Otra vez Eurovisión. Otra vez Israel. Otra vez el intento de transformar un concurso musical en un tribunal político internacional. Esta semana, The New York Times y varios medios europeos difundieron investigaciones y artículos insinuando que los buenos resultados de Israel en el televoto europeo serían producto de sofisticadas campañas de influencia impulsadas por el Estado israelí. Pero cuanto más se examinan los propios datos publicados por esos medios, más evidente resulta otra conclusión: no hace falta ninguna gran conspiración para explicar los resultados de Israel en Eurovisión. Basta un grupo reducido, motivado y organizado de espectadores. Nada más.
El propio New York Times admitía que "en algunos países habrían bastado unos pocos cientos de personas para asegurar la victoria en el televoto". Y ahí está precisamente la clave del asunto. El problema no sería una supuesta maquinaria israelí omnipotente, sino un sistema de televoto extraordinariamente frágil, basado en una participación ridículamente baja en comparación con el tamaño real de las audiencias televisivas.
El caso español es paradigmático. Según los datos divulgados tras Eurovisión 2025, Israel habría recibido unos 47.500 votos del televoto español, aproximadamente un tercio del total emitido. Parece una cifra enorme… hasta que se analiza cómo funciona el sistema. Cada persona podía emitir hasta 20 votos. Eso significa que esos casi 48.000 votos podrían equivaler apenas a unos 2.000 o 2.500 votantes extremadamente movilizados – unas 600 familias dispuestas a gastarse 60 euros. En un país de casi 50 millones de habitantes. En un país con una comunidad judía de 40.000 personas y miles y miles de españoles no-judíos dispuestos a defender a Israel a capa y espada (este 2026 el televoto español entra en la categoría de "resto del mundo", con lo cual es más difícil influir desde España con los 12 puntos).
Si unos pocos miles de personas pueden decidir el resultado del televoto en países enteros, el problema no es Israel. El problema es el propio sistema, que también expone con claridad la extrema politización de los jurados profesionales, obstinadamente anti-israelíes hasta apartarse de su obligación moral de votar en base a criterios artísticos.
¿De verdad alguien quiere presentar eso como una gigantesca operación internacional de manipulación política? ¿O quizá revela algo mucho más incómodo para Eurovisión y para las televisiones públicas europeas: que el volumen real de participación es sorprendentemente bajo?
Porque si unos pocos miles de personas pueden decidir el resultado del televoto en países enteros, el problema no es Israel. El problema es el propio sistema, que también expone con claridad la extrema politización de los jurados profesionales, obstinadamente anti-israelíes hasta apartarse de su obligación moral de votar en base a criterios artísticos. La Unión Europea de Radiodifusión (UER) realizó algunos cambios – en lugar de 20 votos por persona, ahora serán 10 . ¡Gran solución! El problema no está en el voto sino en la politización de Eurovisión que hacen mandatarios como Pedro Sánchez. Pero no es el único.
Y además hay algo que muchos comentaristas parecen deliberadamente ignorar. Sí, existe desde hace dos años una movilización intensa en comunidades judías y simpatizantes de Israel para apoyar a los representantes israelíes en Eurovisión. ¿Y qué esperaban? Desde 2024, los artistas israelíes llegan al festival rodeados de protestas, abucheos, campañas de exclusión y un ambiente de hostilidad que en numerosos casos ha cruzado abiertamente la línea del antisemitismo.
Para muchísimos judíos europeos, apoyar al representante israelí ha dejado de ser simplemente una preferencia musical. Se ha convertido casi en un acto reflejo de solidaridad frente a una atmósfera asfixiante. Y no ayuda precisamente que, además, las representantes israelíes de los últimos años hayan ofrecido actuaciones vocales sobresalientes. Quienes pretenden explicar todo únicamente mediante "propaganda estatal" parecen olvidar un detalle fundamental: Israel lleva canciones competitivas y artistas de enorme nivel.
Durante meses hemos visto plataformas, ONG, activistas y organizaciones financiadas directa o indirectamente por gobiernos europeos y árabes presionar públicamente para excluir a Israel de Eurovisión. Pero curiosamente eso no parece preocupar demasiado a ningún medio de comunicación.
