Editoriales

Un año para resistir, un año para reconstruir

Al llegar a Rosh Hashaná 5787, el judaísmo español cierra un año intenso, complejo y, en muchos aspectos, difícil. Un año en el que la realidad exterior volvió a llamar con fuerza a las puertas de nuestras comunidades, pero que también dejó al descubierto debates internos que durante demasiado tiempo habían permanecido latentes.

Si hubiera que encontrar una palabra para definir estos meses, probablemente sería resistencia: frente al antisemitismo, la demonización de Israel y la tentación de convertir al judío en responsable de decisiones que no le pertenecen. Pero también resistencia frente al inmovilismo y frente a la idea de que las estructuras comunitarias pueden permanecer al margen de los cambios que experimenta la sociedad.

El nuevo año, con elecciones generales tanto en Israel como en España, traerá nuevos debates políticos y, previsiblemente, episodios de antisemitismo. Pero también nuevas oportunidades. La pregunta es qué haremos con ellas.

Rosh Hashaná no es solamente el comienzo de un nuevo año. Es también el momento en que el pueblo judío se detiene, mira hacia atrás y se pregunta qué ha hecho con el tiempo que le fue concedido. Lo debe hacer a nivel individual, pero también colectivo. Es un ejercicio de memoria y responsabilidad: qué fuimos, qué somos y, sobre todo, qué queremos ser.

Al llegar a 5787, el judaísmo español afronta ese balance después de un año intenso, complejo y, en muchos aspectos, difícil. Un año en el que la realidad exterior volvió a llamar con fuerza a las puertas de nuestras comunidades, pero en el que también quedaron al descubierto debates internos que durante demasiado tiempo habían permanecido latentes.

Para Enfoque Judío ha sido, además, un año de consolidación. Hemos intentado contar lo que ocurre en las comunidades judías de España, pero también aquello que sucede cuando el judaísmo, Israel y los judíos vuelven a convertirse en protagonistas de una conversación política y social que muchas veces resulta, cuanto menos, incómoda.

Y si hubiera que encontrar una palabra para definir estos meses, probablemente sería resistencia: Resistencia frente al antisemitismo. Frente a la demonización de Israel. Frente a la tentación de convertir al judío en responsable de decisiones que no le pertenecen. Pero también resistencia frente al inmovilismo y frente a la idea de que las estructuras comunitarias pueden permanecer eternamente al margen de los cambios que experimenta la sociedad.

Porque este ha sido también un año más de transformación.

De Gaza a Ceuta

En las relaciones entre España e Israel, el año concluye prácticamente donde había comenzado: con un Gobierno socialista decidido a profundizar su distancia respecto de Jerusalén.

La política de Pedro Sánchez hacia Israel ha continuado marcada durante 5786 por un fuerte enfrentamiento diplomático, por iniciativas contra Israel y por una retórica que buena parte de las comunidades judías españolas ha contemplado con preocupación, alertando una y otra vez que acabaría conduciendo a brotes antisemitismo. A final de cuentas -hemos aprendido- el antisionismo a ultranza no es una mera crítica legítima a un Gobierno, es una cara contemporánea del mismo antisemitismo de siempre.

Y el año termina con una paradoja difícil de ignorar. Cuando una crisis migratoria de dimensiones extraordinarias estalló en Ceuta tras la entrada masiva de decenas de miles de personas desde Marruecos, el presidente del Gobierno español terminó señalando también a Israel como parte de las campañas de desinformación que, según Sánchez, habían contribuido a la crisis. Israel rechazó categóricamente esas acusaciones.

O sea que si el año judío 5786 comenzó con Israel convertido en uno de los principales puntos de fricción de la política exterior española con un decreto sancionador (10/2025) por la guerra contra Hamás, ahora termina, de nuevo, con Israel en el centro de una crisis que tiene lugar en la frontera española con Marruecos.

Más allá de las circunstancias concretas de Ceuta, el episodio refleja hasta qué punto Israel se ha convertido en un elemento recurrente de la política interna y externa española y hasta qué punto esa política tiene también consecuencias sobre la percepción de los judíos en España.

El antisemitismo deja de ser una advertencia

Mientras tanto, los datos han puesto cifras a una preocupación que las comunidades judías llevan años expresando.

