La humorista sudafricana de origen israelí Gilli Apter vuelve esta semana a Madrid con dos actuaciones (en inglés) que dialogan, inevitablemente, con el clima cultural posterior al 7 de octubre y con una pregunta incómoda para muchos artistas judíos: cómo hacer humor sin convertir la identidad en un campo de batalla político.
Entre un espectáculo abierto al público general y una gala benéfica para la Universidad de Bar Ilán, la comediante reflexiona para Enfoque Judío sobre el humor, la autocensura, el antisemitismo cultural y esa extraña capacidad judía de convertir la incomodidad en ironía.
"Después de cada show vienen judíos a decirme: ‘gracias por decir lo que dijiste’. Y yo no había dicho nada político; solo que soy judía y que soy israelí", explica Apter. "Pero la gente proyecta cosas sobre esa identidad", añade, al describir una experiencia que, según asegura, se ha vuelto cada vez más frecuente desde el 7 de octubre.
Nacida en Johannesburgo (Sudáfrica) en 1982, de padres israelíes —madre yemenita y padre ashkenazí de origen rumano—, Apter pertenece a una generación de cómicos anglosajones que mezclan observación cotidiana, vulnerabilidad emocional y comentario social sin convertir el escenario en una tribuna política explícita. Lleva años instalada entre los circuitos de stand-up de Londres y Europa continental, actuando en inglés para públicos internacionales y construyendo un estilo basado en la ironía autobiográfica, el diálogo constante con el público y las contradicciones culturales de la vida contemporánea.
Un monólogo marcado por la generalidad
En sus monólogos aparecen relaciones sentimentales, ansiedad, envejecimiento, maternidad, inteligencia artificial o redes sociales, siempre desde un tono confesional que recuerda por momentos a algunas de las grandes figuras del stand-up estadounidense contemporáneo. Ella misma menciona entre sus referentes a Ali Wong, Iliza Shlesinger, Sarah Silverman, Chris Rock, Bill Burr o Jerry Seinfeld, aunque admite que sus influencias cambian con el tiempo.
"Cuando empiezas, buscas inspiración en gente que hace algo parecido a ti. Pero después descubres que cada comediante te ofrece algo distinto", matiza.
Madrid forma parte habitual de su recorrido europeo. Actúa varias veces al año en la capital española y asegura haber encontrado aquí un público particularmente receptivo.
— ¿Qué tiene el público español que no encuentre en otros países?
— "En España la gente sabe pasarlo bien. Cuando salgo al escenario siento que no tengo tanta presión por ser la mejor comediante del mundo, porque incluso si el show fuera malo, los españoles igualmente se divertirían entre ellos. En lugares como Suiza o Noruega, en cambio, necesitan que yo les haga pasar un buen rato".

La visita de esta semana tendrá además una dimensión comunitaria. El domingo participará en un espectáculo benéfico destinado a recaudar fondos para la Universidad de Bar Ilán, cerca de Tel Aviv. La iniciativa surgió después de que Nuria Stisin, representante de la universidad en España, acudiera a uno de sus shows en Madrid y descubriera casualmente que Apter tenía vínculos familiares con su universidad.
La humorista aceptó inmediatamente. No solo por afinidad con la propuesta, sino también por una conexión personal inesperada: una de sus tías trabajó durante gran parte de su vida en Bar Ilán y ella misma visitó el campus numerosas veces durante su infancia.
Del humor identitario a la experiencia universal
Aunque una parte del público la asocia automáticamente al llamado "humor judío", Apter insiste en que la mayor parte de su material gira alrededor de experiencias universales: relaciones sentimentales, ansiedad, envejecimiento, hijos, inteligencia artificial o las contradicciones de la vida moderna.
"Son las cosas que funcionan igual en Johannesburgo, Madrid o Zúrich. Son las experiencias que todos compartimos", explica. "Hablo mucho sobre estar en los cuarenta, sobre relaciones, matrimonios, esas cosas con las que mucha gente puede identificarse".
