El cierre —o más precisamente, la paralización operativa— del estrecho de Ormuz vuelve a colocar en primer plano uno de los puntos más sensibles del sistema energético global. En medio de la escalada regional, y cuando Israel ha bombardeado este miércoles instalaciones de gas en Irán que han disparado inmediatamente el precio del petróleo y el gas, la interrupción del tránsito marítimo en ese corredor estratégico no solo tensiona los mercados, sino que expone la fragilidad estructural del comercio mundial de hidrocarburos.
La magnitud del impacto se refleja en cifras concretas: una porción sustancial del petróleo, el gas y hasta insumos clave como fertilizantes queda atrapada en un cuello de botella geopolítico de una longitud aproximada de 160 a 167 kilómetros, y una anchura mínima de 33 a 39 kilómetros.
"Alrededor del 30% del petróleo que se transporta por mar… lo mismo ocurre con el gas natural licuado… y aproximadamente un tercio de los fertilizantes del mundo" circula por ese paso, explicó Joshua Krasna, investigador senior del Instituto de Investigación de Política Exterior (FPRI, en inglés) y del Centro Moshe Dayan de la Universidad de Tel Aviv, al detallar la dimensión del problema en un encuentro para periodistas organizado por la sección de medios de la European Jewish Association (EJA-EIPA). La advertencia no es nueva, pero el escenario actual la convierte en un hecho tangible: no se trata de una amenaza hipotética, sino de un bloqueo económico en curso.

Un cierre sin cierre: la lógica del riesgo y el efecto dominó
A diferencia de lo que sugiere el término, el estrecho de Ormuz no puede "cerrarse" de manera absoluta. Irán asegura haber minado sus aguas, pero el mecanismo real de cierre es más sutil y, al mismo tiempo, más eficaz: La generación de riesgo suficiente para disuadir el tránsito. En palabras del propio Krasna, "no es necesario ejercer mucha violencia… basta con realizar algunas acciones de amenaza y violencia" como atacar a uno o dos barcos. Ese umbral mínimo de ataques o amenazas alcanza para que aseguradoras y navieras suspendan operaciones.
Los llamamientos del presidente Donald Trump para que países aliados ayuden a proteger esa vía marítima y desminen la zona, han sido desatendidos por Occidente, como así también el que hizo a las grandes navieras para que tengan valor y crucen por ella bajo el paraguas protector de EEUU.
Actualmente, alrededor de mil embarcaciones permanecen detenidas, divididas entre el interior y el exterior del Golfo. La circulación se redujo drásticamente desde el inicio del conflicto, incluso antes de que se formalizara la advertencia estadounidense sobre la peligrosidad de la ruta. En términos prácticos, el mercado ya opera como si el estrecho estuviera cerrado, aunque barcos iraníes y chinos siguen circulando por él, según el experto.
Las consecuencias productivas no tardaron en aparecer. Países como Irak, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos redujeron o detuvieron la extracción de petróleo ante la imposibilidad de exportarlo, mientras que Qatar —segundo productor mundial de gas natural licuado— interrumpió tanto la producción como la licuefacción. Este freno impacta directamente en los precios internacionales, que ya registran subas de hasta el 40% y 45% desde el inicio de la crisis el 28 de febrero.

El ataque israelí al yacimiento de gas iraní Pars Sur, coordinado con la administración Trump para aparentemente disuadir a Irán del cierre de Ormuz, puede tener ahora consecuencias más graves, dado que el régimen de Teherán ha amenazado con atacar instalaciones energéticas de los países del Golfo Pérsico.
Europa aparece a priori relativamente menos expuesta a la crisis energética debido a su diversificación hacia proveedores como Noruega y Estados Unidos, pero el efecto indirecto para ella es también inevitable: la escasez global elevará la competencia por recursos alternativos. Asia, en cambio, enfrenta el golpe más inmediato. China, India, Japón y Corea del Sur dependen en gran medida de los flujos energéticos del Golfo, lo que los coloca en el centro de la presión. La suspensión de sanciones al petróleo ruso por Trump busca aliviar la presión en los mercados, aunque a largo plazo no será tampoco suficiente.
