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La lealtad no se reparte, se multiplica

La acusación al judío de doble lealtad no describe una realidad psicológica compleja; construye una sospecha selectiva. Nadie interroga al italoamericano sobre su lealtad cuando celebra a su santo patrono siciliano. Nadie exige al hijo de coreanos que renuncie al orgullo por la cultura de sus padres para ser reconocido como un ciudadano leal. Pero al judío, con frecuencia, se le pide una pureza de pertenencia que no se exige a nadie más.

David Cohen Rosental

Hace años, en una sobremesa cualquiera, alguien me preguntó, con más curiosidad que malicia, a quién sería fiel "si tuviera que elegir". La pregunta daba por sentado algo que a mí jamás se me había ocurrido cuestionar: que amar un lugar exige dejar de amar otro. Que las identidades funcionan como territorios con fronteras cerradas, y que instalarse en una obliga a desalojar la anterior. No respondí con un argumento. Respondí, con extrañeza. Porque la pregunta partía de una geografía del alma que yo no reconocía como propia.

Esa extrañeza es el punto de partida de este texto.

I. La identidad no es un compartimento, es un tejido

Vivimos una época que insiste en la pureza de las pertenencias. Se espera que cada persona tenga una identidad nítida, verificable, sin fisuras: un pasaporte, una lengua, una lealtad. Todo lo que no encaja en esa nitidez se interpreta como sospecha. Y sin embargo, la experiencia humana real —la que se vive, no la que se declara en un formulario— rara vez es tan ordenada.

Somos, casi todos, resultado de capas superpuestas. Alguien puede ser argentino y gallego; francés y bretón; mexicano y libanés; italiano y siciliano, en un sentido que trasciende lo administrativo. Nadie exige a un descendiente de irlandeses en Boston que renuncie a la nostalgia por Irlanda para ser un ciudadano estadounidense pleno. Nadie sospecha de doble lealtad en el armenio de Buenos Aires que llora el Genocidio de 1915 y vota en elecciones argentinas con total naturalidad, o en el griego de Australia que sigue las fiestas del calendario ortodoxo y ama a su país adoptivo sin reservas.

Esto sugiere algo importante: la identidad no es un recipiente de capacidad limitada, donde cada litro que se vierte de un lado resta del otro. Es más bien un tejido, donde los hilos se entrelazan y, lejos de debilitar la tela, la hacen más resistente. Pertenecer a más de una tradición no divide a la persona: la compone.

El caso venezolano lo ilustra con una intensidad particular. La emigración forzada de los últimos años ha llevado a millones de venezolanos a rehacer su vida en tierras lejanas: a arraigarse, a adoptar nuevas nacionalidades, a aprender a querer paisajes, costumbres y personas que antes les eran ajenas Y sin embargo, ese aprecio genuino por el nuevo destino —que no nace solo de la oportunidad recibida, sino del cariño real hacia su gente, su geografía, su cultura— no borra el amor por la tierra de origen. El venezolano que hoy construye su vida en otro país no deja de serlo en el corazón; simplemente aprende que los afectos, cuando son genuinos, no compiten entre sí. Se suman.

II. Nación, religión, memoria: capas que no compiten

Conviene distinguir, sin embargo, entre distintos tipos de vínculo, porque no todos operan del mismo modo. Hay una lealtad cívica y política, que se dirige al Estado del que se es ciudadano: sus leyes, sus instituciones, su bienestar colectivo. Y hay un vínculo espiritual, cultural e histórico, que se dirige a un pueblo, una tradición, una memoria compartida que puede trascender fronteras y siglos.

Estos dos vínculos no compiten por el mismo espacio, porque no responden a la misma pregunta. La lealtad cívica responde a "¿dónde vivo, dónde voto, qué leyes obedezco, qué comunidad construyo día a día?". El vínculo espiritual responde a otra pregunta, más antigua: "¿de dónde vengo, qué historia cargo, qué memoria estoy llamado a continuar?". Confundir ambas preguntas —tratarlas como si fueran una sola, y forzar a la persona a elegir entre ellas— es el origen de buena parte de los malentendidos sobre la identidad múltiple.

Hay, además, una diferencia de naturaleza que conviene subrayar: la nacionalidad es, en buena medida, una circunstancia que puede cambiar. Se emigra, se adoptan nuevas ciudadanías, se echan raíces en tierras distintas a la de origen. La fe y la pertenencia a una tradición espiritual, en cambio, no dependen del lugar donde se vive: viajan con la persona, permanecen idénticas a través de las fronteras que se cruzan. No son parte de la geografía, sino de la esencia. Por eso no compiten: una puede transformarse con el tiempo y las circunstancias; la otra es, precisamente, lo que permanece cuando todo lo demás cambia.

Un católico puede sentir un vínculo profundo con Roma sin que eso reste un gramo de su compromiso con su país. Un musulmán puede orientar su plegaria hacia La Meca cinco veces al día sin que eso lo convierta en un ciudadano dividido. Un armenio, un kurdo, un tibetano en la diáspora pueden sostener la memoria de una tierra que tal vez nunca pisaron, sin que eso disminuya su entrega a la sociedad donde efectivamente viven, trabajan y crían a sus hijos. En todos estos casos hay algo constante: la memoria no compite con la ciudadanía. La enriquece.