La verdadera pregunta es otra: ¿Por qué habría de escandalizar tanto una supuesta campaña israelí de promoción mientras se normalizan las campañas perfectamente coordinadas de grupos propalestinos -y hasta Gobiernos como el de España, Irlanda o Eslovenia- que exigen expulsar a Israel del certamen?
Durante meses hemos visto plataformas, ONG, activistas y organizaciones financiadas directa o indirectamente por gobiernos europeos y árabes presionar públicamente para excluir a Israel de Eurovisión. Hemos visto boicots organizados, campañas mediáticas, movilizaciones políticas y presiones sobre radiotelevisiones públicas. Todo ello utilizando recursos institucionales, subvenciones públicas y estructuras militantes perfectamente coordinadas.
Pero curiosamente eso no parece preocupar demasiado a ningún medio de comunicación. Para estos medios, Israel debe asumir que la difamen sin rechistar. Y ya sabemos… Les gusta el judío débil, no el que se defiende del antisemitismo. ¡No Israel!, que es reflejo de esa capacidad defensiva judía por primera vez en 2.000 años.
Cuando una parte moviliza recursos para expulsar a Israel del concurso, lo presentan como "activismo por los derechos humanos". Cuando judíos europeos o simpatizantes de Israel piden votar por una cantante israelí, se habla de "injerencia" y "propaganda".
Pretender ahora descubrir horrorizados que existen votaciones políticas porque Israel obtiene apoyo popular -sea o no fruto de campañas orquestadas- resulta directamente ridículo. ¡Hipócrita!
La doble vara de medir resulta ya obscena y sólo apunta a lo que la Declaración de la IHRA -aceptada por España- describe como "antisemitismo".
Además, conviene abandonar de una vez la fantasía de que Eurovisión fue alguna vez un espacio ajeno a la política. Nunca lo fue. Jamás. El festival lleva décadas atravesado por alianzas geopolíticas, afinidades regionales y votaciones identitarias. Grecia y Chipre intercambiándose puntos. Países balcánicos votándose mutuamente. Escandinavia funcionando como bloque. La antigua órbita soviética premiándose entre sí. Austria y Alemania compartiendo afinidades históricas y culturales. Todo eso forma parte del ADN del certamen desde hace décadas.
Pretender ahora descubrir horrorizados que existen votaciones políticas porque Israel obtiene apoyo popular -sea o no fruto de campañas orquestadas- resulta directamente ridículo. ¡Hipócrita!
Lo más preocupante, sin embargo, es cómo algunas televisiones públicas europeas han terminado utilizando Eurovisión como una prolongación de sus agendas políticas nacionales. Y ahí el caso español merece mención aparte.
RTVE lleva años degradándose desde medio público a instrumento gubernamental. La diferencia entre "televisión pública" y "televisión estatal" parece haberse evaporado. La cadena ha asumido posiciones ideológicas cada vez más alineadas con el gobierno de turno, convirtiéndose en demasiadas ocasiones en un portavoz político financiado por todos los contribuyentes. Un fenómeno más propio de algunas democracias latinoamericanas que de una democracia europea consolidada.
Cuando encuestas, universidades, sindicatos culturales y medios repiten diariamente que Israel es un paria internacional, resulta insoportable descubrir que miles de espectadores siguen votando espontáneamente, o no, por su canción favorita.
Y resulta particularmente irónico que desde RTVE se lancen insinuaciones sobre presiones políticas mientras la televisión pública israelí, KAN, disfruta de una independencia editorial infinitamente mayor que la española.
Precisamente una de las grandes paradojas de esta polémica es que Israel participa en Eurovisión a través de un ente público que mantiene una notable autonomía respecto del poder político. Algo que RTVE hace tiempo parece haber olvidado.
Pero quizá el problema de fondo sea aún más simple. Eurovisión ya no soporta que Israel gane simpatías populares porque contradice el relato dominante en buena parte de las élites mediáticas europeas. Cuando encuestas, universidades, sindicatos culturales y medios repiten diariamente que Israel es un paria internacional, resulta insoportable descubrir que miles de espectadores siguen votando espontáneamente, o no, por su canción favorita.
Y entonces aparecen las teorías sobre campañas secretas, manipulación e injerencias… Cuando tal vez la explicación sea mucho más sencilla: Un puñado de votos. Un público motivado. Y unas canciones que, les guste o no, funcionan ▪