Editoriales

Las elecciones en la CJM y el desafío de construir comunidad

Las elecciones a la presidencia de la Comunidad Judía de Madrid (CJM) del próximo 3 de septiembre llegan en un momento excepcional de su historia. Más allá de la renovación periódica de cargos, la comunidad se encuentra ante una encrucijada estratégica que probablemente marcará su evolución durante las próximas décadas.

Porque la pregunta no es únicamente quién gobernará la comunidad. La verdadera cuestión es qué modelo comunitario quiere construir la CJM para afrontar el siglo XXI y aprovechar el caudal demográfico internacional instalado en la capital española estos últimos años.

Las elecciones a la presidencia de la Comunidad Judía de Madrid (CJM) del próximo 3 de septiembre llegan en un momento excepcional de su historia. Más allá de la renovación periódica de cargos, la comunidad se encuentra ante una encrucijada estratégica que probablemente marcará su evolución durante las próximas décadas.

Pocas veces una elección comunitaria ha coincidido con tantos cambios simultáneos. La transformación demográfica de la población judía madrileña, la llegada de miles de nuevos residentes procedentes de América Latina, Israel y otros países, el aumento del antisemitismo tras el 7 de octubre de 2023, la necesidad de modernizar estructuras de gestión y la redefinición del papel institucional de Madrid dentro del judaísmo español conforman un escenario sin precedentes.

La pregunta no es únicamente quién gobernará la comunidad durante los próximos años. La verdadera cuestión es qué modelo comunitario quiere construir la CJM para afrontar el siglo XXI.

Una comunidad que crece más rápido que sus estructuras

La principal paradoja de la Comunidad Judía de Madrid es que nunca antes había contado con un entorno demográfico tan favorable y, sin embargo, sigue enfrentándose a dificultades para transformar ese crecimiento en integración institucional.

Las estimaciones manejadas por la propia comunidad en 2023 situaban la población judía madrileña entre 12.000 y 15.000 personas. Es muy probable que no lleguen siquiera a los 10.000, quizás menos, pero aún así ya no es "una comunidad pequeña". Tampoco es una comunidad suficientemente grande como para mantener costosas estructuras institucionales fragmentadas.

Y pese al crecimiento demográfico, la CJM no ha conseguido traducir ese capital humano en socios contribuyentes. En 2023, según datos facilitados por la propia institución, la CJM apenas tenía unos 850 socios que representaban a unas 1.300 personas. Al mismo tiempo, unos 4.000-5.000 participaban regularmente en alguna de sus actividades comunitarias, culturales, educativas, religiosas o juveniles. Este círculo referencial sigue aquejado de falta de afiliación, en muchos casos porque no ven en la CJM su "hogar".

Los datos son reveladores. Aproximadamente uno de cada dos o tres judíos residentes en Madrid mantiene algún tipo de vínculo con la CJM, pero apenas uno de cada diez da el paso de incorporarse formalmente a la institución.

Ese dato resume probablemente mejor que ningún otro el principal reto de la próxima década.

Porque el problema de la CJM no parece ser la falta de población judía potencial, sino la dificultad para convertir esa presencia demográfica en pertenencia comunitaria estable. No en el hogar de todos, pero sí de casi todos o, cuanto menos, la mayoría.

De una comunidad tradicional a una comunidad global

Esta desconexión puede deberse a que durante gran parte de su historia reciente la CJM se construyó alrededor de una identidad predominantemente sefardí-marroquí, con fuertes vínculos internos y una elevada cohesión comunitaria, fruto de una historia compartida y de décadas de esfuerzo por reconstruir la vida judía en España. Ese modelo permitió consolidar una de las instituciones judías más sólidas y reconocidas del país. El logro de los abuelos y de los padres, después de cuatro siglos de exilio, ha sido sencillamente extraordinario.

Sin embargo, la realidad demográfica actual es muy distinta y demanda cambios. No es que lo anterior haya estado mal. Bastante al contrario. Sencillamente, los tiempos exigen avanzar sobre esa construcción para garantizar la continuidad. Ese será el reto de la directiva que salga de las próximas elecciones, para las que está prevista la candidatura de un equipo que muchos perciben como renovador.

Porque Madrid, junto con Barcelona y Valencia, tiene el zejut (privilegio) de ser una de las pocas comunidades judías de Europa que crecen. Gracias a su contexto político, económico y financiero, la capital española está atrayendo a un importante flujo de familias procedentes de toda América Latina —"la nueva Miami", la llaman algunos—, a estadounidenses que buscan un entorno más relajado y a israelíes que comienzan a desarrollar proyectos empresariales, especialmente en el ámbito tecnológico.

