Firmas

¿Quién tiene derecho a rezar en Jerusalén?

El "Kotel" no es una sinagoga de una corriente específica. Es el vestigio más cercano al lugar donde el pueblo judío experimentó la presencia divina y el símbolo hacia el cual generaciones enteras dirigieron sus plegarias. Pertenece a todo el pueblo judío. Cuando el acceso espiritual se convierte en control institucional, su santidad se ve amenazada.

Mario Stofenmacher

En los últimos días dos acontecimientos han sacudido la conciencia del pueblo judío. Por un lado, decisiones políticas que refuerzan el control ultraortodoxo sobre el espacio sagrado del Kotel HaMa’araví (el Muro de los Lamentos). Por el otro, el arresto de una destacada líder del movimiento masortí por leer la Torá en la sección femenina de ese mismo lugar sagrado.

No se trata de episodios aislados. Son señales de una lucha más profunda sobre quién tiene voz, quién tiene lugar y quién es reconocido como judío en el espacio público del Estado de Israel. Y no estamos ante una simple disputa ritual. Estamos ante una batalla por el alma del judaísmo contemporáneo.

El Muro no pertenece a ninguna corriente

El popularmente llamado "Kotel" no es una sinagoga de una corriente específica. Es el vestigio más cercano al lugar donde el pueblo judío experimentó la presencia divina y el símbolo hacia el cual generaciones enteras dirigieron sus plegarias. Pertenece a todo el pueblo judío. Cuando el acceso espiritual se convierte en control institucional, su santidad se ve amenazada.

El Talmud nos recuerda: "Estas y aquellas son palabras del Dios viviente" (Eruvin 13b – אלו ואלו דברי אלוהים חיים")

Quiere decir: Nuestros sabios reconocieron que la pluralidad de interpretaciones no debilita la verdad; la enriquece. Y la diversidad de voces ha sido siempre una característica constitutiva del judaísmo. Intentar silenciarla en nombre de la pureza religiosa no protege la tradición: la empobrece.

Valencia 4
Ceremonia de Bar Mitzvá en el Muro de los Lamentos por el rito reformista (Foto de archivo)

El arresto de una mujer que lee Torá

La detención de una mujer por leer Torá, la semana pasada, no es un incidente menor. Es un acto cargado de simbolismo. No fue arrestada una infractora del orden público; fue arrestada una forma legítima de vivir el judaísmo: Fue arrestada una voz femenina. Fue arrestado el liderazgo espiritual de la mujer. Fue arrestada la igualdad religiosa.

La Torá que ella sostenía no pertenece a un sector. Pertenece al pueblo entero.

El Talmud enseña: "Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas son paz" (Basado en Proverbios 3:17 "דרכיה דרכי נעם וכל נתיבותיה שלום")

Cuando la práctica religiosa conduce a la coerción y al arresto, debemos preguntarnos si seguimos transitando caminos de paz. No es política: es identidad judía

Este conflicto no trata únicamente sobre normas rituales. Trata sobre quién define el judaísmo en el Estado judío. Y las preguntas recurrentes son:

¿Puede el Estado que representa al pueblo judío excluir formas legítimas de judaísmo?

¿Puede el lugar hacia el cual rezamos no reconocer nuestra manera de rezar?

¿Qué mensaje se envía a millones de judíos que viven su fe fuera de los marcos ortodoxos?

La mayoría del judaísmo mundial no es ultraortodoxo. Para millones de judíos, estas decisiones generan una herida espiritual profunda y una creciente sensación de alienación. Porque si el hogar nacional del pueblo judío no reconoce a todos sus hijos, la casa acaba resquebrajándose.

El riesgo espiritual de la exclusión

Cuando la santidad se convierte en frontera, deja de ser santidad. Cuando la tradición se transforma en instrumento de poder, pierde su alma. Cuando el miedo a la pluralidad domina, la fe se vuelve frágil.

Nuestros sabios enseñaron que "Jerusalén fue destruida a causa del odio gratuito" (Yoma 9b – "לא חרבה ירושלים אלא מפני שנאת חינם")

No fue la falta de ritual lo que destruyó Jerusalén. Fue la ruptura del tejido moral entre hermanos. El peligro hoy no es la diversidad. El peligro es la fractura.

El Kotel no es solo un sitio arqueológico ni un santuario nacional. Es un punto de unión espiritual entre Israel y la diáspora. Cada decisión que restringe su carácter plural envía un mensaje poderoso: algunos judíos son más legítimos que otros.

Ese mensaje erosiona el vínculo emocional con Israel y debilita la idea de destino compartido.

El judaísmo nunca fue monocorde. Siempre fue conversación, discusión, tensión creativa. Un pueblo que sobrevivió gracias a su capacidad de debatir no puede temer la pluralidad.

La santidad no se impone

El profeta Isaías imaginó Jerusalén como una casa de oración para todos los pueblos. ¿Cómo podría el corazón espiritual del pueblo judío convertirse en un espacio de exclusión para un sector u otro de los propios judíos?

El Talmud nos recuerda que "Todos los judíos son responsables unos de otros" (Shvuot 39a – "כל ישראל ערבים זה בזה")

Es decir, la responsabilidad mutua no puede coexistir con la deslegitimación mutua.

La unidad del pueblo judío no exige uniformidad. La fidelidad a la tradición no requiere exclusión. La santidad auténtica no necesita coerción.

El desafío no es quién controla el muro. El desafío es si seguimos siendo un solo pueblo frente a él. Porque el Muro Occidental no necesita guardianes que excluyan, sino guardianes que abracen.

Y si el lugar hacia el que rezamos deja de recibirnos, algo profundo se ha quebrado en nuestra casa común ▪

Mario Stofenmacher, vive en Madrid y es rabino de la comunidad de Almería y de la iniciativa Brit Ibn Ezra, director de Asuntos Europeos del Seminario Rabínico Latinoamericano, conferenciante y experto en liderazgo comunitario.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

Otras firmas
Más leídas
Puede interesar...