Día del Holocausto

Huellas que no se borran: una velada de recuerdo en Valencia que obliga a mirar al frente

"No se trata solo de recordar. Se trata de seguir adelante con la huella bien visible. Cada pequeño gesto cuenta. Una conversación incómoda, una clase bien dada, un “no” dicho en voz alta cuando alguien suelta una barbaridad".
Huellas que no se borran: una velada de recuerdo en Valencia que obliga a mirar al frente
Velada de "Recuerdos en el salón" en Valencia, organizada por la asociación "Hatikva - La Esperanza" (Foto: Cedida organizadores)
Actualizado el 17/4/2026, 19:27 hs.
Elías Cohen

Este pasado lunes, Valencia se convirtió en un pequeño faro en medio de la oscuridad que aún proyecta el Holocausto. No fue un acto solemne y distante, de esos que se celebran por obligación y se olvidan al salir por la puerta. Fue una velada íntima, casi familiar, llamada "Recuerdo en el Salón" (Zikaron Basalón), organizada por la Asociación "La Esperanza" con el respaldo de la Fundación Yael. Y digo íntima porque, aunque había decenas de personas, la sala se sentía pequeña, como si todos estuviéramos sentados alrededor de una misma mesa, compartiendo no solo silencio, sino también preguntas incómodas.

Lo más impactante fue la mezcla imposible de la que formaba parte el público: Israelíes y valencianos de toda la vida, angloparlantes que habían llegado por casualidad, hispanohablantes de varios rincones de España, judíos y no judíos, e incluso miembros de la comunidad iraní que, con valentía, se sentaron a escuchar y a dialogar.

En un mundo donde las trincheras se cavan tan rápido, ver a esa gente compartiendo el mismo espacio, respirando el mismo aire cargado de memoria, fue como un suspiro de alivio. ¿Quién iba a decir que en Valencia, una ciudad de luz mediterránea, se podía tejer un puente tan frágil y tan necesario entre mundos que parecen irreconciliables?

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"Zikaron BaSalón" en Valencia, este pasado lunes (Foto: Cedida organizadores)

Nacida de un masacre

La Asociación "La Esperanza" nació precisamente de la necesidad que dejó el 7 de octubre de 2023. No fue una respuesta política, sino humana. La gente que sintió que hacía falta un espacio donde la identidad y la cultura israelí pudieran respirar en Valencia sin tener que justificarse. Junto a sus socios, crearon algo sencillo pero potente. Un lugar de encuentro, no de confrontación. Y, este lunes 13 de abril, ese lugar se llenó de historias. Tres, en concreto, extraídas de La Tercera Banda Sonora, un poema narrativo que suena a banda sonora de película pero que, en realidad, es puro dolor y pura resistencia.

Fritzi Fritschal, Angel Sanz-Britz y Mordechai Cechnower. Tres nombres que, hasta ayer, para muchos eran solo letras en un libro. Sus vidas, contadas con voz pausada y a veces rota, nos recordaron que el Holocausto no fue un número abstracto de seis millones. Fue gente que tuvo que elegir, en segundos, entre la dignidad y la supervivencia. Uno decidió callar para salvar a otro. Otro eligió hablar aunque le costara la vida. Pequeñas decisiones, como dice el poema, que terminaron dibujando el mapa del horror… y también el mapa de la esperanza. Mientras escuchaba, sentí un nudo en la garganta que no era solo tristeza. Era rabia contenida. Rabia porque seguimos necesitando recordar algo que nunca debería haberse olvidado.

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"Zikaron BaSalón" en Valencia, este pasado lunes (Foto: Cedida organizadores)

Y ahí está el corazón de la cuestión. Recordar no es solo encender una vela y recitar nombres. Es preguntarnos, con honestidad brutal, qué lugar ocupamos cada uno de nosotros en esta cadena. ¿Somos los que miramos para otro lado cuando el odio se disfraza de crítica legítima? ¿O somos los que, con gestos pequeños, decidimos no tolerar ni una sola palabra que deshumanice? Ese lunes 13 de abril, en esa sala, vi a gente llorar y luego sonreír. Porque el recuerdo duele, sí, pero también libera. Nos deja con la sensación de que no estamos condenados a repetir la historia; podemos, al menos, elegir no ser cómplices pasivos.

