(Artículo publicado originalmente en versión inglesa en el diario Jerusalem Post)
Cada año, el rabino Aarón Peretz sube a una patrulla de la Guardia Civil y pasa varias horas recorriendo los 12 kilómetros de valla metálica que separan la ciudad española de Melilla del territorio de Marruecos.
Para la mayoría de las personas, esta barrera es una de las fronteras más conocidas de Europa, construida para impedir la entrada irregular de inmigrantes en la Unión Europea. Reforzada con cámaras y dispositivos antiescalada, se ha convertido en un símbolo de la lucha de Europa por controlar su frontera sur.
Para Peretz, sin embargo, la inspección anual no tiene nada que ver con la inmigración.
"Poca gente lo sabe", explica con una sonrisa después de salir del kollel de Melilla acompañado por varios de sus hijos. "La valla de seguridad también sirve como eruv de la ciudad. No necesitamos construir uno. Cada año simplemente comprobamos que el perímetro siga intacto".
Es una historia singularmente melillense: una infraestructura construida por razones de seguridad se ha convertido también en parte de la vida religiosa judía.

Una ciudad judía en la frontera sur de Europa
Solo una semana antes de nuestra conversación, otra valla —a 400 kilómetros de distancia, en la vecina ciudad española de Ceuta— se había convertido en el centro de la atención internacional después de que decenas de miles de ciudadanos marroquíes entraran en territorio español, en la mayor crisis fronteriza a la que se ha enfrentado España en décadas.
Las imágenes conmocionaron a Europa y llevaron a Madrid a desplegar fuerzas de seguridad adicionales. Pero para los habitantes de Ceuta y Melilla, aquellos acontecimientos representaron algo más profundo que una nueva emergencia migratoria. Reavivaron viejos temores sobre la vulnerabilidad de las dos únicas ciudades españolas situadas en el continente africano.
Al caminar por el compacto centro de Melilla, es fácil olvidar hasta qué punto la ciudad está estratégicamente expuesta. Iglesias católicas, mezquitas, un templo hindú y sinagogas se encuentran a pocos metros unas de otras, reflejo de más de un siglo de convivencia multicultural.
Entre ellas destaca la elegante sinagoga Or Zaruah, terminada en 1925 en estilo neomudéjar por Enrique Nieto, uno de los discípulos más conocidos de Antonio Gaudí. Sigue siendo una de las joyas arquitectónicas de la ciudad y un centro activo de la vida judía.

La comunidad judía moderna de Melilla floreció después de la Guerra Hispano-Marroquí de 1859-1860, cuando judíos procedentes del norte de Marruecos se establecieron en el que, por aquel entonces, era un puerto español en expansión. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad llegó a albergar cerca de 7.000 judíos y 26 sinagogas, más que el número combinado de iglesias y mezquitas que había entonces.
Aunque hoy la comunidad cuenta con alrededor de 1.000 personas, sigue siendo uno de los centros judíos más dinámicos de España fuera de Madrid y Barcelona.
Su historia está también vinculada a uno de los episodios más dolorosos del judaísmo marroquí.
Según la Asociación Cultural Mem Guimel, el Egoz, el barco clandestino que transportaba judíos marroquíes hacia Israel, partió inicialmente de Melilla antes de dirigirse a Alhucemas para recoger a otros emigrantes. El barco se hundió durante la noche del 10 al 11 de enero de 1961, causando la muerte de 44 personas, entre ellas 43 judíos que intentaban llegar a Israel. Hoy, Mem Guimel (43 en numeración hebrea) conserva su memoria.
Una frontera bajo presión
Para buena parte del mundo exterior, Ceuta y Melilla aparecen en los titulares únicamente cuando imágenes dramáticas muestran a inmigrantes escalando las vallas o tratando de rodear los espigones a nado.
En realidad, son partes integrales de España y de la Unión Europea, aunque Marruecos continúa disputando su soberanía. Melilla pertenece a España desde 1497, mientras que los vínculos de Ceuta con España se remontan a algunas décadas después, finales del siglo XVI. Madrid sostiene que ambas ciudades pasaron a formar parte de España siglos antes de que el Marruecos moderno obtuviera su independencia en 1956, o siquiera antes de su dinastía monárquica actual.