Un ejemplo evidente de esta transformación es el crecimiento del colegio judío, donde más del 40% del alumnado pertenece a familias llegadas del extranjero, según reconocía en 2023 la propia presidencia de la comunidad. En Barcelona el porcentaje es similar.

La consecuencia resulta evidente: la comunidad es hoy mucho más diversa que hace apenas dos décadas. Conviven judíos sefardíes y asquenazíes, españoles y latinoamericanos, familias tradicionalistas y otras mucho más seculares, inmigrantes recientes y madrileños cuyas familias llevan varias generaciones formando parte de la comunidad.

Esta diversidad constituye una enorme oportunidad, pero también obliga a replantear algunos modelos heredados. La cuestión central para la próxima dirección será cómo preservar la identidad que permitió construir la comunidad durante más de un siglo sin renunciar a integrar plenamente una realidad judía mucho más plural en un entorno también más complejo.

Hacia una comunidad más integradora

En ese sentido, la transformación más importante que afronta la CJM no es económica ni inmobiliaria. Ni siquiera religiosa, pese a lo que muchos piensan. Es, sobre todo, cultural y hasta étnica, en el sentido más amplio del término.

Durante décadas la comunidad pudo funcionar con una relativa homogeneidad interna. Hoy la situación es distinta. Miles de judíos residentes en Madrid proceden de modelos comunitarios diferentes. Muchos crecieron en grandes comunidades latinoamericanas donde la vida judía gira tanto alrededor de actividades culturales, deportivas y sociales como de la sinagoga. Otros proceden de Israel, donde la identidad judía se expresa de formas muy distintas a las habituales en la diáspora.

La pregunta estratégica es evidente: ¿podrá la CJM convertirse en una institución capaz de representar a un espectro mucho más amplio del judaísmo madrileño sin perder su esencia histórica? El desafío no es menor, pero la oportunidad merece dedicar todos los esfuerzos necesarios antes que resignarse a mantener el rumbo por simple inercia. No se trata de abandonar principios ni tradiciones, sino de construir espacios donde un número creciente de judíos pueda sentirse cómodo, representado y partícipe de un proyecto común.

Las comunidades judías más dinámicas suelen actuar como paraguas institucionales capaces de integrar sensibilidades diversas bajo una estructura compartida. No existe una única fórmula de éxito, pero Europa y Latinoamérica ofrecen experiencias consolidadas de las que Madrid puede aprender. No se trata de importar soluciones ajenas, sino de identificar aquellos elementos que mejor respondan a la realidad y a las necesidades de una comunidad en plena transformación.

Modelos de interés

Por su tamaño y su composición actual, Madrid difícilmente debería aspirar a modelos altamente fragmentados como los que predominan hoy, y que son más típicos de comunidades mucho más numerosas en Estados Unidos, el Reino Unido o Francia, donde el volumen demográfico permite sostener múltiples estructuras paralelas. En cambio, resultan especialmente interesantes algunos modelos europeos de carácter integrador.

Entre ellos destaca el modelo IKG (Israelitische Kultusgemeinde), implantado en ciudades de Austria, Alemania o Suecia. Se trata de una estructura comunitaria unificada que agrupa bajo una misma institución a la inmensa mayoría de los judíos de un territorio, centralizando buena parte de los servicios comunitarios y actuando como interlocutor oficial ante las autoridades locales. Su principal fortaleza no reside únicamente en la eficiencia organizativa, sino en su capacidad para integrar bajo un mismo paraguas a personas de distintas tradiciones religiosas, grados de observancia y orígenes, preservando al mismo tiempo una identidad institucional compartida.

Naturalmente, ningún modelo puede trasladarse de forma automática. La realidad jurídica, social y demográfica de Madrid es distinta de la de Viena o de cualquier otra ciudad europea. Pero la reflexión de fondo sigue siendo válida: las comunidades con mayor capacidad de crecimiento suelen ser aquellas que entienden la diversidad como un factor de cohesión y no de fragmentación.

Ese es, probablemente, el verdadero debate que deberían abrir las próximas elecciones. No únicamente quién administrará la comunidad durante los próximos años, sino qué comunidad desean legar a la siguiente generación. Una institución capaz de integrar la diversidad creciente del judaísmo madrileño sin renunciar a la identidad que la ha sostenido durante más de un siglo. Porque, desde fuera, el antisemitismo no distingue entre sefardíes y asquenazíes, entre españoles, israelíes o latinoamericanos, entre más o menos observantes. La comunidad llamada a representarlos tampoco debería hacerlo ▪