16 enero 2026
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Editoriales

Albares no pasa el "fact checking"

La queja del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, sobre las supuestas "mentiras" de la Embajada de Israel, no supera la herramienta más básica de "fact checking" (verificación de información).
Además, los hechos en el terreno demuestran un acoso político, judicial y diplomático a Israel sin precedentes. España no puede hacerse la víctima y esperar que este país permanezca en silencio.

La hostilidad del Gobierno de Sánchez hacia Israel para satisfacer necesidades políticas internas no parece tener límites. Este lunes, en un nuevo socavón, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, acusó a la Embajada de Israel en Madrid de difundir falsedades sobre el Gobierno. Lo hizo en una cómoda entrevista con RNE, en la que el jefe de la diplomacia aseguró que "estamos hartos, hartos, de que en sus comunicados haya mentiras hacia el Gobierno de España". Pero si de hartazgos se trata, cabe preguntarse: ¿Quién debería estar más harto? ¿Y quién está verdaderamente mintiendo?

La reacción española de convocar nuevamente al Ministerio -por enésima vez, más una-  al encargado de Negocios israelí, Dan Poraz, fue desencadenada por un comunicado israelí el jueves 26 en el que se acusaba a España de situarse "en el lado equivocado de la historia" y de lanzar "una cruzada antisiraelí", tras la insistente petición del Gobierno, tanto por Albares como por Sánchez, de suspender el Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea e Israel. Un paso diplomático de enorme gravedad, sin precedentes en Europa, que no parece haber sido sopesado con la debida cautela, a juzgar por el rechazo que encontró España de varios países –entre ellos Alemania e Italia- a entrar en ese proceso.

Y en estos tiempos de verificación de mensajes políticos, información y propaganda, si de mentiras se trata, vale la pena recordar que los hechos muestran una realidad diferente a la que planteó Albares en su entrevista. Recordemos por ejemplo que el presidente del Gobierno llegó a declarar hace unos dos meses, en sede parlamentaria, que "Israel invadió Gaza el 7 de octubre", una afirmación objetivamente falsa: ese día, quien invadió Israel y cometió una masacre fue Hamás. La incursión terrestre israelí en Gaza no se produjo hasta unas tres semanas después.

Es más, el propio Albares, durante la cacareada "Conferencia de los Dos Estados" en Madrid a finales de mayo, afirmó que: "Israel ha lanzado esta guerra e Israel debe detenerla".

El propio Sánchez añadió otra capa de confusión el pasado 26 de junio, desde Bruselas, al declarar que el Gobierno israelí lo acusaba de no haber condenado nunca los atentados de Hamás ni de pedir la liberación de los rehenes. Un argumento que Albares reiteró el lunes tratando de sustentar su tesis de la "mentira" contra la Embajada israelí. Pero esa afirmación no aparecía siquiera en el comunicado de la Embajada de Israel que supuestamente había motivado la nueva protesta diplomática un día después.

Una rápida revisión del  comunicado israelí demuestra que la Embajada nunca acusó a España de eso, sino de no haber condenado los ataques iraníes contra civiles israelíes durante la "Guerra de los 12 días": "En medio de esta agresión (el párrafo anterior habla de los duros bombardeos iraníes sobre Israel), el Gobierno de España eligió no condenar —ni una sola vez— los ataques deliberados y continuos contra civiles israelíes, iniciando una cruzada antisraelí", dice literalmente el comunicado.

Y más sorprendente aún fue que Albares rechazara el lunes "con rotundidad cualquier acusación de antisemitismo hacia el Ejecutivo", pese a que dicha acusación tampoco figuraba en el comunicado israelí. En la oportunidad insistió en que "por supuesto que no somos antisemitas", recordando que el Gobierno había lanzado el primer plan nacional contra el antisemitismo.

Y es cierto: ese plan existe. Pero también lo es que ha sido duramente criticado por su escaso alcance y presupuesto insuficiente. Porque más allá de los papeles, distintos referentes dentro y fuera de la comunidad judía han señalado que el antisemitismo en España no solo no ha disminuido, sino que se ve impulsado desde formaciones que apoyan o forman parte del propio Ejecutivo, como Podemos o Sumar, con lemas como "Del río al mar", que abogan abiertamente por la desaparición de Israel. Un antisemitismo que, disfrazado de antisionismo, corretea por colegios, institutos, universidades y todo tipo de instituciones públicas sin el más mínimo esfuerzo del Gobierno por controlarlo.

También negó en su día el Gobierno que Israel le hubiera advertido de una concentración internacional del grupo Samidún (declarado terrorista en varios países) para festejar el primer aniversario de la masacre del 7 de octubre en Madrid, cuando la advertencia estaba ahí desde hacía tiempo y desde varias direcciones: públicas y privadas, oficiales y no oficiales.

¿Dónde queda, entonces, la mentira…?

El hartazgo de Albares, en realidad, parece pues tener raíces mucho más profundas. Desde hace más de un año, y en particular desde mayo, el Gobierno de Sánchez ha mantenido una política sistemática de hostigamiento hacia Israel: críticas constantes y diarias a través de los medios; descalificaciones injustificadas y no probadas como tipificarlo de "Estado genocida"; presiones diplomáticas en marcos bilaterales y multilaterales; ataques en todo tipo de foros y encuentros; suspensión de contratos ya firmados con empresas israelíes del sector de la defensa; e incluso el impulso de medidas extremas como la solicitud de expulsión de Israel de Eurovisión o el apoyo ante la Corte Penal Internacional por presunto "genocidio" contra Netanyahu y su anterior ministro de Defensa. También está el intento de suspender el acuerdo de asociación con la UE e imponer a Israel un embargo de armas en momentos en que se ve atacado desde siete frentes. Y todo esto mientras tolera que ministros del Gobierno alienten la desaparición del Estado judío en sus redes y discursos con llamamientos como "del río al mar".

¿No merece entonces todo esto un comunicado de crítica por parte de Israel? ¿Qué más tendría que hacer el Gobierno español para que su actitud sea calificada de hostil hacia el que, hasta hace nada, era un país amigo y aliado? Como dice el refrán en hebreo: "En la cabeza del ladrón, arde el sombrero". Algo así como "el que se excusa se acusa".

Y sí, España puede —y debe— tener una política exterior crítica, constructiva, incluso firme. Pero lo que ha hecho este Gobierno es muy distinto: ha alimentado un clima de hostilidad y desinformación disfrazado de defensa de los derechos humanos. Ha mirado para otro lado ante el antisemitismo que emana de sus filas (al menos según la declaración de la IHRA de la que es firmante) y ha perdido toda credibilidad como interlocutor honesto en cualquier futuro desarrollo en Oriente Medio. Acusar a Israel de mentir mientras se falsean hechos históricos comprobables, se invierten los hechos y se tolera el odio desde el propio Consejo de Ministros, es el verdadero insulto a la verdad. Si alguien miente en esta historia, no es Israel ▪

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