III. El caso judío: una relación de tres mil años

El vínculo judío con Israel pertenece a esta misma familia de experiencias, aunque con una particularidad histórica que vale la pena señalar sin dramatismo ni tono de alegato. Ese vínculo no nació en 1948. Nació en los textos, en las plegarias, en el calendario agrícola de una tierra que los judíos siguieron nombrando en sus rezos incluso durante los siglos de dispersión más lejana. "El año próximo en Jerusalén" no es una consigna política: es una fórmula litúrgica que se repite desde hace más de mil años, en comunidades que jamás imaginaron volver, formulada por generaciones que murieron sin poner un pie en esa tierra.

Ese vínculo, entonces, no es equivalente al que un ciudadano cualquiera siente por un país extranjero admirado. Es más parecido —guardando las diferencias— al que un pueblo indígena siente por su territorio ancestral, o al que un exiliado siente por la casa de la infancia: una relación que combina memoria, lengua sagrada, ritual y una historia de pérdidas y regresos que atraviesa generaciones. Para muchos judíos de la diáspora, Israel no es "otro país" en el sentido en que Francia es otro país para un turista argentino. Es una referencia constitutiva, presente en el idioma litúrgico, en las fiestas, en el modo de contar el tiempo.

Nada de esto entra en conflicto con la ciudadanía plena, la lealtad institucional y el amor concreto —no abstracto, sino cotidiano— por el país donde esa persona nació, vota, trabaja y entierra a sus muertos. Se puede ser profundamente argentino, o francés, o brasileño, y sostener a la vez ese vínculo espiritual con una tierra que forma parte de la memoria colectiva del pueblo judío. No hay allí una fractura. Hay una biografía con varias capas, como la tienen —según vimos— tantas otras comunidades.

IV. La sospecha de la "doble lealtad"

Y sin embargo, sobre los judíos en particular ha pesado, durante más de un siglo, una acusación específica: la de la "doble lealtad". Esa acusación tiene una historia incómoda. No surgió como una reflexión filosófica serena sobre la identidad; surgió como arma retórica, usada para cuestionar la pertenencia plena del judío a la nación donde vivía, sugiriendo que su corazón —y por lo tanto su confiabilidad— estaba siempre puesto en otro lugar. Es la misma lógica que empujó a etiquetar al judío como "extranjero eterno", nunca del todo integrado, siempre bajo sospecha.

Por eso conviene nombrar el mecanismo con claridad: la acusación de doble lealtad no describe una realidad psicológica compleja; construye una sospecha selectiva. Nadie interroga al italoamericano sobre su lealtad cuando celebra la festividad de un santo patrono siciliano. Nadie exige al hijo de coreanos que renuncie al orgullo por la cultura de sus padres para ser reconocido como un ciudadano leal. Pero al judío, con frecuencia, se le pide una pureza de pertenencia que no se exige a nadie más. Esa asimetría es la que hay que señalar, con calma pero sin concesiones: no es la identidad múltiple lo sospechoso, es la sospecha misma la que merece ser examinada.

Tener un vínculo emocional o espiritual con una tierra histórica no resta ni un gramo de compromiso cívico. Al contrario: suele añadir un sentido más profundo de responsabilidad, porque quien carga memoria tiende a cuidar mejor el presente. La lealtad no es un recurso escaso que se agota al repartirse. Es, más bien, como el amor de un padre por varios hijos: no se divide, se multiplica.

V. Cierre: la riqueza de pertenecer a más de un lugar

Quizás haya llegado el momento de invertir la pregunta original. No "¿a quién le eres fiel?", sino "¿cuántas historias eres capaz de sostener sin quebrarte?". Porque sostener más de una pertenencia no es una debilidad identitaria: es una forma de madurez. Exige aprender a habitar la complejidad sin necesidad de resolverla en una fórmula simple, y exige también una responsabilidad doble: cuidar el país donde se vive y honrar la memoria de donde se viene.

Esto no es un privilegio judío, aunque el caso judío lo ilustre con particular nitidez histórica. Es la experiencia de millones de personas: el hijo de inmigrantes armenios, el nieto de italianos, el afrodescendiente que reconstruye un vínculo con África, el indígena que vive en la ciudad sin dejar de pertenecer a su comunidad de origen. Todos ellos saben, desde la experiencia y no desde la teoría, que el corazón humano no tiene la estructura de un formulario de opción única. Tiene, más bien, la estructura de una casa con varias habitaciones, todas habitadas, ninguna vacía.

Pertenecer a más de un lugar no divide a la persona. La amplia ▪

David Cohen Rosental es arquitecto venezolano con una destacada trayectoria en el diseño, la construcción y el desarrollo inmobiliario en Caracas. Desde su adolescencia, ha mantenido un activo y sostenido compromiso comunitario en Venezuela, ejerciendo diversos roles y cargos institucionales.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor
y no necesariamente reflejan la postura editorial de Enfoque Judío ni de sus editores.

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