Behaalotejá

La palabra que enferma

Behaalotejá nos recuerda que el lenguaje es fuego. Puede iluminar como la Menorá o consumir como el juicio precipitado. Y que en una época de exposición constante, la solución no es callar, porque el silencio permite que la enfermedad se propague.
La palabra que enferma
Actualizado el 8/6/2025, 13:22 hs.

En la parashá Behaalotejá, Miriam y Aarón murmuran sobre Moshé, criticando su elección de pareja. No lo hacen en público, ni con aparente malicia. Pero la Torá detiene el relato: Dios interviene, Miriam es castigada con tzaráat, una afección simbólica que los sabios asocian con el lashón hará, la "palabra mala" o que "daña".

Este episodio conecta con lo que se narra en la parashá anterior, Nasó, donde quien padecía tzaráat debía ser aislado del campamento. Aquel aislamiento no era castigo, sino protección del cuerpo social. El tejido colectivo debía cuidarse del rumor, la sospecha, la corrosión ética que viaja con la palabra imprudente. Como señala el Midrash Sifré (Naso 1), "el daño del hablador no se mide en su intención, sino en el efecto que produce".

Maimónides, en Hiljot Deot 7:5, advierte: "Aquel que murmura sobre otro, incluso si dice la verdad, destruye el mundo". Y Rav Jonathan Sacks z"l decía: "La reputación es una forma de capital moral. Cuando se destruye sin justicia, lo que se pierde no se puede recuperar fácilmente".

Hoy la crítica sin contexto no se hace entre bambalinas. Se difunde desde el poder político, por medios de comunicación, y redes sociales. Lo que antes era susurro, ahora es trending topic. Lo que era un acto íntimo, hoy es espectáculo de cancelación.

Y esta cultura de la cancelación pervierte el principio del aislamiento protector. Ya no se aísla a alguien por un mal ético real y comprobado, sino por desviarse del pensamiento dominante. No hay contexto ni proceso: solo juicio, exposición y exilio digital, mediático, político o simbólico. Este último, una nueva forma de bullying social encubierto de virtud.

Lo más preocupante es que la sociedad ya no se protege del mal que la corroe, sino que se infecta colectivamente. Todos opinan, todos replican, todos condenan. Hoy, todos estamos dentro del campamento… y todos marcados por tzaráat. Sin aislamiento reparador, no hay cura.

La Torá no propone silencio cómplice. Pero exige que el habla sirva a la construcción, no a la destrucción. Como enseña el Jafetz Jaim (Rabí Israel Meir HaCohen, destacado sabio del siglo XIX y autor del libro homónimo sobre las leyes del habla): "Una palabra puede levantar a una persona, o empujarla a la ruina".

Behaalotejá nos recuerda que el lenguaje es fuego. Puede iluminar como la Menorá o consumir como el juicio precipitado. Y que en una época de exposición constante, la solución no es callar, porque el silencio permite que la enfermedad se propague.

Conviene adoptar una forma ética de hablar y actuar: identificar públicamente las estrategias de difamación y cancelación que manipulan emociones y sesgos colectivos, exponer sus mecanismos sin repetirlos ni amplificarlos, y promover un lenguaje que recupere la dignidad del desacuerdo. Para sanar el espacio público y privado, es necesario cultivar conversaciones que combinen claridad moral con humildad intelectual, valentía con respeto, y que apelen a la conciencia más que a la indignación programada ▪