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La causa palestina como motor de propaganda: ecos y espejos de un conflicto global

Hablar de “conflicto palestino-israelí” es librar el discurso en dos dimensiones: la material y la simbólica. Esta última, impulsada por imágenes, eslóganes y emociones han transformado la verdad en un símbolo mundial: uno que cada actor ha jugado a su manera. Para entender este proceso, no es sólo cuestión de tomar partido, sino de comprender que la forma en la que se habla del conflicto influye en cómo se concibe. Y que la responsabilidad narrativa es más esencial que nunca en un mundo basado en la inmediatez.

Hashyel

Un conflicto que se ha convertido en símbolo, bandera y argumento en manos de actores muy diferentes, tanto dentro como fuera de Oriente Medio.

La llamada "causa palestina" ha tenido, a lo largo de los años, una significación que va más allá de preocupaciones territoriales y políticas. Ha hecho surgir un símbolo que moviliza emociones, discursos y posiciones en todo el mundo. Un mundo que ha convertido el conflicto en una batalla de narrativas, donde la imagen y las palabras son tan valiosas como los hechos, lo cual, en este escenario, es también una guerra paralela que se ha olvidado de las personas –mujeres, hombres y niños— que la están sufriendo.

Este fenómeno es muy relevante en nuestros días, pues es la muestra de cómo el discurso público tiene ecos y espejos, simplificaciones e interpretaciones, de lo que en verdad es un problema surgido tras la caída de los imperialismos a principios del siglo XX. Un problema que se ha olvidado de las víctimas que lo sufren de uno y de otro lado.

En resumen, un conflicto interpretado desde lejos, desde países cuya idiosincrasia no conoce en profundidad la raíz de la convivencia en Medio Oriente. De ahí que, desde algunos países como España, la llamada "causa palestina" se manifieste como una imagen reflejada de la desconocida realidad, pues en el fondo se confunde la identidad con la resistencia y el terrorismo. Hechos que, para algunos movimientos sociales haya convertido a los "palestinos" en un símbolo universal de lucha, mientras que para los israelíes sea una evidente amenaza terrorista.

Por ejemplo, periodistas como Thomas Friedman, Amira Hass o Matti Friedman han sugerido que el llamado "conflicto palestino" se ha transformado en un "lenguaje político que cada sociedad ha adoptado según su propio marco mental", una versión que está cargada de significados externos, y en ocasiones, extremistas: cuánto mayor es el ruido global, más alejada de la realidad se muestra la complejidad sucediente sobre el terreno.

En consecuencia, la emoción se convierte en combustible altamente inflamable. Las imágenes de Gaza en portada llegan a millones de personas sin un contexto, sin matices, sin un tiempo para la reflexión y la crítica serena. La inmediatez convierte el dolor en argumento, y la empatía, en arma política.

Las narrativas de uno y otro lado emplean la fuerza visual para fortalecer sus posiciones: de hecho, una fotografía —y quien dice una dice cientos— se convierte en el artesano que moldea las percepciones, más rápidamente que cualquier análisis. La viralidad actúa como un acelerador del entorno, simplificando, polarizando y propulsando de manera obligada a las masas, a tomar partido sin concederle a la duda el menor espacio.

Desde los medios y la cultura se han ido apropiando de estos entes simbólicos, azuzando los conflictos "que interesan", incrustando en la realidad una pátina desvergonzante ante el dolor de quienes sufren las consecuencias. Artistas y universidades, colectivos sociales y plataformas digitales re-describen la llamada "causa palestina" desde sus propios códigos; códigos que responden a la fantasmagórica escena de la mentira. Y ello conlleva a que, esta apropiación y tergiversación de la realidad dinamite las bases para el diálogo; y en otras ocasiones se transforme en un mecanismo de exclusión que omite la voz israelí, o normaliza expresiones que rozan —o cruzan— el antisemitismo.

El desafío para los medios y las instituciones culturales o de otra índole es abrumador; deben contar las historias experienciales sin caer en la caricatura, acompañando sin alimentar a los prejuicios, y recordar a la masa que detrás de cada símbolo que ven, hay personas reales, con historias reales, que no se prestan a la definición de un eslogan.

Si permitimos que la narrativa eclipse a las personas con la propaganda, cualquier "causa" está perdida, empujando a la opinión pública hacia posiciones cada vez más endurecidas, y, por tanto, enquistadas. En las redes sociales como en el periodismo convencional, en los campus universitarios y en los debates políticos, el conflicto se discute a menudo con una inmediatez inusitada, que la gran mayoría de las veces oscurece a quienes lo consumen; el diálogo se llena de certezas absolutas. Y en este punto, las voces moderadas quedamos en un segundo plano.

Para concluir, hablar de "conflicto palestino-israelí" es librar el discurso en dos dimensiones, o sea, la material y la simbólica. Esta última, impulsada por imágenes, eslóganes y emociones que han transformado la verdad en un símbolo mundial: uno que cada actor ha jugado a su manera. Y, por tanto, para entender este proceso, no es sólo cuestión de tomar partido, sino de comprender que la forma en la que se habla del conflicto influye en cómo se concibe. Y que la responsabilidad narrativa es más esencial que nunca en un mundo basado en la inmediatez ▪

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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