No es novedad alguna mencionar o sugerir que nos encontramos ante una batalla cultural. Esto es, una batalla por los ‘moldes’ o ‘planos’ para la organización de los procesos sociales y psicológicos, parafraseando Clifford Geertz, en su The Interpretation of Cultures.
Una batalla en el campo de los patrones de significación, por el monopolio de los símbolos y de su comunicación; por el control del territorio moral y emocional. Una batalla por imponer, ya no una imagen de la realidad, sino una nueva "realidad", y por hacer ineludible su "aceptación" como modo de vida, como ethos.
La ideología, ese envoltorio de ideas y credos, ese "mecanismo de defensa contra la información; un pretexto para sustraerse de la moral haciendo el mal o aprobándolo con buena conciencia, y un medio para prescindir del criterio de la experiencia", según Jean-François Revel, es la alabarda conveniente para avanzar sobre este campo de combate: ideal para alterar el paisaje que se le presenta al sentido común, para inducir, envuelta en un aire factual al describir la realidad, ciertas motivaciones y ánimos.
Ahora bien, y regresando a Geertz, las ideas deben ser vehiculizadas por grupos sociales poderosos para tener, precisamente, efectos sociales potentes; "alguien debe venerarlas, celebrarlas, defenderlas, imponerlas. Tienen que institucionalizarse para encontrar no sólo una existencia intelectual en la sociedad, sino, por así decirlo, también una existencia material". Es por ello que el totalitarismo busca colonizar las instituciones; tal como lo hacen, entre otros, Catar, China, la República Islámica de Irán, Arabia Saudita o Venezuela, con universidades occidentales, agencias y la Asamblea de Naciones Unidas y otras instituciones internacionales, ONG y medios de comunicación y políticos de laxos escrúpulos.
Desinformación
Acaso como en ninguna otra instancia pueda verse el estado presente de esta batalla como en la forma que adquiere la comunicación pública de hechos, de ideas. "Los problemas humanos más profundos y complejos se comprimen en frases breves que suenan definitivas, fáciles de memorizar y de expresar. Éstas se convierten en el principio y el final de cualquier análisis ideológico", tal como sintetizaba Robert Lifton en Thought Reform and the Psychology of Totalism.
Es decir, "atajos interpretativos", como decía Lifton, clichés que se devienen en "términos definitivos: representativos del bien último, o bien representativos del mal último", en una "jerga omnicomprensiva" y "altamente categórica, implacablemente juzgadora".
La iteración y amplificación de estas "marcas de identidad" dificulta el rechazo de la información como fabricación debida, justamente, a la ilusión de consenso que crea y la subsiguiente espiral de autocensura que esta fuerza. Todo ello termina por magnificar el paquete de ‘información’ elaborado, que, en consecuencia, concluye por convertirse en "real".
Se plantea así, como decía Veena Das (Life and Words: Violence and the descent into the ordinary) "una esfera pública patológica surgida de una cultura" que parece hipnotizada por las historias maniqueas de sufrimiento y revancha, de derechos asaltados y de pasado contemporáneo. Un ambiente que provoca ceguera sobre el presente, y que termina por atrapar en sus efluvios adulones de inmediatez y simpleza auto validada, a un gran número de personas.
Back to the USSR
En Double Lives: Spies and Writers in the Secret Soviet War of Ideas Against the West, Stephen Koch contaba la historia de Willi Münzenberg, "el primer gran maestro de dos tipos de trabajos bastante novedosos en los servicios de inteligencia: el frente de propaganda controlado de forma encubierta y el llamado ‘compañero de viaje’ manipulado en secreto. Su objetivo era crear para el Occidente no comunista y bienpensante el prejuicio político dominante de la época: la creencia de que cualquier opinión que por casualidad sirviera a la política exterior de la Unión Soviética se derivaba de los elementos más esenciales de la decencia humana".
El procedimiento resulta tremendamente actual: "Inculcar como una verdad natural la sensación de que criticar seriamente o desafiar la política soviética [dígase palestina, venezolana, rusa, catarí, o "progresista"] era la marca infalible de una mala persona, intolerante y probablemente estúpida; mientras que el apoyo era igualmente la prueba infalible de una mente con visión de futuro, comprometida con todo lo mejor para la humanidad y marcada por un refinamiento edificante de la sensibilidad".
Hoy abundan los Münzenbergs wanna be; los sujetos que cumplen, socorridos por la inmediación fácil e inmediata de las redes sociales, un papel similar. Para Rusia o la República Islámica o Hamás o China. Y, como ayer, el amo resulta ser totalitario y tener o bien recursos o prestigio para ofrecer.
Pero, advertía Koch (advertencia vigente), como los idealistas nunca confiarían en un liderazgo "tan obviamente definido por el fanatismo, tan claramente comprometido con la pura fuerza, tan manifiestamente ligado al odio"; debía crearse un "rostro humano", una imagen, una marca positiva para atraer la simpatía. Esto se lograba por mediación de portavoces famosos, prestigiosos e "independientes", "que aseguraran al mundo no comunista que, a pesar de las apariencias, todo iba bien, que la utopía estaba realmente en construcción…".
Existe hoy un ejemplo cabal de esto. La punta de lanza del islamismo en Occidente es una réplica de lo que mencionaba Koch: la "causa palestina" es el ardid para convocar la culposa conciencia occidental e instalar una predisposición favorable para un objetivo mayor, aunque igual en términos de finalidad que aquella "causa" que llama a la eliminación de Israel: la derrota o sumisión de Occidente.
Así, buena parte del éxito de estas campañas se funda en la necesidad de lo que Koch llamaba "sed de justificación moral personal en el mundo". Porque que señala enemigos comunes, alienta la división – que, advertía Lasswell, allana el camino para cooperar con las minorías en el derribo o la toma del control del enemigo -, también sirve a su vez para masajear el músculo narcisus moralis del colaborador inocente, y el del voluntarioso también, para que participe de su propia caída y la de sus conciudadanos ▪






