El 17 de enero de 1986, en un sencillo acto en La Haya que ponía fin a un desencuentro de quinientos años, España e Israel establecieron oficialmente relaciones diplomáticas. Llegaban tarde. Muy tarde. España cerraba así una anomalía histórica que no era solo diplomática, sino también moral, histórica y política: No se reencontraban dos Estados, sino dos pueblos.
Pero España aún mantiene con Israel una relación condicionada, dicen los expertos que por la causa palestina. Lo cierto es que, a menudo, esta relación se ve instrumentalizada por la política interna y subordinada a equilibrios ideológicos que no se aplican a casi ningún otro país occidental.
Israel no es tratado por la opinión pública como un Estado más. Cada crisis en Oriente Medio reactiva una distancia que parecía superada, que desencadena teorías conspirativas y sospechas históricas; que somete a Israel, y con él a los judíos españoles, a un examen interminable de legitimidad.