a través de la verja (Foto. Elías L. Benarroch)
Durante décadas, miles de trabajadores marroquíes cruzaban diariamente la frontera y el comercio transfronterizo sostenía buena parte de la economía local. Ese equilibrio se ha ido erosionando a medida que Marruecos desarrollaba sus propias infraestructuras y endurecía las restricciones comerciales, dejando a muchos habitantes convencidos de que Rabat ha buscado incrementar la presión sobre Madrid.
Ese frágil equilibrio quedó hecho añicos el pasado 30 de julio.
A diferencia de anteriores intentos de asaltar las vallas —normalmente protagonizados por inmigrantes procedentes del África subsahariana—, la inmensa mayoría de quienes entraron en Ceuta eran ciudadanos marroquíes.
Ese único hecho transformó la crisis.
Para el Gobierno español, se trató principalmente de una emergencia migratoria explotada por redes de tráfico de personas. Pero para muchos habitantes de Ceuta y Melilla, parecía algo muy diferente.
"No creo que esto empezara el jueves", afirma I.L., una joven de Melilla a la que encontramos cerca de la valla fronteriza y que acusó al rey Mohamed de promover la invasión.
Otro residente local consideró que "quienquiera que organizara esto quería enviar un mensaje político a España. Aquí, muy poca gente cree que simplemente ocurriera por sí solo".
En ambas ciudades, taxistas, comerciantes, empresarios y antiguos funcionarios repiten la misma sospecha: un movimiento de personas de semejante magnitud difícilmente podría haberse producido sin que, como mínimo, las autoridades marroquíes tuvieran conocimiento de ello.

La sombra de la Marcha Verde
El Gobierno de Pedro Sánchez ha evitado acusar directamente a Rabat de haber organizado los acontecimientos.
Sánchez describió la entrada masiva como "una violación de la integridad territorial de España" y volcó la responsabilidad en las mafias de tráfico de personas y redes sociales, mientras que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, insistió en que "Marruecos no es ninguna amenaza ni para Ceuta ni para el resto de España. Es un socio absolutamente fiable, y nuestra cooperación permitió revertir la situación en 24 horas".
Estas declaraciones pueden tranquilizar a la opinión pública en Madrid. sin embargo, en la frontera norafricana de España, generan bastante menos confianza.
Que Marruecos alentara activamente la entrada o simplemente dejara de impedirla sigue siendo una cuestión abierta. Lo que resulta innegable es que la crisis ha transformado profundamente la percepción pública. En Ceuta y Melilla, ya no se contempla simplemente como otro episodio de inmigración irregular, sino cada vez más como una advertencia geopolítica.
Para muchos residentes, esa percepción está marcada por la historia.
En noviembre de 1975, mientras el general Francisco Franco agonizaba, Marruecos lanzó la Marcha Verde, enviando a unos 350.000 civiles hacia lo que entonces era el Sáhara español. España, inmersa en una delicada transición política, optó por no enfrentarse a los manifestantes y se retiró pocas semanas después.
Casi medio siglo más tarde, el recuerdo sigue muy presente.
"Si Marruecos alguna vez quisiera arrollar Ceuta o Melilla, no necesitaría tanques", afirma Manu Tapia, un residente jubilado de Melilla mientras toma un café en el barrio del Real, a escasos 200 metros de la frontera de Beni Enzar. "La semana pasada –agrega– demostró que miles de civiles podían provocar una crisis sin que se disparara un solo tiro. ¡Recuerda la Marcha Verde!".