Responsabilidades concretas

Pero el recuerdo, si se queda solo en emoción, se convierte en un lujo. Y aquí viene la parte que no me permite ser optimista sin más.

Los países que han firmado tratados y acuerdos internacionales en materia de derechos humanos contra el antisemitismo y el Holocausto -desde la Declaración Universal de Derechos Humanos hasta las definiciones adoptadas por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA) y las resoluciones de la ONU- tienen una responsabilidad que no es simbólica, sino concreta.

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"Zikaron BaSalón" en Valencia, este pasado lunes (Foto: Cedida organizadores)

No basta con poner una placa en Auschwitz o con hacer un minuto de silencio cada 27 de enero. Los Estados firmantes se comprometieron a educar, a combatir el antisemitismo en las escuelas, en las redes, en los discursos públicos. Se comprometieron a no dejar que el veneno se cuele otra vez por las grietas de la indiferencia.

Y sin embargo… miren alrededor. El antisemitismo no es un fantasma del pasado. Ha vuelto a pasearse por las calles de Europa con la cara lavada, disfrazado a veces de antisionismo, otras de simple "crítica". Los mismos países que firmaron esos acuerdos miran para otro lado cuando las sinagogas reciben pintadas, cuando los estudiantes judíos temen ir a clase con la kipá, cuando las manifestaciones se convierten en cacerías. ¿Qué sentido tiene firmar un papel si luego no se cumple? La responsabilidad es colectiva, sí, pero también individual. Cada profesor que decide no enseñar el Holocausto por "no ofender", cada político que minimiza el odio para no perder votos, cada ciudadano que comparte un meme sin pensar… todos estamos dejando que la huella se borre.

Por eso defiendo, con terquedad casi infantil, que los derechos humanos son inalienables precisamente porque no distinguen entre "nosotros" y "ellos". El Pueblo Judío forma parte de esa humanidad que se supone protegida. No es un favor que se le hace a una comunidad; es el mínimo ético que nos debemos todos. Cuando se ataca a un judío por ser judío, se está atacando la idea misma de que cada persona tiene derecho a existir sin pedir permiso. Y si permitimos que eso ocurra, mañana será otro grupo, y pasado mañana… hasta que el horror se normalice otra vez.

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"Zikaron BaSalón" en Valencia, este pasado lunes (Foto: Cedida organizadores)

El peso de la memoria

Ese día, al final de la velada, salí del salón con una mezcla extraña de cansancio y esperanza. Cansancio porque el peso de la memoria es real. Esperanza porque vi a gente diversa -iraníes, españoles, israelíes- abrazarse y prometerse que seguirían hablando, que no dejarían que el silencio ganara.

La Asociación "La Esperanza" tiene razón. No se trata solo de recordar. Se trata de seguir adelante con la huella bien visible. Cada pequeño gesto cuenta. Una conversación incómoda, una clase bien dada, un "no" dicho en voz alta cuando alguien suelta una barbaridad.

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"Zikaron BaSalón" en Valencia, este pasado lunes (Foto: Cedida organizadores)

Ojalá que estos días de abril, marcados por el Yom HaShoá, no se queden en un ritual bonito. Ojalá que los países firmantes de esos acuerdos se tomen en serio su palabra y enseñen, de verdad, que el odio no tiene patria ni excusa. Y ojalá que cada uno de nosotros, en nuestro pequeño salón particular -ya sea en Valencia, en Madrid o en cualquier rincón del mundo-, decidamos que nuestra huella sea de luz y no de indiferencia.

Porque el Holocausto nos enseñó que el mal no siempre llega con botas y banderas. A veces llega con silencio. Y el silencio, amigos, es la peor banda sonora de todas ▪

Elías David Cohen Cohen, vive en Valencia y es activista y defensor de los Derechos Humanos