La Torá nos relata que Bilam incluso llega a discutir con su burra de forma literal:
"Y Bilam dijo a la burra:
‘Porque te has burlado de mí,
si tuviera una espada en mi mano,
ahora mismo te mataría.’"
La historia ocurre así: Balak, rey de Moab, observa al pueblo de Israel avanzando y venciendo a todos a su paso, y entra en pánico. Decide entonces llamar a Bilam, un profeta conocido por su capacidad espiritual, para que maldiga al pueblo y así poder frenarlo.
Bilam consulta a Dios, quien inicialmente le prohíbe ir. Sin embargo, ante la insistencia de Balak con honores y riquezas, Bilam vuelve a consultar, y finalmente se le permite ir, con una condición clara: solo dirá lo que Hashem le ordene.
Bilam se monta en su burra y parte hacia Moab. Y es en el camino donde ocurre lo increíble: la burra ve a un ángel de Hashem con una espada bloqueando el paso, mientras que Bilam no lo percibe. La burra intenta evitarlo desviándose tres veces, hasta que finalmente se detiene.
Bilam se enfada, la golpea y le exige que continúe. Entonces sucede lo impensable: la burra le habla y le pregunta por qué la está golpeando sin motivo. Incluso le recuerda que siempre ha sido fiel. Bilam, cegado por la ira, responde que si tuviera una espada la mataría por haberlo "humillado".
A primera vista parece solo una reacción de enfado, pero el versículo revela algo más profundo. Bilam no dice "me has hecho daño" o "he fallado por tu culpa". Dice: "porque te has burlado de mí". El problema no es lo que ocurre, sino lo que siente su orgullo. Su dolor no es el hecho, sino la imagen. "Me has hecho quedar mal delante de los demás".
Aquí aparece una de las dinámicas más humanas y peligrosas: cuando el ego ocupa el centro, la realidad deja de verse tal como es y pasa a filtrarse a través del orgullo. Entonces, el otro ya no es una persona, sino una amenaza a la imagen propia.
¿Cuántas veces ocurre lo mismo en la vida? En casa, en el trabajo o en cualquier relación, una persona con dificultades deja de ser alguien en proceso y se convierte en un problema incómodo. La pregunta cambia: en lugar de "¿qué necesita esta persona?", pasa a ser "¿qué pensarán los demás de nosotros?".
La Torá nos muestra aquí una enseñanza profunda: cuando la vida se convierte en un proyecto de reputación en lugar de un camino de almas, perdemos la capacidad de ver al otro.
Bilam representa ese "yo" en el centro. Abraham, en cambio, representa lo opuesto: el otro en el centro.
Y cuando logramos soltar la obsesión por la imagen, empiezan a aparecer las preguntas verdaderas:
¿cómo hemos llegado a preocuparnos más por la apariencia que por el corazón?
¿cuándo el "qué dirán" se volvió más importante que el "cómo estás"?
Al final, Hashem le dice a Bilam: puedes ir, pero solo dirás lo que Yo ponga en tu boca. Como recordatorio de que el control no es absoluto, y de que la realidad siempre termina imponiéndose.
Quizá ese sea el gran mensaje de toda esta historia: muchas veces los desafíos de la vida no vienen a destruirnos, sino a corregirnos. Son un llamado a volver a la humildad.
Y cuando dejamos de poner el ego en el centro, empezamos a ver al otro como lo que realmente es: un mundo entero, un alma que pide ser escuchada.
Shabat shalom◾