El antisemitismo, ese monstruo milenario e insaciable, nunca muere, solo se transforma. Cambia de rostro y de lenguaje, pero conserva intacta su lógica y su experiencia acumulada. ¿Existe alguna palabra, idea o acción capaz de acabar con él? La Historia parece decirnos que no. Una voz nos susurra que, aunque solo haya un judío sobre la tierra, el monstruo seguiría vivo.
Se viste de acusación religiosa, de prejuicio biológico o de ideología política, pero su lógica es siempre la misma: toma un hecho real —a menudo doloroso o dramático—, lo saca de contexto o lo manipula y lo convierte en catalizador del odio preexistente. Un niño desaparecido, una epidemia, una crisis económica o una guerra bastaron y bastan para convertir al judío en culpable universal. Así empezaron pogromos, purgas y matanzas. Hoy, en el siglo XXI, el patrón se repite. La masacre del 7 de octubre de 2023 se ha convertido, paradójicamente, en catalizador del antisemitismo global. Las víctimas han sido transformadas en verdugos, y el odio al judío se reviste de causa progresista o de "crítica legítima" a Israel.
Israel es presentado como un Estado "blanco", "ajeno", "colonial", impuesto sobre una población nativa. Ignora siglos de presencia judía en Medio Oriente, el origen mizrají —expulsados de países musulmanes— de más de un millón de ciudadanos israelíes.
Durante siglos, el antisemitismo tuvo un marcado carácter religioso. El llamado "libelo de sangre", que acusaba a los judíos de asesinar niños cristianos en rituales satánicos, provocó incontables linchamientos como Norwich (1144), Trento (1475) o La Guardia (1491). Hoy, las acusaciones contra Israel de matar deliberadamente niños palestinos o de someterlos a la hambruna como parte de una estrategia genocida reciclan ese mismo patrón. Parte de la situación real de la tragedia humanitaria en Gaza y, mediante imágenes fuera de contexto, informes manipulados o falsificados —a menudo producidos por Hamás—, omisión de los crímenes de Hamás, crea la imagen del "judío asesino de niños", hoy encarnado en un Estado. En esta narrativa, Israel no combate, mata niños. Así, el viejo antisemitismo medieval se renueva con lenguaje moderno, pero idéntico propósito: deshumanizar y demonizar al judío.
En el siglo XIX, el antisemitismo se transformó en racial o biológico, de la mano de teorías pseudocientíficas. El judío pasó a ser una "raza" portadora de maldad en su propia sangre. Durante la crisis de entreguerras, el hecho de que muchos judíos trabajaran en profesiones liberales o en el comercio, menos afectados por la crisis, alimentó teorías de conspiración racial en Alemania. Eran los responsables del empobrecimiento nacional. El resultado fue el Holocausto.
En su versión contemporánea, esta lógica ha mutado en anticolonialismo. Israel es presentado como un Estado"blanco", "ajeno", "colonial", impuesto sobre una población nativa. Ignora siglos de presencia judía en Medio Oriente, el origen mizrají —expulsados de países musulmanes— de más de un millón de ciudadanos israelíes y el hecho de que Israel nació como refugio frente a persecuciones. En esta narrativa, la mera existencia de Israel sería una injusticia. El concepto de "raza" ha sido reemplazado por el de "colonia".
En el siglo XXI, el monstruo del antisemitismo se nos presenta como "antisionismo". Ya no se critica a un gobierno, sino al derecho mismo del pueblo judío a tener un Estado.
En numerosos países islámicos, combinan elementos religiosos, raciales y políticos. Desde Irán hasta Gaza, líderes y milicias repiten que los judíos son el mal y que su Estado debe desaparecer. ¿Racismo? No, lo llaman "resistencia". En sermones y medios, se niega el Holocausto, se glorifica a Hitler y se habla de la "raza judía" como corrompedora e inhumana. Este discurso, indistinguible del de Goebbels o Streicher, se ha exportado a Europa a través de canales de comunicación y comunidades radicalizadas, difundiéndose en barrios, mezquitas y universidades.
En el siglo XX, el judío pasó a ser un enemigo político: banquero internacional, comunista infiltrado, capitalista apátrida o sionista manipulador. El texto falso de los Protocolos de los Sabios de Sion sirvió como "prueba" de una conspiración mundial. Cada vez que estallaba una crisis, una revolución o una guerra, la bestia reaparecía agitando el texto señalando la presencia judía en instituciones como prueba de un plan siniestro: en la Rusia zarista, la Alemania nazi, la Unión Soviética o en sectores extremos de derecha e izquierda.
En el siglo XXI, se nos presenta como "antisionismo". Ya no se critica a un gobierno, sino al derecho mismo del pueblo judío a tener un Estado. Se le exige a Israel lo que no se exige a ningún otro país: justificar su existencia. Además, se traza una línea directa entre Israel y los judíos del mundo, que pasan a ser blancos simbólicos del mismo odio. El antisemitismo tradicional ha sido reactivado y globalizado.
No son ideas nuevas. Todas estas formas de antisemitismo estaban ya presentes en los siglos anteriores, y especialmente en la explosión de odio totalitario entre 1930 y 1970: el nazismo, el estalinismo, el comunismo de la RDA y el islamismo político. La derrota del nazismo no erradicó el antisemitismo. Regímenes comunistas, movimientos islamistas y sectores de la izquierda radical le dieron nueva vida.
Quienes difunden el odio no se ven como fanáticos, sino como redentores. Esa es su mayor coartada y su mayor peligro … Lo que antes se gritaba con antorchas, hoy se corea en redes sociales o en universidades. Un odio irracional en busca de un pretexto.
Cada nueva versión incorpora las anteriores. Y en cada etapa histórica, los que aclaman al monstruo creen estar haciendo el bien. La Inquisición se justificaba como defensa de la fe; los nazis, como purificación moral y racial; los comunistas, como justicia social. Hoy, se invoca la causa palestina, el anticolonialismo o los derechos humanos. Y quienes difunden el odio no se ven como fanáticos, sino como redentores. Esa es su mayor coartada y su mayor peligro.
Además, hoy el antisemitismo encuentra terreno fértil en los discursos populistas, que diluyen los límites entre democracia y totalitarismo. Estos necesitas un enemigo simbólico que encarne el fracaso de su utopía. Orwell lo expresó en 1984, con la figura de Emmanuel Goldstein, el "enemigo del pueblo" contra el que se canaliza la ira popular en los "dos minutos de odio". Hoy, ese rostro se parece demasiado al de un judío.
Todo sigue vivo, pero con hashtags y discursos progresistas. Lo que antes se gritaba con antorchas, hoy se corea en redes sociales o en universidades. Un odio irracional en busca de un pretexto. Siempre lo encuentra. Y el resultado, siempre el mismo: cuando el odio se disfraza de virtud, acaba dejando víctimas reales; cuando la ola de antisemitismo se levanta es imparable. Y el monstruo, una vez más, se yergue victorioso ▪
Jimena García Herrero es licenciada en Filología Semítica (Hebreo-Arameo), estudió hebreo en el kibbutz Mishmar Ha-Emek y Literatura Hebrea en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Investigadora histórica sobre los judíos en la España Medieval y el Holocausto. Es también miembro de la Asociación Asturiana de Amigos de Israel.
