Rebeca Grynspan puede convertirse en la primera mujer y también en la primera diplomática judía en ocupar la Secretaría General de Naciones Unidas. La diplomática y economista costarricense, actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha emergido en las últimas semanas como una de las candidatas con mayores posibilidades para suceder a António Guterres, cuyo segundo mandato concluirá el 31 de diciembre de 2026.
Su candidatura reúne varios elementos que, en principio, encajan con el momento que atraviesa Naciones Unidas: una mujer latinoamericana, una larga experiencia dentro del sistema multilateral y un perfil político de tradición socialdemócrata. Pero existe otro aspecto que adquiere una dimensión particular: Grynspan es judía, procede de una familia de refugiados europeos y mantiene un vínculo personal y familiar con Israel, al tiempo que su trayectoria reciente dentro de la ONU la ha situado también frente a algunas de las cuestiones más controvertidas para el Estado judío, según un artículo de The Guardian.
Los padres de Grynspan emigraron desde Polonia a Costa Rica y sus abuelos maternos fueron asesinados por los nazis. Ella misma ha explicado públicamente cómo la experiencia de sus padres marcó su concepción de la paz y del multilateralismo.
"La paz fue lo que hizo posible que mis padres, dos refugiados de la Segunda Guerra Mundial, encontraran respeto y dignidad en un pequeño país como Costa Rica. Soy hija de esa paz, una demostración de lo que la paz hace posible", afirmó ante la Asamblea General de la ONU en mayo pasado.

Una trayectoria internacional impecable
El recorrido de Grynspan explica buena parte de la fuerza de su candidatura. Nacida en San José en 1955, es economista y fue vicepresidenta segunda de Costa Rica entre 1994 y 1998. Antes había ocupado diferentes responsabilidades económicas y sociales en el Gobierno costarricense.
Su carrera internacional comenzó a adquirir una dimensión mucho mayor con su incorporación al sistema de Naciones Unidas. Fue directora regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), secretaria general adjunta de la ONU y administradora asociada del PNUD.
Posteriormente dirigió la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese puesto, y desde 2021 está al frente de UNCTAD.
Precisamente su experiencia negociadora es uno de los principales argumentos de quienes respaldan su candidatura. Su postulación oficial viene impulsada por parte de Costa Rica, así como por su experiencia en Naciones Unidas y diferentes organismos multilaterales.
En un artículo sobre ella en El País, el año pasado, se dice que Grynspan resume su propuesta con una frase que define su visión de la organización: "Conozco muy bien Naciones Unidas para reformarla y para defenderla". Y añadió: "En este momento ser multilateralista es ser reformista".
Durante su etapa en UNCTAD también tuvo un papel destacado en la Iniciativa de Granos del Mar Negro, negociada entre Naciones Unidas, Turquía, Rusia y Ucrania en 2022.
El contexto en el que se decidirá al próximo secretario general tampoco es menor. Naciones Unidas afronta una reducción de recursos, recortes de personal y una pérdida de influencia en conflictos internacionales en los que otros actores han asumido un papel protagonista.

Los rivales de Grynspan
Grynspan competirá principalmente con el argentino Rafael Mariano Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) desde 2019, y la expresidenta chilena Michelle Bachelet, exalta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y antigua directora ejecutiva de ONU Mujeres, entre otros candidatos de peso.
Grossi, diplomático de carrera con una larga experiencia en asuntos de desarme y seguridad internacional, y Bachelet, expresidenta de Chile y figura de amplia trayectoria dentro del sistema de Naciones Unidas, son considerados dos de los nombres con mayores posibilidades de disputar el puesto.
En el primer sondeo informal del Consejo de Seguridad, el 30 de julio, Grossi quedó tercero con 7 votos, por detrás de Grynspan (10) y de la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett (9).
La carrera incluye además a la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU; el expresidente senegalés Macky Sall y, más recientemente, el diplomático ugandés Olara Otunnu, que se incorporó a la contienda como el séptimo candidato. La lista refleja una fuerte presencia latinoamericana: cinco de los seis candidatos que participaron inicialmente en los diálogos públicos procedían de América Latina y el Caribe.
La composición de la carrera responde también a dos circunstancias que pueden favorecer especialmente a Grynspan y Bachelet. Por una tradición no escrita de rotación regional, América Latina y el Caribe son considerados los candidatos naturales para ocupar esta vez la Secretaría General, aunque no existe una regla formal que obligue a respetar esa alternancia. El último secretario general procedente de la región fue el peruano Javier Pérez de Cuéllar, que ocupó el cargo entre 1982 y 1991. Después vinieron representantes del Grupo árabe, África, Asia y Europa.
A ello se suma otro factor histórico: Naciones Unidas nunca ha tenido una mujer al frente de la Secretaría General. Por primera vez, varias candidatas con posibilidades reales compiten por el puesto, lo que ha reforzado las expectativas de que el próximo secretario general pueda ser, finalmente, una mujer.

