Revelaba el diario El Mundo que varias asociaciones antiisraelíes organizaron una campaña coordinada con motivo de los premios Goya 2026, enviando a los invitados un argumentario con consignas, frases prefabricadas y recomendaciones estratégicas para introducir mensajes en entrevistas, ruedas de prensa, alfombra roja y discursos. La iniciativa incluía el reparto de chapas con el lema Free Palestine y la instrucción explícita de aprovechar "cada oportunidad con acceso a un micrófono" para repetir sus eslóganes. Se trata de una acción planificada que, además, cuenta con el abierto beneplácito de los presentadores de la gala, quienes anunciaron que habrá "absoluta libertad" para reivindicar temas como "el genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania o el ICE".
De los miles de jóvenes asesinados en las calles de Irán por un régimen teocrático, de los cristianos masacrados en Nigeria, de Darfur o del Congo, never heard about (colq. ni media palabra). Obvio: no entran en la estética del activismo cool, ni en el sentimentalismo selectivo que tanto cotiza en el mercado.
Lo interesante de esta iniciativa no es tanto la reivindicación en sí, que no cambia nada en el mundo de los hechos, sino su efecto señalizador. Lo relevante no será quién se coloque el pin de moda, sino quién tenga las agallas de no llevarlo. Porque la violencia simbólica no busca convencer, sino identificar disidentes. Y en el mundo de la farándula, individualizarse y salirse del rebaño para pensar por cuenta propia, sale muy caro.
Si Wim Wenders, que poco tiene ya que demostrar en su profesión y que se atrevió a mantener la Berlinale como un espacio abierto al arte y no a los caprichos ideológicos del momento, sufre por ello una campaña de acoso y derribo por parte de sus propios colegas, imagínese la capacidad de resistencia de actores, directores y aspirantes a élites culturales en España.
Aquí aparece una diferencia fundamental con otros países occidentales con una envidiable industria cultural. En Alemania, Francia o Estados Unidos, por ejemplo, existe una tradición intelectual fuerte y visible que reivindica la libertad de pensamiento y por ello rechaza la demonización ritual de Israel. Figuras como el mencionado Win Wenders en Alemania, o Sophia Aram en Francia o el estadounidense Bill Maher, sostienen
públicamente un contradiscurso valiente, pagando por ello un precio, pero manteniendo abierto un espacio de disenso real. Si en otros países hay guerra cultural, en España hay imposición moral. Allí, Gaza es un campo de batalla ideológico, en España, Gaza es un dogma.
Las élites artísticas suelen vivir protegidas por su estatus en un mundo en el que las ideas no se ensucian con el barro de la realidad. Navegan en un mar de consignas glamurizadas que nada tienen que ver con los hechos, pero que les permite, además de ser ricos y famosos, ser percibidos y sobre todo percibirse a sí mismos como seres virtuosos. En ese entorno endogámico, el que no sabe no puede admitir su ignorancia, debe eructar los eslóganes aprendidos como un mantra religioso porque la pertenencia se compra al precio de la sumisión ideológica.
Cuanto más grotesca es la consigna, más puro es el creyente. Y en ese sentido, la manipulación del término "genocidio", vieja herramienta de propaganda soviética inspirada en el negacionismo nazi del Holocausto, cumple aquí una función central: vaciar de sentido el lenguaje para llenarlo de consigna. Por ello es llamativo que sean precisamente profesiones que supuestamente valoran el lenguaje, la riqueza de sus matices y la
profundidad de sus raíces quienes más se lancen a prostituir su significado, imponiendo el absurdo de sus dogmas.
Porque el lenguaje cimenta el suelo común. Romperlo, tergiversarlo, forzarlo a decir lo que no dice no afecta a la realidad que es tozuda, sino que rompe los fundamentos del consenso social. Y eso es lo que se esconde detrás de todas estas iniciativas que una élites pagadas de sí mismas han decidido abrazar. Estrategias de crispación y confrontación para debilitar un mundo occidental sin brújula ética. El mantra consiste en repetir, cual papagayo, lo que organizaciones antiisraelíes dictan: qué decir, cómo decirlo, cuándo decirlo y con qué
entonación emocional. Incluso con manual de instrucciones.
¿Habrá algún valiente en estos Goya 2026 que se atreva a romper el hechizo? ¿Quién se atreverá a limitarse al arte y al cine, sin moralizar ni vestir uniforme ideológico? Hacerlo implica exponerse al aislamiento, al linchamiento digital, al señalamiento público. En un ecosistema donde pequeños grupúsculos no solo ejercen violencia en la calle, sino también en redes y discursos, arriesgar tu círculo amistoso y el futuro profesional es un lujo que casi nadie está dispuesto a pagar.
Por eso el argumentario no busca convencer sino clasificar, imponer y convertir una gala de cine en una prueba de pureza ideológica, transformando el arte del pensamiento en el arte del papagayo ▪
