Editoriales

El desafío de Dana Erlich en España

Que Dana Erlich no haya sido acreditada como embajadora confirma que, por un lado, la crisis entre Madrid y Jerusalén está lejos de resolución. Por otro, es también un gesto de responsabilidad y apertura por parte de Israel: envía una diplomática respetada, con rango, para tratar de reconducir unos lazos que pasan por su peor crisis desde el establecimiento de relaciones diplomáticas en 1986.

El nombramiento de Dana Erlich como nueva encargada de negocios de la Embajada de Israel en España es una noticia que no puede leerse en clave exclusivamente diplomática. Su nombramiento —sin el título formal de embajadora, a pesar de que tiene el rango correspondiente en el Ministerio israelí de Exteriores— encierra una doble lectura que revela tanto el estancamiento como la posibilidad de deshielo en una de las relaciones bilaterales más tensas que mantiene Israel en Europa.

Por un lado, que no haya sido acreditada como embajadora ante el Gobierno de España —pese a su hoja de servicios y a que antes había ocupado ese cargo en Irlanda y estaba designada como tal desde diciembre en Eslovaquia— confirma que la crisis entre Madrid y Jerusalén está lejos de resolución. Por otro, que se trate de una diplomática de carrera, con amplia experiencia internacional y el respeto del establishment israelí, es también un gesto de responsabilidad y apertura: se envía una diplomática respetada, con rango, pero sin formalizar plenamente el regreso a la normalidad.

Porque normalidad, lo que se dice normalidad, no hay. En los últimos 19 meses, España ha tomado decisiones profundamente hostiles hacia Israel que han deteriorado la relación bilateral hasta extremos desconocidos en los casi 40 años desde que establecieron relaciones bilaterales. La crítica del gobierno de Sánchez a Israel dejó de ser hace tiempo, mucho tiempo, demasiado, la de un país amigo, para alinearse con posturas que benefician únicamente a enemigos de Israel. No al pueblo palestino, sino a la organización terrorista Hamás. Ni siquiera a los palestinos de Gaza que sufren día a día las consecuencias de esta terrible guerra y el yugo islamista que la inició.

Entre las decisiones del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el reconocimiento unilateral del "Estado palestino" en mayo de 2024 —en paralelo a Irlanda y Noruega— fue probablemente el golpe más simbólicamente agresivo, especialmente tras el ataque del 7 de octubre y en plena guerra con Hamás. Pero no fue el único.

También la adhesión de España a iniciativas jurídicas internacionales contra Israel, incluyendo el respaldo público al proceso abierto ante la Corte Internacional de Justicia por "genocidio" —una acusación profundamente ofensiva y carente de fundamento fáctico—; o su respaldo al proceso contra Netanyahu y Gallant ante el CPI; o la suspensión de acuerdos de cooperación, que afectan directamente al ámbito académico y científico; o las peticiones para expulsar a Israel de Eurovisión y hasta romper el acuerdo de Asociación UE-Israel. A esto se suman las reiteradas declaraciones del propio presidente del Gobierno y del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, en las que han cuestionado no solo la actuación militar israelí –legítimo en sí mismo-, sino incluso el derecho de Israel a defenderse, en términos que ningún país amigo emplearía jamás. Es más, en declaraciones públicas, ambos responsabilizaron a Israel de haber iniciado la guerra.

En este contexto enrarecido, la figura de Dana Erlich encarna una suerte de test de estrés diplomático. Su trayectoria como embajadora en Irlanda —otro de los países más beligerantes contra Israel en Europa— le ha dado una resiliencia singular. Allí, supo resistir presiones y ataques públicos, incluyendo una absurda y desmentida acusación del presidente Michael Higgins, y amenazas personales de grupos propalestinos. Ahora, llega a Madrid con ese mismo temple, y con el desafío adicional de navegar una relación congelada sin las herramientas plenas de una embajada "normalizada".

No es la primera vez que Israel da señales de querer reconducir el vínculo. Ya en noviembre de 2024, con la llegada de Gideon Saar al Ministerio israelí de Exteriores, se produjeron contactos de alto nivel con el Gobierno español, incluyendo una reunión con el propio Albares en la última Conferencia de Seguridad de Múnich. Israel mostró disposición a devolver a su embajador —tras la llamada a consultas de Rodica Radian-Gordon a mediados de 2024—, pero esperaba un gesto español que nunca llegó. Bastante al contrario. El resultado: Tzvi Vapni, embajador designado, nunca fue enviado a Madrid, y la embajada siguió funcionando en modo de "baja intensidad política" bajo la dirección de Dan Poraz, que vuelve ahora a sus funciones habituales como ministro consejero.

El mensaje implícito en el actual nombramiento parece claro: Israel sigue interesado en mantener canales diplomáticos activos con España, pero no premiará la hostilidad con concesiones. En otras palabras, el nombramiento de Erlich representa una creativa fórmula diplomática para un cierto equilibrio: a priori permite impulsar el trabajo diplomático, pero sin levantar la sanción simbólica que representa la ausencia de un embajador formal.

Para España, la llegada de Erlich puede interpretarse como una oportunidad para corregir el rumbo, o al menos para reducir la tensión con la única democracia en Oriente Medio: Un país aliado, no un enemigo. Hasta ahora, quizás guiado por su vicepresidenta Yolanda Díaz, la política de Sánchez hacia Israel se ha alineado de forma persistente con las posiciones más radicales del espectro internacional antiisraelí, con las de regímenes oscurantistas -sujetos a intereses de terceros como Irán-, ignorando las consecuencias de esa deriva para su credibilidad como actor moderador. España debe entender que sin diálogo con Israel no hay avance alguno en el proceso de pacificación que tanto desea en Gaza. Todos lo deseamos, pero sin la amenaza de Hamás.

Desde la comunidad judía española, el recibimiento a Erlich ha sido cálido y esperanzado. Tanto la FCJE como la Comunidad Judía de Barcelona han subrayado en sus mensajes el valor simbólico y estratégico de su presencia en Madrid. También han recordado que Israel, como cualquier nación, tiene derecho a proteger a sus ciudadanos, y que ese derecho sigue siendo negado o relativizado en ciertos ámbitos políticos y mediáticos en España.

Pero Erlich no viene con una varita mágica. Su presencia no implica, por sí sola, una rectificación de Madrid ni un compromiso claro con el restablecimiento pleno de las relaciones. No es embajadora ante el Estado español, y eso tiene un peso jurídico y simbólico indiscutible. La decisión de no otorgarle ese estatus indica que España no ha cedido un ápice en su postura crítica, y que no piensa reconducir su actitud para convertirse de nuevo en un "país amigo". Crítico sí, pero desde la amistad, y empatizando también con las preocupaciones de los israelíes. Cualquier otra política por parte de Moncloa es tan miope como contraproducente.

El desafío de Erlich, por tanto, no es solo diplomático. Es político, simbólico, institucional y personal. Debe reconstruir una relación que ha sido deliberadamente erosionada por intereses políticos internos en España, y en medio de una guerra que ha puesto a prueba las alianzas más básicas del sistema internacional. Su éxito dependerá tanto de su pericia como de la voluntad de España de salir del callejón sin salida en el que ella misma se ha metido.

El tiempo dirá si su presencia marca el comienzo de un deshielo o simplemente una tregua técnica en medio de una hostilidad persistente. Por ahora, su llegada representa una esperanza y una advertencia: la esperanza de que el vínculo bilateral pueda salvarse, y la advertencia de que ese objetivo aún está lejos ▪