Que ese escenario sea realista es casi lo de menos. Los acontecimientos demostraron la rapidez con la que una crisis migratoria puede convertirse en una crisis política, diplomática y psicológica.
La pertenencia de España a la OTAN y a la Unión Europea desde los años ochenta del siglo XX continúa siendo su principal garantía de seguridad. Sin embargo, las primeras horas de la crisis de Ceuta pusieron de manifiesto las limitaciones para responder ante una incursión masiva de civiles. Las unidades de la Policía y la Guardia Civil locales se vieron rápidamente desbordadas antes de que llegaran efectivos militares para reforzar la vigilancia y la logística.
Para entonces, las imágenes ya habían dado la vuelta al mundo.
Las consecuencias humanitarias fueron igualmente graves. Más de 100 personas murieron ahogadas cuando intentaban alcanzar territorio español, mientras miles pasaron la noche durmiendo en parques, playas y espacios públicos antes de que muchos fueran devueltos progresivamente a Marruecos. Otros, especialmente los menores no acompañados, entraron en largos procedimientos legales que dificultan considerablemente su repatriación.
La crisis también ha reavivado el debate político interno en España, con los partidos de la oposición acusando al Gobierno de Sánchez de debilitar la disuasión fronteriza, mientras el Ejecutivo insiste en que actuó dentro del marco de la legislación europea y preservó la cooperación esencial con Rabat.
Mucho más que una valla
Marruecos ha evitado en gran medida responder a la cuestión de quién organizó —o permitió— la entrada masiva en Ceuta. Sus autoridades han evitado abordar directamente las acusaciones y han señalado, en cambio, que las mafias dedicadas al tráfico de personas y las redes sociales contribuyeron a alimentar los acontecimientos.
Para muchas personas que viven en las ciudades españolas de África, esa explicación ha servido de poco para disipar la incertidumbre.

La mayor idea equivocada sobre Ceuta y Melilla es que están definidas exclusivamente por la valla. No lo están.
Son lugares donde Europa y África se encuentran no solo geográficamente, sino también cultural y espiritualmente. Las campanas de las iglesias, la llamada a la oración y los servicios religiosos judíos han convivido aquí durante generaciones. El español, el tamazight —una variante local del árabe— y algo de hebreo pueden escucharse en los mismos barrios, reflejo de una diversidad poco habitual en otros lugares de Europa.
Esa convivencia ha sobrevivido a guerras, crisis diplomáticas, recesiones económicas y repetidas emergencias migratorias. Sigue siendo una de las características definitorias de ambas ciudades.
Aunque son mucho más pequeñas que en el pasado, las comunidades judías continúan ocupando un lugar distintivo dentro de ese mosaico. Las sinagogas siguen activas, la escuela judía de Melilla -el Liceo sefardí- continúa formando a nuevas generaciones y las organizaciones comunitarias preservan un patrimonio que se remonta a más de 150 años.
La vida, pese a todo, continúa.
La frontera que nunca duerme
Y así, la historia nos devuelve al rabino Aarón Peretz.
En algún momento del próximo año, volverá a subir a un vehículo de la Guardia Civil para inspeccionar el eruv de Melilla, como hace cada año. La misma valla metálica que domina los titulares de toda Europa volverá a ser examinada, no como una frontera política, sino como el límite religioso que permite a la comunidad judía de la ciudad observar el Shabat.
Para los visitantes, se trata de una paradoja llamativa. Para los judíos de Melilla, simplemente forma parte de la vida cotidiana.

Sin embargo, esa misma barrera ha terminado simbolizando algo mucho mayor que una instalación de seguridad. Representa la compleja realidad de dos ciudades españolas situadas en la intersección de continentes, religiones y narrativas nacionales enfrentadas.
Es imposible saber si la entrada masiva sin precedentes de este verano demostrará ser un episodio aislado o el comienzo de una nueva etapa en las relaciones entre España y Marruecos.
Lo que ya está claro es que ha cambiado el paisaje psicológico de la frontera sur de España y ha vuelto a abrir preguntas sobre el futuro de la frontera meridional de Europa ▪