El Observatorio de Antisemitismo, integrado por la FCJE y el Movimiento contra la Intolerancia, registró 221 incidentes antisemitas durante 2025, frente a los 193 del año anterior. El Ministerio del Interior contabilizó, por su parte, 69 casos de antisemitismo, frente a 37 en 2024.

Las dos cifras responden a metodologías diferentes, pero juntas ofrecen una imagen clara: el antisemitismo no es una percepción subjetiva de las comunidades judías; es un fenómeno que puede medirse.

Y aparece en más lugares de los que reflejan las estadísticas: en pintadas, amenazas y agresiones, pero también en universidades, redes sociales, espacios culturales y campañas de boicot y exclusión. Porque después del 7 de octubre, ha adquirido una característica particularmente preocupante: la utilización del conflicto entre Israel y Hamás como mecanismo para trasladar la hostilidad contra Israel hacia los judíos que viven fuera de Israel.

La exigencia de que un judío se pronuncie sobre Gaza para demostrar que merece ser aceptado; la exclusión de personas por su supuesta relación con Israel; la identificación automática entre judaísmo y política israelí; las viejas teorías conspirativas recicladas en nuevos discursos… ¡Todo eso también es antisemitismo!

Una comunidad que está cambiando

Pero sería un completo error contar este último año únicamente desde las amenazas externas.

Dentro de las propias comunidades judías españolas se está produciendo una transformación que merece tanta atención como el deterioro del entorno.

El conflicto interno vivido en Alicante, con la división entre la comunidad tradicional y Or Atzilut y la intervención sin precedentes de la FCJE, ha mostrado que detrás de una disputa local existe una cuestión mucho más profunda: qué modelo de comunidad necesita el judaísmo español del siglo XXI.

Las comunidades de hoy no son las de hace treinta años. Hay nuevas familias, nuevos judíos, diferentes niveles de observancia, necesidades educativas distintas y una generación que reclama participar de otra manera en la vida comunitaria.

Lo mismo ocurre en Madrid, donde la elección de Isaac Benzaquén, Jaime Chocrón y Alberto Benbunán como copresidentes abre una nueva etapa después de casi seis años de presidencia de Estrella Bengio.

La cuestión de fondo no es únicamente quién ocupa los cargos. Es cómo conseguir que más judíos participen, se impliquen y sientan las instituciones como propias. Una comunidad no puede limitarse a administrar lo que heredó. Tiene que ser capaz de construir lo que necesitarán quienes vienen detrás.

En los últimos años hemos asistido a un cambio demográfico evidente en Madrid, Barcelona, Valencia y otros núcleos. Nuevas familias, israelíes establecidos en España, jóvenes profesionales, comunidades religiosas de distintas corrientes y nuevos proyectos culturales y educativos están modificando el mapa judío del país.

Madrid es quizá el ejemplo más claro. Valencia ofrece otro: la llegada de familias israelíes vinculadas al sector tecnológico y el impulso de nuevos proyectos están generando espacios comunitarios que hace apenas unos años no existían.

Ese reajuste necesita también un reflejo en el máximo órgano institucional del judaísmo español, la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE). La Federación desempeña una función imprescindible, especialmente en seguridad, representación institucional y lucha contra el antisemitismo. Pero el ecosistema judío al que debe representar ya no es el de 1992.

La realidad que hemos documentado este año es mucho más plural: comunidades ortodoxas, reformistas y masortíes, organizaciones culturales, movimientos juveniles, colectivos de israelíes y proyectos que cumplen auténticas funciones comunitarias sin formar parte de la estructura federativa.

El desafío para 5787 no debería ser, por tanto, preservar fronteras institucionales, sino ensancharlas… Y enorgullecernos los unos de los otros. Sin recelos ni pujas de poder.

La energía de una nueva generación

Junto a esta transformación institucional ha aparecido durante el último año algo todavía más esperanzador: un nuevo ecosistema de proyectos judíos que no espera a que las estructuras tradicionales cambien para empezar a construir.

La Fundación Yael ha consolidado su apuesta por la educación judía. Olami ha impulsado JBIZ para conectar a jóvenes profesionales con empresarios, empleo y emprendimiento. JHUBS ha ampliado ese circuito hacia empresarios, inversores y profesionales. BBYO continúa extendiendo su actividad juvenil y reunió este año a 80 jóvenes en su convención nacional de Madrid. La Fundación Emet-Verdad ha nacido en Barcelona para combatir el antisemitismo desde la educación y la sensibilización, mientras en Mallorca la Fundación LeDor VaDor trabaja en la recuperación y estudio del patrimonio judío de las islas. También la European Jewish Association (EJA) se ha instalado en el país.

