Las imágenes del ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, humillando a activistas propalestinos detenidos tras la interceptación de una nueva flotilla hacia Gaza, no sólo recorrieron el mundo: sacudieron algo mucho más profundo. No se trató únicamente de un escándalo diplomático ni de un nuevo episodio de deterioro de la imagen internacional de Israel. Lo ocurrido en el puerto de Ashdod cruzó, nuevamente, una línea mucho más delicada: la de los valores esenciales sobre los que el Estado judío se sostiene.
Porque mantener a detenidos desarmados arrodillados, encorvados y con las manos atadas, mientras se les pasa una bandera israelí por encima, suena el himno nacional y se les grita "Am Israel Jai", no constituye una demostración de fuerza. Constituye otra cosa. Y aunque muchos de esos activistas hayan dedicado años a demonizar a Israel, aunque algunos simpaticen abiertamente con organizaciones extremistas y/o terroristas, aunque la flotilla fuese una provocación política más que una misión humanitaria, nada de eso modifica la cuestión esencial: en una democracia no hay lugar para linchamientos, ni físicos ni mediáticos.
Y mucho menos cuando quien la ejecuta es un ministro del Gobierno israelí.
Es cierto que buena parte de las condenas internacionales llegan desde actores cuya hostilidad hacia Israel es automática y estructural. También es cierto que dirigentes como Pedro Sánchez o José Manuel Albares aprovechan cualquier episodio para alimentar una narrativa unilateral y hostil hacia Israel. Pero precisamente por eso, Israel debería ser el primero en entender que no puede regalar imágenes que contradigan los principios que afirma defender. Porque hay una diferencia inmensa entre combatir a los enemigos del país y perder los valores más fundamentales de tu identidad como pueblo o nación: El quiebre moral.
La reacción dentro de Israel fue inmediata y devastadora. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, escribió públicamente: "Has causado deliberadamente un daño al Estado de Israel con este espectáculo vergonzoso. No, tú no eres el rostro de Israel." Incluso el primer ministro Biniamín Netanyahu, quien incorporó a Ben Gvir a su coalición y le entregó precisamente la cartera más sensible para alguien condenado por la Justicia israelí, se vio obligado a desautorizarlo: "Israel tiene pleno derecho a impedir que flotillas provocadoras de simpatizantes terroristas de Hamás entren en nuestras aguas territoriales y lleguen a Gaza. Sin embargo, la manera en que el ministro Ben Gvir trató a los activistas de la flotilla no está en línea con los valores y las normas de Israel."
Valores y normas. Sí, precisamente eso.
Esos códigos construidos durante siglos que enseñan desde no colarse en una fila hasta algo mucho más complejo y trascendente como no degradar la dignidad humana, incluso cuando quien está enfrente es un enemigo. No se trata sólo de legalidad. Se trata de civilización. De identidad. De aquello que separa a una democracia de una turba.
Y el judaísmo conoce profundamente esa diferencia desde hace tres mil años.
Desde la Torá hasta la literatura rabínica más reciente, el trato hacia el enemigo aparece una y otra vez como un desafío moral central. No porque el enemigo deje de ser enemigo, sino precisamente porque la verdadera prueba ética de un pueblo comienza allí donde termina la simpatía. El rabino Israel Lipschütz (1872-1860) de Danzig escribió en el que fue su testamento moral Tiferet Israel: "Haced el bien incluso al enemigo que os ha perseguido con odio implacable. Si tenéis la oportunidad de vengaros, no la aprovechéis". Las referencias a este respecto son inacabables.
Ese es el punto.
La fotografía de un soldado israelí entregando un sándwich a Greta Thunberg durante una flotilla anterior probablemente produjo menos satisfacción visceral en ciertos sectores. Pero representaba infinitamente mejor aquello que Israel aspira a ser. Y también era mucho más inteligente políticamente. Porque la fuerza moral de Israel nunca residió únicamente en su poder militar, sino en su capacidad de sostener valores democráticos incluso bajo circunstancias extremas.
Por eso la indignación en Israel fue transversal. Zvika Klein, editor jefe del Jerusalem Post, un medio de centro-derecha, escribió: "La manera humillante en que Ben Gvir filmó y se burló de los detenidos es una vergüenza nacional. Esto no es Israel. Está dañando a nuestros soldados y a nuestro país. No en nuestro nombre". Por su parte, el embajador israelí en Washington, Yechiel Leiter, advirtió que las "payasadas" de Ben Gvir destrozan los esfuerzos diplomáticos israelíes mientras los enemigos del país celebran cada error.
Pero quizá lo más preocupante no fueron siquiera las imágenes del ministro. Fue la reacción de parte del público judío, tanto en Israel como en la diáspora. La satisfacción. El aplauso. El espíritu de revancha convertido en espectáculo.
Después de más de dos años y medio de antisemitismo feroz en Occidente, ese fenómeno resulta comprensible desde lo emocional. Muchos judíos viven agotados, humillados, sitiados moralmente. Han visto cómo se normalizaban discursos que justifican el terrorismo, cómo universidades, medios y calles se llenaban de odio antijudío disfrazado de activismo pro-palestino. La rabia acumulada existe. Es real.
Pero precisamente ahí aparece el peligro.
Porque cuando el sufrimiento colectivo comienza a erosionar los límites éticos, cuando la necesidad de revancha sustituye a los principios, el daño deja de ser solamente externo. Se vuelve interno. Civilizatorio.
La discusión sobre si esos activistas "lo merecían" resulta irrelevante. En un Estado democrático no es un ministro quien decide castigos morales ni escenifica humillaciones públicas. Para eso existen tribunales, leyes, procedimientos y límites institucionales. Incluso intereses nacionales. La democracia no consiste únicamente en votar. Consiste en aceptar que el poder tiene fronteras. Y que incluso el enemigo conserva derechos básicos.
Eso forma parte de la identidad nacional israelí tanto como la bandera o el himno.
Porque Israel no nació solamente para garantizar la supervivencia física del pueblo judío. Nació también como proyecto moral y político. Su Declaración de Independencia habla de justicia, igualdad y libertad. La tradición judía habla de dignidad humana. Y la experiencia histórica del pueblo judío debería volver especialmente intolerable cualquier forma de degradación deliberada del otro.
Por eso el problema de Ben Gvir no es "de imagen". Reducirlo a relaciones públicas es minimizarlo. El problema es que representa una corriente política que confunde fuerza con brutalidad, patriotismo con provocación y judaísmo con tribalismo vengativo.
Y eso sí pone en riesgo a Israel.
No porque destruya inmediatamente al Estado, sino porque erosiona lentamente aquello que le da sentido. El día en que el antisemitismo, la guerra o el terrorismo consigan que el pueblo judío renuncie a sus propios principios éticos, ese día la victoria de nuestros enemigos será mucho más profunda que cualquier derrota militar.
No es una cuestión de derecha o izquierda. Tampoco de ingenuidad frente al terrorismo. Israel tiene derecho a defenderse. Tiene derecho a impedir provocaciones. Tiene derecho a combatir a quienes buscan destruirlo.
Pero no tiene derecho a perderse a sí mismo en el proceso. Porque al final, la pregunta no es qué merecen nuestros enemigos. La pregunta es quiénes queremos seguir siendo nosotros ▪