La Torá no oculta la transgresión: la expone para enseñar que incluso en la caída hay conciencia posible. Ninguna oscuridad es definitiva si el alma sigue dentro de la historia.
Barcelona
Rabi David Libersohn
"No es después de la caída, sino dentro de ella misma, donde el hombre puede comenzar su retorno."
-Rabi Mendel de Kotzk-
En la Torá encontramos el episodio del hijo de la mujer israelita, cuyo padre es un Egipcio que blasfema el Nombre de Hashem (Levítico 24).
No es un relato cómodo. Es una escena dura, incómoda, donde aparece el mal en su forma más extrema, expresado con palabras humanas.
Y, sin embargo, la Torá no lo oculta. Lo pone delante de nosotros.
Los jasidim enseñan que cuando la Torá muestra una realidad así, no lo hace sólo para hablar del pecado, sino para enseñarnos algo más profundo: incluso dentro de lo más roto hay un lugar donde el alma humana sigue existiendo.
A veces la vida nos obliga a ver cosas difíciles. Momentos de confusión, de dolor, de decisiones que no entendemos. Y uno podría pensar que lo correcto es negar todo eso, expulsarlo, como si no debiera existir.
Pero la mirada de la Torá es distinta.
No se trata de aceptar el mal como bueno, sino de reconocer que incluso lo que cae dentro de la tragedia forma parte de la historia de una persona. En español, podríamos decirlo así: una aceptación de la desgracia y de la tragedia como parte de nuestra historia humana, no como resignación, sino como conciencia de que la vida también atraviesa zonas oscuras.
El hombre recto no se acostumbra al mal. Al contrario, lo rechaza. Pero al mismo tiempo no vive negando la realidad cuando esta se presenta. Sabe que incluso lo difícil forma parte del camino en el que el alma se construye.
Y aquí aparece una enseñanza delicada: el bien se vuelve más profundo precisamente porque existe el contraste. Como un péndulo que se mueve entre lo luminoso y lo oscuro, la vida humana no es estática. En ese movimiento, el bien no pierde fuerza, sino que adquiere otra dimensión.
El episodio del hijo de la mujer israelita nos confronta con esa tensión: el ser humano puede caer, puede romper, puede incluso oscurecer su propio lenguaje espiritual. Y aun así, la Torá lo incluye en su relato, no para justificarlo, sino para recordarnos que nada humano queda fuera del trabajo de la conciencia y del juicio divino.
En el fondo, el mensaje es sencillo y profundo a la vez: ninguna oscuridad es definitiva si el alma todavía está dentro de la historia.