Sin alternativas reales: límites estructurales y tensiones geopolíticas
La pregunta clave es si existen rutas alternativas capaces de compensar el bloqueo. La respuesta, según el análisis presentado por Krasna, es negativa en el corto y mediano plazo. Si bien hay infraestructuras complementarias —como el oleoducto saudí hacia el Mar Rojo o la conexión de Emiratos hacia Fujairah—, su capacidad es limitada y, en algunos casos, también vulnerable a ataques.
En el mejor de los escenarios, estas vías podrían reemplazar apenas una fracción del flujo habitual. "Existe la posibilidad de sacar quizá una cuarta parte o un tercio del petróleo por otras vías… pero en realidad no hay capacidad suficiente", señaló el experto. A esto se suma la complejidad política de reactivar rutas alternativas, como el paso por Turquía o acuerdos con actores regionales.
En este contexto, dice Krasna, la intervención internacional aparece como una opción cargada de riesgos. Estados Unidos evaluó inicialmente escoltar convoyes marítimos, pero la iniciativa no se materializó. La lógica estratégica es clara: mientras Washington debe garantizar la seguridad de todas las embarcaciones, Irán solo necesita impactar en unas pocas para desestabilizar el sistema. "Los estadounidenses tienen que asegurarse de que todos pasen. Los iraníes solo tienen que acertar a unos pocos", resumió el especialista exponiendo el ejemplo del estrecho de Bab-El-Mandab, que da acceso al Mar Rojo y donde fueron atacados una serie de cargueros y petroleros por los hutíes del Yemen durante los últimos dos años.
Ese desequilibrio convierte cualquier operación de escolta en una apuesta de alto costo político y militar. Un incidente significativo —como el hundimiento de un buque o bajas en fuerzas estadounidenses— podría escalar el conflicto de manera imprevisible. Por eso, pese a la presión económica, hasta este miércoles prevalecía la cautela.
El largo plazo: reconfiguración energética y nuevos corredores
Más allá de la coyuntura, la crisis reabre debates estructurales que llevan décadas sin resolverse. La dependencia del estrecho de Ormuz como principal vía de exportación energética vuelve a evidenciarse como un riesgo sistémico. Aunque existen proyectos para diversificar rutas —oleoductos, corredores terrestres o conexiones multimodales—, su desarrollo ha sido históricamente lento.
"Llevan 50 años discutiéndolo… y probablemente lo seguirán discutiendo otros 50", ironizó Krasna al referirse a la falta de avances concretos. Sin embargo, el impacto actual podría acelerar decisiones largamente postergadas. La necesidad de reducir la dependencia de un único punto crítico podría impulsar inversiones en infraestructuras alternativas.
Entre las opciones en debate figuran rutas a través de Irak, Turquía o Jordania, así como nuevos esquemas logísticos que integren transporte terrestre y marítimo. Al mismo tiempo, el encarecimiento del petróleo podría incentivar la transición hacia fuentes energéticas alternativas, un escenario que preocupa especialmente a los países del Golfo.
En el plano geopolítico, la crisis también reconfigura alianzas. La posibilidad de avanzar en acuerdos regionales, como los vinculados a los Acuerdos de Abraham, enfrenta resistencias en el corto plazo debido al clima político. "Nadie en el Golfo quiere hablar demasiado sobre Israel… no es algo muy popular en este momento", explicó el analista.
En definitiva, el estrecho de Ormuz vuelve a demostrar su capacidad de condicionar la economía global sin necesidad de un cierre formal. La combinación de riesgo, percepción y dependencia estructural alcanza para paralizar una porción significativa del comercio energético. Y aunque el paso eventualmente se reabra, las consecuencias —en precios, estrategias y equilibrios internacionales— podrían persistir mucho más allá de la crisis inmediata ▪