Una candidata con fuertes vínculos con Israel y el judaísmo
Para la comunidad judía internacional, sin embargo, el aspecto más singular de Grynspan es su propia historia familiar y el impacto para Israel que podría tener su posible liderazgo de la ONU, una organización con una crítica desmesurada hacia el Estado judío, a juzgar por sus incontables resoluciones de condena, que exceden las de cualquier otro país en conflicto e incluso contra regímenes dictatoriales.
Los padres de Grynspan fueron inmigrantes judíos procedentes de Polonia y parte de su familia mantiene una relación directa con Israel. Según un reciente artículo de The Times of Israel, su hermana se trasladó a Israel a los 17 años para estudiar química en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Sus sobrinos realizaron posteriormente el servicio militar obligatorio en las IDF.
La información aportada sobre la trayectoria de Grynspan incluye además un vínculo académico personal con la Universidad Hebrea de Jerusalén, que se suma a ese bagaje familiar y personal. Además, ha dado conferencias en numerosas organizaciones judías internacionales.
No se trata, por tanto, de una candidata cuyo vínculo con Israel sea únicamente circunstancial o diplomático. Su identidad judía forma parte de su historia familiar y de su trayectoria vital.
Al mismo tiempo, Grynspan ha evitado presentar esa identidad como una posición política particular sobre el conflicto. En la conferencia de prensa de presentación de su candidatura, según El País, afirmó que siempre se ha mantenido dentro de la posición oficial de Naciones Unidas en favor de "dos estados que convivan en paz" como única solución posible al conflicto palestino-israelí.
Y respondió directamente a quienes consideran que su origen judío podría condicionar su candidatura: "Mi identidad lo que me da es empatía, no sesgo y así lo he demostrado en todos los puestos donde he estado en Naciones Unidas".
Es probablemente la frase que mejor resume el delicado equilibrio que tendría que mantener si llegara a la Secretaría General.
El desafío de Gaza y la cuestión israelí
Porque su perfil judío no significa que su trayectoria dentro de Naciones Unidas haya estado alineada con las posiciones del Gobierno de Israel.
Como secretaria general de UNCTAD, Grynspan ha estado al frente de una organización que ha documentado de manera sistemática el impacto económico de la presencia israelí en Cisjordania y Gaza.
El informe de febrero de 2026 citado por The Guardian calculó que la economía palestina perdió aproximadamente 212.200 millones de dólares entre 2000 y 2024, en términos constantes de 2015. El documento atribuyó esa pérdida potencial a "políticas de ocupación, restricciones, cierres y operaciones militares israelíes".
En noviembre de 2025, además, Grynspan señaló que el PIB per cápita de Gaza había caído hasta unos 161 dólares anuales, describiendo la contracción como una de las más graves registradas en la historia económica moderna.
Es un elemento que Israel debería observar con atención porque la paradoja de una eventual Secretaría General de Grynspan sería precisamente esa: una mujer judía, con una historia familiar marcada por el Holocausto y vínculos directos con Israel, podría convertirse al mismo tiempo en la responsable política de una organización desde la que tendría que formular críticas a Israel cuando Naciones Unidas adoptase determinadas posiciones.
No necesariamente sería una contradicción para Grynspan. Su propia respuesta ha sido que su identidad le proporciona empatía y no sesgo, y que su posición sobre el conflicto es la de Naciones Unidas: dos Estados.
Pero para Israel el asunto podría resultar mucho más complejo. Una crítica formulada por una secretaria general judía tendría una carga política y simbólica diferente. Jerusalén podría enfrentarse a la difícil situación de responder a una dirigente de la ONU cuya identidad judía y cuya historia familiar son conocidas internacionalmente, pero que tendría el deber institucional de representar las posiciones de Naciones Unidas incluso cuando fueran críticas con Israel.
Ese podría convertirse en uno de los principales desafíos de una eventual Secretaría General de Grynspan.
Una carrera todavía abierta
El proceso de elección apenas ha comenzado. En una primera votación informal y secreta del Consejo de Seguridad, Grynspan obtuvo diez votos de "encourage", cuatro de "no opinion" y solamente uno de "discourage". El dato la coloca en una posición inicial particularmente sólida.
Su principal rival en esa votación fue Carolyn Rodrigues-Birkett, antigua representante de Guyana ante la ONU, con nueve votos favorables, dos negativos y cuatro abstenciones de opinión.
El proceso deberá continuar durante los próximos meses y concluir antes de finales de 2026. El candidato necesita al menos nueve votos favorables en el Consejo de Seguridad y no puede recibir el veto de ninguno de los cinco miembros permanentes.
Grynspan llega a esta fase con un activo difícil de ignorar: experiencia, conocimiento interno de Naciones Unidas, procedencia latinoamericana, condición de mujer y una trayectoria diplomática construida durante décadas.
Su eventual elección tendría además un significado histórico para el mundo judío. Por primera vez, una persona judía ocuparía la Secretaría General de Naciones Unidas.
Precisamente por ello, su candidatura será observada con especial atención desde Israel y desde las comunidades judías. Grynspan tendría que demostrar que puede mantener separadas su identidad personal y su responsabilidad institucional, mientras Israel tendría que afrontar una situación inédita: recibir críticas desde la máxima autoridad de Naciones Unidas formuladas por una secretaria general judía cuya propia historia familiar está ligada a la tragedia europea que dio origen a buena parte de la sensibilidad contemporánea hacia la seguridad y la supervivencia del pueblo judío.
La carrera está abierta. Pero Rebeca Grynspan ya ha dejado de ser una candidatura simbólica para convertirse en una posibilidad real ▪
