Quien se atreve a interpretar, o prever el rumbo de acontecimientos que avanzan a un ritmo vertiginoso, corre el riesgo de que sus palabras no envejezcan bien. Sin embargo, con la debida cautela y viviendo los hechos en carne propia, puede afirmarse que estamos ante un evento de otra envergadura, uno que marcará un antes y un después, aunque aún no sepamos exactamente cómo.
Imaginar un futuro mejor que el presente nos permite atravesar estos días de entradas y salidas del refugio con una perspectiva que trasciende la inmediatez.
¿Estamos ante una mera prolongación en espiral de la guerra de junio de 2025? ¿Fue aquel episodio un anticipo que allanó el camino para la operación actual, o se adelantó a su tiempo sin que las condiciones estuvieran maduras?
En aquel entonces, la caída del régimen iraní no figuraba entre los objetivos declarados de la guerra. El objetivo oficial era frenar el arma nuclear; sin embargo, sobre la marcha, la amenaza inmediata resultó ser la capacidad de lanzamiento de misiles balísticos, que dejó expuesta y vulnerable la retaguardia israelí. Este fue uno de los factores que llevaron a limitar la guerra a doce días, junto con la oposición de Donald Trump a eliminar a Jamenei, tal vez a cambio del "préstamo" puntual del bombardero F-2 para una acción específica sobre el complejo nuclear de Fordow.
Por su parte, el pueblo iraní tampoco parecía estar en condiciones de salir masivamente a las calles; el alto costo en vidas y detenciones de las protestas de enero 26 ayudan a comprender la razón. Este tipo de levantamiento tiene que tener un respaldo.
La historia ofrece lecciones, y somos libres de elegir cuáles tomar como referencia. Es comprensible que muchos adviertan el riesgo de que Estados Unidos quede atrapado en un nuevo pantano, como ocurrió en Irak o Afganistán. Pero existe otra analogía posible: la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial para derrotar al nazismo. Si bien el nazismo fue aniquilado en Europa, sus derivaciones ideológicas se trasladaron a Oriente Medio y hay que acabar el trabajo.
A diferencia de los casos de dictadores "laicos" como en Irak o Libia, o de regímenes islamistas como el de Afganistán, donde el vacío de poder suele ser ocupado por versiones de los Hermanos Musulmanes u otras corrientes similares, el caso iraní podría ser distinto. La alternativa —aunque no necesariamente bajo el modelo de un Estado-nación occidental— podría adoptar un carácter laico y no dictatorial.
La intensa coordinación entre Estados Unidos e Israel, el impacto directo en países árabes y las implicaciones para Europa, son factores cruciales para Israel. Tras lo revelado desde el 7 de octubre, comprobamos lamentablemente que si el conflicto se percibiera únicamente como un asunto israelí o judío, el mundo se inclinaría por sacrificarnos, cuan chivo expiatorio, para complacer al monstruo islamista. Es cierto que a medida que se alargue la guerra, aumentarán también las acusaciones por parte de distintos sectores acerca de que Israel "arrastra" a EEUU a una guerra lejana, pero de momento Trump resiste con éxito.
Con la perspectiva que otorgan más de dos años desde aquel día fatídico, podemos afirmar que Biniamín Netanyahu ha mostrado su determinación de no volver al estado anterior y, para ello, ha desencadenado una serie de movimientos destinados a reconfigurar el equilibrio regional, en línea con la visión expuesta en su libro "Un lugar bajo el sol", que proponía alianzas estratégicas en Oriente Medio más allá del eje palestino. Ese proceso ya estaba en marcha —incluyendo el acercamiento a Arabia Saudí— y el 7 de octubre lo interrumpió abruptamente.
Lo que observamos hoy parece ser el resultado de una combinación de apuesta estratégica, circunstancias históricas, paciencia, determinación y cambios en el liderazgo estadounidense. No queda más que esperar, armados de paciencia y esperanza, que esta vez realmente estemos ante un punto de inflexión.
Los posibles beneficios serían de alcance global: económicos, estratégicos y de seguridad. Se trataría de desarticular las redes que enriquecen uranio, desarrollan misiles y operan a través de múltiples proxis cuyos tentáculos están por todas partes. Un beneficio más sería tal vez el debilitamiento de la narrativa palestina, un instrumento más de influencia iraní, tanto en Oriente Medio con el Hamás así como en Occidente con el caos del "globalizar la intifada", que consiguió infiltrarse en ciertos círculos académicos e intelectuales.
La festividad de Purim, tan simbólica en estos tiempos, se basa en la idea de un mundo invertido, donde lo inesperado se impone y los papeles se transforman. Parece que aquellos de la oposición en Israel que califican a Netanyahu de "dictador" y esperan que los iraníes, liberados de su régimen, los ayuden a liberarse del suyo, no perciben la ironía: en este mundo del revés, los iraníes ven en Netanyahu su rey libertador. Tal vez este sea el primer paso hacia la reparación con nueva visión hacia Israel en muchos países occidentales, no como parte del problema sino como parte de la solución.
Paradojas de la historia. De esas vueltas que da el destino ▪