La comediante reconoce, no obstante, que sus primeros años sobre los escenarios estuvieron mucho más marcados por la cuestión identitaria. En Sudáfrica, cuenta, comenzó hablando precisamente de cómo era percibida como judía e israelí. Era una forma de presentarse ante el público.
"Muchos comediantes cuando empiezan hablan de su identidad porque es lo primero que la gente ve cuando subes al escenario", señala. Sin embargo, con el tiempo se cansó de convertir ese aspecto en el centro de sus actuaciones. "Me aburrí de hablar de quién era: sudafricana, judía, israelí… Dejé de interesarme por explorar eso".
Ese alejamiento cambió radicalmente después del 7 de octubre. La guerra y el clima político posterior hicieron que su identidad regresara al centro de sus espectáculos, aunque de una forma muy distinta a la esperada.
— ¿Se volvió más complicado hacer comedia siendo judía?
— "Más complicado y más necesario al mismo tiempo".
Pero insiste en una idea: ella no hace monólogos políticos sobre Oriente Medio. De hecho, evita deliberadamente convertir sus espectáculos en debates ideológicos. Lo que sí hace es hablar de la experiencia subjetiva de ser judía o israelí en determinados espacios culturales contemporáneos.
"Hablo de los mensajes que recibo en internet, de gente llamándome asesina simplemente por ser israelí, de cómo reaccionan las personas cuando descubren mi identidad", explica. "Pero no hablo del conflicto ni de la guerra. Y aun así, después del show hay gente que me escribe diciendo que hice propaganda política".
La nueva sensibilidad en los escenarios europeos
Uno de los aspectos que más sorprenden a la humorista es la manera en que algunos espectadores parecen completar mentalmente discursos que nunca fueron pronunciados. Recuerda especialmente el caso de una mujer australiana que abandonó una actuación y posteriormente comenzó a contactar con distintas salas acusándola de realizar propaganda proisraelí.
"Tengo la grabación completa del espectáculo y nada de eso ocurrió", asegura. "Pero las personas escuchan lo que creen haber escuchado".

La situación, según describe, ha generado una nueva forma de autocensura preventiva dentro de ciertos circuitos culturales europeos. No tanto porque existan prohibiciones explícitas, sino porque determinadas identidades parecen llegar al escenario rodeadas ya de sospecha política.
— ¿Siente presión para autocensurarse?
— "Absolutamente. Como judía y especialmente como israelí, siento en estos momentos que la única manera aceptable de expresar tu identidad en ciertos espacios artísticos es si estás en contra de Israel. Cualquier otra cosa genera rechazo".
— ¿Hasta qué punto condiciona eso lo que puede decir sobre un escenario?
— "A veces ni siquiera hace falta que diga nada político. El simple hecho de sentir que tengo que tener cuidado con mi identidad ya es una forma de censura".
Esa tensión se manifiesta de forma distinta según el tipo de público. En clubes de comedia abiertos, explica, muchas veces evita completamente hablar del tema. En cambio, cuando actúa en espacios donde el público ya conoce de antemano su identidad —como ocurrió recientemente al abrir un espectáculo del humorista germano-israelí Shahak Shapira— siente una libertad diferente.
"Allí sabía que el público entendía quién era yo antes de entrar. Eso cambia completamente la atmósfera", comenta.
Preguntada por el modo en que algunos artistas judíos europeos perciben el clima cultural posterior al 7 de octubre, Apter cuenta que forma parte de un grupo informal de humoristas judíos británicos que comparten experiencias y preocupaciones en un chat de WhatsApp. Allí se comentaron, por ejemplo, varios incidentes recientes ocurridos en el Festival Fringe de Edimburgo, donde espectáculos de comediantes judíos fueron cancelados por supuestas "razones de seguridad".
