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El nuevo sanbenito: cuando ser israelí se convierte en un estigma cultural

En festivales, universidades y espacios culturales europeos, se ha normalizado la idea de que un israelí debe demostrar una pureza política previa para ser aceptado. Se le exige una renuncia pública, una declaración de inocencia, una distancia absoluta respecto a su país. Este comportamiento revela una falla grave en la cultura contemporánea: la incapacidad de distinguir entre crítica legítima y prejuicio.

Hashyel

En pleno siglo XXI, en sociedades que se autodefinen como críticas, informadas y defensoras de los derechos humanos, ha emergido una paradoja inquietante: el hecho de ser israelí se ha convertido en un estigma, una marca identitaria que precede a la persona, a su obra y a su pensamiento. No importa su trayectoria, su ideología, su compromiso ético ni su independencia respecto al Estado de Israel. Basta con su nacionalidad para que algunos sectores culturales y activistas lo señalen, lo excluyan o lo silencien.

Este fenómeno, que afecta a creadores como Nadav Lapid —profundamente crítico con su gobierno, financiado por estructuras privadas y no estatales—, revela una deriva preocupante: la reaparición de mecanismos de discriminación que recuerdan al sanbenito medieval o a la estrella amarilla impuesta por la Alemania nazi. Entonces, como ahora, la identidad colectiva se convierte en un prejuicio automático, en una condena previa, en un juicio sin conocimiento.

La ignorancia como motor del nuevo antisemitismo cultural

Lo más alarmante no es solo la existencia de estas prácticas, sino su justificación. En festivales, universidades y espacios culturales europeos, se ha normalizado la idea de que un israelí debe demostrar una pureza política previa para ser aceptado. Se le exige una renuncia pública, una declaración de inocencia, una distancia absoluta respecto a su país.

Pero esta lógica es profundamente inculta y desinformada. Quien la sostiene desconoce —o decide ignorar— que muchos de estos artistas han arriesgado su carrera, su seguridad y su reputación precisamente por denunciar las políticas de su propio gobierno. Nadav Lapid, como otros artistas israelíes de izquierdas, ha sido perseguido por el Ministerio de Cultura israelí, ha sufrido censura, boicots y campañas de desprestigio dentro de Israel.

Aun así, en Europa, por el simple hecho de ser israelíes, se les coloca un estigma que los reduce a una categoría política monolítica. Se les niega la complejidad, la disidencia, la individualidad. Se les juzga no por lo que hacen, sino por lo que representan en la imaginación de otros.

La desinformación como arma de exclusión

Este comportamiento revela una falla grave en la cultura contemporánea: la incapacidad de distinguir entre crítica legítima y prejuicio. Quien veta a un artista israelí sin conocer su obra, su trayectoria o su posicionamiento político no está ejerciendo un acto de solidaridad, sino un acto de discriminación.

Es una forma de antisemitismo simbólico que se disfraza de compromiso político. Una repetición, en clave moderna, de los mecanismos históricos que marcaban a los judíos con signos visibles para diferenciarlos, excluirlos o castigarlos. Hoy no hay estrellas amarillas ni sanbenitos físicos, pero sí hay listas negras, vetos, cancelaciones y sospechas automáticas.

La cultura debería ser el espacio donde la complejidad humana se defiende, donde la disidencia se escucha, donde la identidad no es un arma sino un punto de partida para el diálogo. Sin embargo, cuando un creador es reducido a su nacionalidad, cuando se le exige una pureza política previa, cuando se le excluye por prejuicio, la cultura deja de ser un espacio de libertad y se convierte en un tribunal ideológico.

Y ese tribunal, paradójicamente, reproduce aquello que dice combatir: la discriminación por origen, la deshumanización del otro, la simplificación de la realidad.

Conclusión: el deber de resistir el nuevo estigma

Ser israelí no puede convertirse en un estigma. No puede ser una marca de sospecha, una condena automática, un motivo de exclusión. La sociedad que actúa así no es más justa ni más crítica: es inculta, desinformada y presa de sus propios prejuicios.

La responsabilidad cultural exige distinguir entre la crítica legítima a un gobierno y la discriminación hacia quienes comparten una nacionalidad. Exige escuchar antes de juzgar, conocer antes de señalar, comprender antes de excluir.

Porque cuando la identidad se convierte en un sanbenito, la cultura deja de ser un espacio de libertad y se transforma en un campo de batalla donde la ignorancia dicta sentencia. Y eso, en cualquier época, es inaceptable ▪

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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