Recorrer 4.200 años de historia judía en una hora obliga a seleccionar, ordenar y dar sentido. Esa fue la propuesta de Roberto Lapid en la conferencia organizada por la Comunidad Judía masortí ATID en Barcelona: ofrecer una visión estructurada que permitiera entender la continuidad histórica del pueblo judío desde sus orígenes hasta el Estado de Israel.
El itinerario comenzó por los símbolos. La menorá, la estrella de David, las Tablas de la Ley, el alfabeto hebreo y el Tanaj, presentados como puertas de entrada a una identidad que se ha expresado tanto en lo espiritual como en lo político y lo cultural. La simbología permitió introducir la idea central que atravesó toda la charla: la historia judía no se sostiene únicamente en episodios, sino en una memoria compartida que se transmite y resignifica.
Desde ahí, el relato avanzó hacia los patriarcas —Abraham, Isaac, Jacob— y la formación de las doce tribus; la esclavitud en Egipto, el liderazgo de Moisés y el Éxodo como experiencia fundacional de libertad; la monarquía bajo Shaúl, David y Salomón, con Jerusalén como capital política y espiritual. La destrucción del Primer y del Segundo Templo marcaron dos rupturas decisivas, pero no el final de la historia.

La diáspora ocupó un lugar central en la exposición. Lapid explicó la dispersión hacia el norte de África y la península ibérica, el desarrollo de Sefarad, las expulsiones medievales y la formación de las grandes corrientes históricas: ashkenazí, sefardí y mizrají. Durante casi dos mil años sin soberanía territorial, el pueblo judío se sostuvo en la Ley de Moisés (la Torá), el estudio, el idioma, la tradición familiar y una referencia constante a Jerusalén como horizonte simbólico.
En este punto, la conferencia subrayó una distinción relevante: el judaísmo no nace como religión en el sentido moderno del término, sino como pueblo con historia común, normas compartidas y conciencia de pertenencia. La religión fue uno de los vehículos de continuidad, pero no el único.
La transición hacia el sionismo moderno apareció como parte de ese proceso prolongado. Theodor Herzl y el Congreso de Basilea de 1897 fueron situados en el contexto del antisemitismo europeo contemporáneo. Las primeras aliot (olas migratorias a Eretz Israel), el trabajo pionero en la tierra y el desarrollo de instituciones pre-estatales mostraron que la idea nacional no surgió de manera abrupta en 1948.
La votación de la ONU en 1947, la declaración de independencia y la guerra posterior fueron presentadas como capítulos de una secuencia histórica amplia. Los datos demográficos —desde los aproximadamente 780.000 habitantes en vísperas de la independencia hasta los casi diez millones actuales— ilustraron la transformación de un proyecto político en una realidad estatal consolidada.
Con un tono pausado y didáctico, Lapid buscó impacto retórico, se concentró en ordenar los procesos y ofrecer contexto. En un momento en que el debate público tiende a fragmentar la historia en consignas, esa perspectiva de larga duración aporta una dimensión fundamental.
La frase final —Am Israel Jai— funcionó como conclusión coherente de la exposición: no como eslogan, sino como síntesis de una continuidad histórica atravesada por rupturas, exilios y reconstrucciones.
La conferencia de Roberto Lapid propuso una lectura estructurada del tiempo judío: una historia que se extiende durante milenios y que sigue influyendo en la comprensión del presente y la certeza de una continuidad ▪
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Rafaela Almeida, nacida en Brasil y nacionalizada española, es empresaria, escritora, educadora y presentadora de televisión. Es autora del libro Comunicación Internacional y Relaciones Públicas (Editorial Base, 2023), obra recomendada por la Escuela Diplomática española. Ha alzado la voz contra el antisemitismo en charlas TEDx y en medios nacionales e internacionales. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en la UOC.
