Llegué al local de la Comunidad Shir Jadash en Valencia sin saber muy bien con qué iba a encontrarme. Era el martes 21 de abril de 2026. Afuera, el sol caía sobre una ciudad europea más, con sus terrazas y su bullicio normal. Pero dentro de aquella sala, se respiraba algo distinto. Algo que no se ve todos los días.
Allí estaban Eli Cem Cohen y Leon Cohen, dos miembros activos de esta nueva comunidad judía reformista junto a su invitado colaborador Arbel Strickman, empujando una iniciativa que llevaba por título una frase que se me quedó grabada: "Pueden silenciarnos, pero no nos quedaremos en silencio". Y no era un eslogan vacío. Era una declaración de principios. Una forma de decir: aquí estamos, y hoy celebramos Yom Haatzmaut, el Día de la Independencia de Israel, aunque a muchos les incomode.
Presidía el acto Alexander Wolff, presidente de Shir Jadash, junto a Don Francisco Bataller, un líder comunitario al que todos llaman "Paco" con cariño. Y entonces ocurrió algo que me hizo comprender de golpe por qué había merecido la pena asistir.

Una anécdota que vale más que mil discursos
Alexander cogió el micrófono y, sin aspavientos, compartió algo personal. Habló de su padre, fallecido hacía dos años. Y recordó que, cuando era niño, su padre mencionaba a Golda Meir. No como una figura lejana de los libros de historia, sino como un referente vivo. "De lo grande e importante que era", dijo Alexander, "de los valores y liderazgo que dejó al Pueblo Judío".
En ese momento sentí que la historia no es algo que esté en los museos. Está en las mesas de las casas, en los apellidos, en las frases que un padre le susurra a un hijo. ¿Acaso no es así como se construye la identidad? Con pequeños legados que luego se vuelven colectivos.
Luego tomó la palabra Paco. Y su tono cambió. No porque perdiera la esperanza, sino porque la esperanza, a veces, duele. Dijo algo que me heló un poco. "Hoy es un día importante para nosotros, el Pueblo Judío, pero al mismo tiempo es tristeza". ¿Por qué? "Porque el Régimen de España -usó esas palabras, no "gobierno", sino "Régimen"- había solicitado a la Unión Europea suspender los acuerdos comerciales con Israel". En el 78 aniversario de su independencia. La paradoja era brutal.
Y Paco lo resumió con una honestidad que no necesita adornos. "Hoy nos solidarizamos con nuestro pueblo por ello".
Pero la noche no se quedó en la queja. Porque Yom Haatzmaut no es solo mirar atrás con rabia o con lágrimas. Es también mirar alrededor y ver quién está contigo.

Un crisol de nacionalidades. Cuando la diversidad abraza una causa
Miré a mi derecha y había un chico israelí y una chica francesa y un ucraniano, que asentían con la cabeza. Más allá: venezolanos, colombianos, franceses, canadienses, argentinos, turcos, incluso iraníes. Gente que, en cualquier otro contexto, quizá nunca se habría cruzado. Y allí estábamos todos, unidos por algo muy simple y muy profundo. La defensa del derecho de un pueblo a existir en su tierra ancestral.
Eso es Yom Haatzmaut para mí. No una fiesta patriótica al uso. Es un recordatorio de que la autodeterminación no es un lujo ni una concesión. Es un derecho humano fundamental. El mismo que asiste a cualquier nación. ¿Por qué el pueblo judío tendría que pedir perdón por ejercerlo?
Pero no todo es celebración. También es memoria y basta de excusas.
Yom Haatzmaut tiene una cara que a menudo se oculta bajo las banderas y los fuegos artificiales. Para mí, este día es también el momento de nombrar a los que ya no están. A los 25.648 soldados y personal de seguridad que cayeron defendiendo Israel. Y a las 5.313 víctimas de atentados terroristas, civiles, muchos de ellos, niños, ancianos, personas que solo querían tomar un café en una terraza de Tel Aviv o viajar en un autobús en Jerusalén.
Por eso, este 21 de abril de 2026, digo bien alto ¡BASTA!
Basta de terrorismo, con sus excusas ideológicas o religiosas.
Basta de rondas de violencia que siempre empiezan igual y siempre terminan con los mismos muertos.
Basta de aceptar que jefes de Estado con agendas oscuras nos vendan la idea de que el problema es Israel, cuando el problema es el odio disfrazado de geometría política.
Basta de una realidad sin un horizonte de paz. Porque sin reconocimiento mutuo, no hay paz posible.
Y cuando digo "basta", lo digo como ciudadano del mundo, como persona que cree y defiende activamente los derechos humanos, y como alguien que ha visto cómo el antisemitismo se recicla una y otra vez. Hoy se llama "antisionismo", pero muerde igual. Quema igual. Excluye igual.

Un recordatorio incómodo pero necesario
Los acuerdos internacionales existen. No es un capricho. No es una reliquia bíblica. El derecho del pueblo judío a la libre determinación en su tierra ancestral está reconocido por la propia Carta de Naciones Unidas, por la Declaración de los Derechos Humanos, y por decenas de resoluciones que, curiosamente, algunos solo recuerdan cuando se trata de condenar a Israel.
Pero seamos serios ¿Alguien le exige a Francia que demuestre su derecho a existir? ¿Alguien cuestiona la soberanía de Japón o de México? No. Solo al Estado judío se le pide que justifique su propia existencia. Eso no es una crítica legítima. Es judeofobia. Y hay que llamarla por su nombre.
Por eso me alegró ver en aquella sala a personas de la comunidad masortí Aviv y otras organizaciones de la sociedad civil. Porque ahí no se hablaba de política sectaria. Se hablaba de vida. De niños que crecen en Haifa o en Sderot con derecho a no vivir escondidos en un refugio. De ancianos que vuelven a ver los cerezos en flor del monte Carmelo. De una lengua, el hebreo, que resucitó después de dos mil años de exilio.
¿No es eso acaso un milagro humano digno de respeto?
Pensar críticamente, sentir humanamente
Termino con lo que aquella noche en Valencia me dejó. Yom Haatzmaut no es un día para cerrar los ojos a los problemas. Todo lo contrario. Es un día para abrirlos bien y decir: queremos paz, pero no a cualquier precio. Queremos diálogo, pero no con quienes niegan nuestro derecho a estar aquí. Queremos futuro, pero sin borrar el pasado.
Y ya que hablamos de derechos humanos, defendamos también el derecho a la memoria. Honrar a los caídos no es vivir anclado en el rencor. Es reconocer que hay heridas que no se cierran con buenas intenciones vacías. Se cierran con acciones, con acuerdos que se cumplan, con educación que desmonte estereotipos, con líderes que tengan el valor de llamar antisemitismo y al antisionismo por su nombre: antisemitismo y judeofobia.
Por eso, al salir de aquella sala, pensé. Quizá el mayor acto de resistencia hoy sea celebrar la vida judía sin complejos. Bailar una hora en Yom Haatzmaut no es ignorar el dolor. Es precisamente lo contrario. Es decirle al mundo que, a pesar de todo, seguimos aquí. Y que quien quiera silenciarnos, tendrá que esforzarse mucho. Porque no nos quedaremos callados.
Am Israel Jai. El pueblo de Israel vive. Y no pide, ni tiene que pedir, permiso para hacerlo ▪
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Elías David Cohen Cohen es activista y defensor de Derechos Humanos.