Uno de ellos fue acusado de "propaganda sionista"; otra era una humorista judía religiosa cuyo show también terminó suspendido. "El argumento era que el personal no se sentía seguro", relata con visible incredulidad.
Más allá de la polémica política, Apter observa un fenómeno emocional más profundo: el hecho de que simplemente decir "soy judía" parezca haber adquirido una carga nueva en determinados ambientes culturales.
El humor como catarsis colectiva
Pese a todo ese contexto, la humorista sudafricana no parece dispuesta a abandonar el escenario como espacio de encuentro. Al contrario: considera que precisamente en momentos de tensión el humor adquiere una función casi terapéutica dentro de las comunidades.
— ¿Puede la comedia convertirse en una forma de sanación colectiva, de algún tipo de terapia?
— "Definitivamente. He visto el efecto que tiene simplemente ver a judíos riéndose juntos en una habitación".
— ¿Existe algo particularmente judío en esa manera de utilizar el humor para procesar tragedias?
— "Entre judíos puede ser una forma útil de lidiar con las cosas terribles que hemos vivido".
Apter describe esas actuaciones comunitarias como experiencias profundamente catárticas. Después de meses marcados por conferencias, debates, noticias y discusiones sobre antisemitismo o Israel, la posibilidad de compartir un espacio de risa colectiva adquiere otro significado: "La gente necesita estar en comunidad, pero cuando además están riéndose juntos ocurre algo especial. Tiene un efecto liberador".

La relación histórica entre judaísmo y humor aparece varias veces durante la conversación. Apter recuerda, por ejemplo, una visita familiar a Yad Vashem durante su infancia en Israel. Lo que más la impactó no fue únicamente la dureza del museo, sino escuchar después a familiares israelíes haciendo chistes sobre el Holocausto.
"Pensé que si alguien fuera de Israel escuchara esos chistes, se desmayaría", cuenta con cierto absorto. Con los años comprendió que ese tipo de humor negro funciona muchas veces como mecanismo interno de procesamiento emocional.
Y aunque aclara que el humor negro no constituye el centro de su estilo, sí entiende la lógica cultural que lo sostiene. Y quizá ahí aparece una de las claves más interesantes de su propuesta artística: Apter no intenta convertir el escenario en una trinchera ideológica ni tampoco vaciar completamente de identidad su comedia para hacerla universal. Su humor se mueve precisamente en ese terreno intermedio, donde lo personal y lo colectivo conviven sin terminar de separarse.
"La única forma de perder el miedo es empezar a hablar"
Y pese a su amplio repertorio temático, tanto generalista como judío, Apter admite al ser preguntada que hay un tema en particular que elude desde hace años.
— Mencionó ante el Holocausto… ¿Hay algún tema sobre el que, a título personal, le sea imposible hacer humor?
— "El conflicto entre Israel y Palestina es probablemente el tema más difícil del mundo para hacer comedia, especialmente siendo judía o israelí frente a un público no judío".
Reconoce que, durante años, quiso hacer material humorístico sobre esa temática, precisamente porque sentía que su biografía —hija de israelíes criada en la Sudáfrica posterior al Apartheid— le daba una perspectiva singular sobre el tema. Y sin embargo, nunca terminaba de atreverse.
Aprendió así -dice- algo importante sobre el oficio de humorista: el valor necesario para hablar de ciertos temas no aparece mágicamente con el éxito profesional, sino que se construye poco a poco: "No se trata de esperar a ser mejor comediante. Se trata de desarrollar coraje. Y la única forma de hacerlo es empezar lentamente a hablar de aquello que te da miedo".
Mientras tanto, Madrid volverá a recibirla entre dos públicos distintos pero conectados: el del circuito cultural internacional que consume stand-up en inglés y el de una comunidad judía que, en tiempos particularmente sensibles, también busca espacios donde simplemente poder reír ▪
Más información y entradas: nuria.stisin@spainbiu.com / https://luma.com/jzr0ba8y