Son solamente algunos ejemplos de una energía que está surgiendo desde abajo.

El reto para 5787 es conseguir que esa energía no discurra en paralelo a las instituciones existentes, sino que encuentre con ellas espacios de colaboración.

No se trata de sustituir lo viejo por lo nuevo. Se trata de evitar que ambos mundos terminen construyendo dos comunidades distintas.

El futuro del judaísmo español no debería ser una suma de pequeñas islas, sino un ecosistema plural en el que cada organización pueda conservar su identidad y, al mismo tiempo, compartir recursos, talento, información y objetivos comunes.

Resistir también es vivir

Porque la parte más importante de este balance es que, pese a todo, el judaísmo español ha seguido viviendo, desarrollándose y creciendo.

Han continuado las sinagogas, las escuelas, las celebraciones, los programas juveniles, las actividades culturales y la educación judía. Las comunidades han seguido celebrando sus fiestas y las nuevas generaciones han continuado encontrando espacios para descubrir y desarrollar su identidad.

Todo ello demuestra algo que a veces olvidamos cuando hablamos de antisemitismo: la vida judía no puede reducirse a la lucha contra el antisemitismo.

Defender la vida judía significa también crearla… Abrir escuelas. Llenar sinagogas. Formar jóvenes. Crear familias. Publicar libros. Celebrar las fiestas. Estudiar. Cantar. Reír. Discutir. Y transmitir a la siguiente generación aquello que recibimos de la anterior.

Porque cada Shabat celebrado, cada niño que aprende hebreo y cada joven que descubre su identidad constituye también una respuesta al odio.

El desafío para 5787

El balance de este año deja, por tanto, una paradoja: Nunca ha sido tan necesario defender la identidad judía y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan necesario abrirla y explicarla.

El judaísmo español no puede encerrarse ante el antisemitismo. Pero tampoco puede aceptar que otros definan quiénes somos. Debemos alzar la cabeza con orgullo de nuestra condición e identidad judías.

España es nuestra casa, nuestra memoria, y debemos participar plenamente en su vida cotidiana. Israel forma parte inseparable de nuestra identidad colectiva y de nuestra historia. A ninguno de esos dos componentes identitarios debemos renunciar: ¡No más síndrome de la Expulsión! Las comunidades judías españolas tienen derecho a mantener una relación normal con ambos espacios sin verse obligadas permanentemente a elegir entre uno y otro.

El nuevo año, en el que tanto Israel como España celebrarán elecciones generales, tendrá seguramente más debates sobre las relaciones, más discusiones políticas y, previsiblemente, nuevos episodios de antisemitismo.

Pero también tendrá nuevas oportunidades. Y la pregunta es qué haremos con ellas.

Porque este año nos ha enseñado que las comunidades que solamente reaccionan ante las crisis terminan viviendo a la defensiva. Las comunidades que construyen, en cambio, pueden afrontar las crisis sin perder su identidad.

Quizá ese sea el verdadero mensaje de Rosh Hashaná: No basta con resistir. Hay que construir.

Construir comunidades más participativas. Más plurales. Más transparentes. Más abiertas a las nuevas generaciones. Y suficientemente fuertes como para defenderse cuando sea necesario.

Construir también una relación más madura con la sociedad española: una relación en la que los judíos no tengamos que explicar permanentemente por qué existimos, por qué apoyamos a Israel o por qué tenemos el derecho inalienable a sentirse seguros. Y construir, también, un periodismo judío capaz de contar todo ello en libertad. Ese ha sido nuestro propósito durante este año en Enfoque Judío y seguirá siendolo en el que comienza.

Rosh Hashaná nos invita a mirar atrás, pero no para quedarnos allí. Nos invita a hacer balance para poder cambiar. Por eso, al comenzar 5787, quizá la mejor expresión de nuestros deseos sea también la más sencilla:

Que el próximo año encontremos un judaísmo español más fuerte, más unido, más participativo y más seguro de sí mismo. Un judaísmo que no tenga miedo de defenderse, pero que tampoco renuncie a vivir.

Shaná Tová Umetuká ▪️