y, de paso, evitan nombrar al monstruo por su nombre. Porque esto no es un problema psiquiátrico. Es terrorismo. Es un crimen de odio. Es antisemitismo puro y duro.

Un tipo que apuñala a un joven porque lleva una kipá, a un anciano indefenso en una parada de buses o que prende fuego a una sinagoga porque sí, no está deprimido ni tiene ansiedad. Odia. Y su odio tiene ideología, tiene cómplices y tiene un objetivo: eliminar, intimidar y expulsar a los judíos de la faz de la tierra. Llamarlo "enfermo mental" es una ofensa a quienes realmente sufren enfermedades mentales y, sobre todo, una excusa cobarde para no combatir el fascismo islámico y la izquierda rancia que lo abraza.

Y la secta islámica, siempre en silencio… ¿Dónde están las condenas del mundo islámico cuando los islamistas radicales atacan a ancianos, mujeres y niños indefensos por el simple hecho de ser judíos? ¿De verdad me van a decir que es sólo un "loco suelto"? Porque lo vemos una y otra vez. Grupos como Harakat Ashab al-Yamin al-Islamiya, supuestamente vinculados a Irán, reivindican los ataques. Y entonces, el silencio de las mezquitas, de las asociaciones islámicas supuestamente "moderadas", se vuelve ensordecedor.

Me da vergüenza ajena esa hipocresía. Porque si alguien se atreve a señalar que el antisemitismo más virulento hoy viene de ciertos sectores islamistas y de la izquierda radical que hace equilibrios para justificar lo injustificable, automáticamente te tachan de "islamófobo" o de "fascista". No, queridos. Señalar a un criminal no es racismo. Es sentido común.

La izquierda putrefacta: cómplice de sangre

Y aquí llego a lo que más duele. Esa izquierda asesina que tanto le gusta posar de humanitaria, la misma que en la Segunda Guerra Mundial fue cómplice del asesinato de más de seis millones de judíos bajo el estalinismo y otros totalitarismos rojos, ahora se cuelga la bandera de los derechos humanos para proteger a los que apuñalan judíos. ¿Cómo se llama eso? Cinismo, vileza, y complicidad sistemática con graves violaciones de derechos humanos.

Porque no lo olvidemos. Cuando un político y un activista de izquierda comienza un discurso con "entiendo la furia de los que atacan a sionistas por la situación en Gaza", ya está sembrando la coartada perfecta para el siguiente apuñalamiento. Justificar la agresión contra una persona por el hecho de ser judía o sionista es tan grave como asesinarla. La palabra precede al machete. Y ellos lo saben.

El deber de los Estados y el silencio cómplice

Los Estados tienen la obligación ineludible de condenar sin ambages el antisemitismo, venga de donde venga. Pero no basta con un comunicado tibio. Hace falta acción. Detener a los terroristas, desarticular las redes que los financian desde Irán y otras teocracias, y perseguir el discurso de odio en las calles de Londres, París, Berlín, Sídney y Montreal. Porque ya no estamos ante incidentes aislados. Estamos ante una campaña organizada.

Y el silencio, amigos, también es violencia. Cuando un periodista omite que el agresor es un islamista radical, cuando un partido político mira para otro lado para no perder votos, cuando las ONG internacionales condenan todo menos el antisemitismo, se están mojando las manos con la sangre de los judíos atacados.

¡Basta de excusas! ¡Basta de odio!

Condeno categóricamente estos atentados. Condeno a sus autores materiales e intelectuales. Y condeno a sus cómplices útiles: los que guardan silencio, los que lo justifican, los que llaman "enfermos" a los asesinos para no llamarlos islamistas, fascistas y terroristas.

No me resigno. Y espero que usted, lector, tampoco. Porque si permitimos que los judíos vuelvan a caminar con miedo por las calles de Europa, si permitimos que quemen sinagogas sin que caiga todo el peso de la ley, entonces estaremos cavando la tumba de nuestra propia civilización. ¡Basta ya!

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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